En 1976, la escritora más querida de Suecia hizo una cuenta y le dio mal. Astrid Lindgren, la mujer que había inventado a Pippi Calzaslargas, descubrió que ese año su tasa marginal de impuestos era del 102%. Leíste bien: ciento dos. Por una ley que obligaba a los autónomos a pagar al mismo tiempo el impuesto a la renta y las cargas patronales, Lindgren tenía que entregarle al Estado más dinero del que ganaba. Por cada corona que entraba, salía un poco más de una.
Una persona común manda una carta de queja, contrata un contador, putea en la cola del banco. Lindgren hizo lo único que sabía hacer de verdad: escribió un cuento. Lo tituló «Pomperipossa en Monismania» y lo publicó en marzo de ese año en un diario de Estocolmo. Era una fábula satírica sobre una escritora de libros infantiles que vivía en un país lejano, gobernado desde siempre por un solo partido, donde los impuestos habían llegado a un nivel tan absurdo que ya no se podía ni trabajar. Monismania, el país de una sola idea.
El cuento fue un terremoto. No una columna de opinión más, no un panfleto: una fábula, escrita por la narradora que medio país había leído de chico, que ponía en ridículo a todo el sistema con la herramienta más letal de todas, hacerlo parecer estúpido. Cuenta la leyenda, y quizás sea apócrifo, que el ministro de hacienda quiso bajarle el precio diciendo que Lindgren sabía contar cuentos pero no sabía sumar. Y que ella le contestó que él sabía sumar pero no sabía contar cuentos. Sea cierto o no, retrata exactamente lo que pasó: el gobierno intentó tratarla de simpática señora que escribía lindo y no entendía de economía, y le salió al revés, porque el ridículo ya estaba hecho y no se podía deshacer.
Unos meses después, en las elecciones de ese año, pasó algo que no ocurría desde hacía cuarenta y cuatro años: el Partido Socialdemócrata perdió el gobierno. El partido que había construido el Estado de bienestar sueco, que había gobernado casi medio siglo seguido, cayó. Y entre las muchas causas que anotan los historiadores, una vuelve siempre: el cuento de Lindgren.
Lindgren no era una opositora de derecha. En público fue socialdemócrata toda su vida, simpatizante del socialismo, parte del paisaje moral de la izquierda sueca. Por eso el ataque pegó como pegó: no venía del adversario, venía de adentro, de la narradora que el país entero había leído de chico. A un enemigo se lo descarta. A ella había que escucharla.
Lo que casi nadie sabía entonces, y que las cartas privadas revelaron después, es que había ido más lejos de lo que mostraba. En esas elecciones del 76 votó a la oposición, y temía que cuarenta y cuatro años de un solo partido en el poder estuvieran convirtiendo a Suecia en una dictadura socialista. Monismania, el país de una sola idea, no era una ocurrencia para la sátira. Era el miedo que venía cargando: el de un poder que, sin nadie que lo relevara, empezaba a creerse dueño de todo.
Pero la elección es la parte chica de esta historia. La parte grande es lo que revela sobre dónde vive el poder de verdad.
Un ministro de hacienda puede fijar la tasa de impuestos. Una narradora querida puede hacer que un país entero sienta que esa tasa es una vergüenza. Y el sentimiento va siempre por delante del voto. Lindgren se había pasado décadas criándole a Suecia una heroína: Pippi, una nena que vivía sola, sin padres ni permisos, que levantaba un caballo con una mano, que se reía en la cara de la policía, de los maestros y de cualquier adulto que viniera a decirle cómo tenía que ser. Una generación entera de suecos creció con eso como idea de lo admirable, con la desconfianza a la autoridad mamada desde los seis años.
Alguien puede objetar que esa misma generación votó el pico del estatismo en los sesenta y setenta, y es cierto. La cultura no impide el choque. Decide qué hace un país después de chocar. Cuando el modelo de impuestos altísimos agotó la cuenta, otros países doblaron la apuesta. Suecia, la vidriera del socialismo en el mundo, hizo algo que nadie esperaba: se reformó. En los quince años que siguieron metió competencia y vales escolares en la educación. Privatizó en parte las jubilaciones, con cuentas individuales donde cada uno elige dónde poner su plata. Eliminó el impuesto a la herencia, y después el impuesto al patrimonio. Suecia sigue siendo un país de impuestos altos, y ahí está lo notable: aun así, el país que le había cobrado 102% a Pomperipossa hoy no tiene impuesto a la riqueza ni a la herencia, dos cosas que medio mundo considera intocables, y su carga tributaria viene cayendo desde aquel pico.
No estoy diciendo que un cuento escribió esas leyes. Sería una tontería. Estoy diciendo que la cultura va corriente arriba de la política. Una historia que cambia lo que un chico cree que está bien va a cambiar, veinte años después, lo que ese mismo chico, ya adulto, cree que es posible. La elección no crea el cambio, lo ratifica. Para cuando se vota, la batalla cultural ya se ganó o ya se perdió, en otro lado y mucho antes, casi siempre en los relatos con los que esa gente se formó.
Por eso conviene mirar bien dónde se pelea de verdad. El ministro tenía el poder de cobrar el impuesto. Lindgren tenía el poder de volver el impuesto impensable. Uno de esos poderes duró una temporada. El otro crió una generación.
