El prestigio de la siesta

Mi madre sostiene una teoría que, cuanto más envejezco, más descubro que explica la mitad a la política uruguaya y la otra mitad a las reuniones familiares.

– El que no hace no se equivoca.

Hasta ahí parece una frase de almanaque. El problema es que ella nunca termina ahí, siempre tiene algo para agregar:

– Y por las dudas, prefiero que vos tampoco hagas nada. Mirá la cantidad de problemas que te ahorrás.

No es un consejo. Es un plan de vida.

Mientras algunos padres impulsan a sus hijos a perseguir sus sueños, mi madre recomienda pasar desapercibido. Según ella, la historia de la humanidad es la historia de personas que decidieron hacer algo y terminaron arrepintiéndose. Colón quiso descubrir una ruta comercial y terminó encontrando un continente. El inventor del correo electrónico quería agilizar la comunicación y ahora recibimos promociones para agrandar partes del cuerpo que ni siquiera sabíamos que podían agrandarse. El creador de los grupos de WhatsApp seguramente imaginó una herramienta para conectar personas. Hoy existen grupos llamados «Edificio Torre Sur – Convivencia», donde cuarenta y ocho adultos discuten durante tres días porque alguien dejó una bicicleta mal estacionada.

Hacer cosas es peligrosísimo.

Por eso no me llamó la atención una encuesta de Equipos que ubicó a Luis Lacalle Pou como el dirigente político con mayor nivel de simpatía. Detrás aparecen Orsi, Topolansky y el resto.

No me interesa discutir los porcentajes. Para eso ya existen los politólogos, que son personas capaces de explicar durante cuarenta minutos por qué una variación de dos puntos constituye un cambio histórico y, diez minutos después, sostener exactamente lo contrario usando los mismos datos.

A mí me interesa otra pregunta. ¿Y si la popularidad fuera, simplemente, el premio que la sociedad le entrega a quienes lograron pasar un tiempo sin darle demasiados motivos para enojarse? Porque hacer cosas desgasta. El que gobierna firma decretos. El que legisla vota leyes. El que administra decide. Y cada decisión produce automáticamente tres enemigos nuevos, dos columnas de opinión y un hilo en X.com donde alguien demuestra que todo estaba anunciado en un documento de 1987 que nadie leyó.

En cambio, el que no hace nada empieza a adquirir una especie de prestigio místico.

Es exactamente el modelo de vida de mi bulldog inglés Archibald.

Archibald duerme veinticinco horas por día. Sí. Veinticinco. Y esto es fácil de explicar, se acuesta una hora antes todas las noches. Va acumulando sueño con la misma disciplina con la que otros acumulan millas, puntos de tarjeta o resentimientos.

Jamás anunció un plan de seguridad.

Nunca prometió bajar el precio de la carne.

No reformó la educación.

No opinó sobre la Caja Profesional.

No reorganizó ASSE.

No fundó un partido.

No cerró ministerios.

No abrió ministerios.

No presentó una hoja de ruta.

No presentó una hoja.

No presentó.

No.

Nada.

Su agenda consiste en dormir, cambiar de costado, suspirar como un jubilado agotado y volver a dormir. Y, sin embargo, provoca una unanimidad que cualquier dirigente político vendería un órgano por conseguir.

Nadie entra a casa diciendo:

– ¿Otra vez Archibald durmiendo? ¡Qué falta de liderazgo!

Al contrario.

Todos se acercan. Lo acarician. Le hablan con esa voz ridícula que los seres humanos reservamos para los perros y los bebés.

– ¡Pero qué hermoso! ¡Mirá esa pancita!

Nunca escuché a nadie decir:

– Yo antes quería a Archibald, pero desde la siesta número cuatrocientos treinta y dos perdió mi confianza.

Es imposible.

Porque Archibald descubrió el secreto de la aprobación pública: no generar expectativas.

Mi madre sostiene que los políticos deberían aprender de él.

– No prometan nada. Si prometen algo, después la gente espera que lo hagan.

Ella incluso tiene un programa de gobierno. Consiste en crear un Ministerio de No Innovación. Su única función sería impedir que alguien tenga ideas.

Según ella, las ideas son el origen de todos los conflictos. Primero alguien inventa una aplicación para pedir comida. Después aparece otra para comparar precios. Después otra para puntuar al repartidor. Después otra para denunciar que el repartidor respiró demasiado fuerte al entregar la pizza. Y todo empezó con un emprendedor entusiasta.

Yo mismo sospecho de las personas demasiado activas. Desconfío de cualquiera que a las seis de la mañana ya publicó una foto corriendo diez kilómetros, respondió cuarenta correos, aprendió mandarín, invirtió en inteligencia artificial y además escribió «¡A romperla!». Siempre imagino que en algún momento de la tarde va a invadir Polonia.

En cambio, alguien que duerme una siesta de tres horas transmite serenidad. Uno nunca piensa «Este hombre está por desencadenar una crisis internacional«. A lo sumo piensa: «Capaz que habría que darle una manta«.

Mi madre sonríe cada vez que escucha una discusión de esas.

– ¿Ves? Por eso yo nunca intenté cambiar a tu padre.

– ¿Y funcionó?

– No. Pero por lo menos no fracasé.

Y ahí entendí otra cosa.

Capaz que el cargo político más cómodo del Uruguay no es presidente.

Es expresidente.

Porque gobernar es una actividad peligrosísima. Cada decreto fabrica un enemigo. Cada reforma pierde votos. Cada decisión deja a alguien convencido de que el país iba mejor cinco minutos antes.

En cambio, el expresidente ya no corre esos riesgos.

No firma.

No anuncia.

No aumenta.

No recorta.

No reforma.

No inaugura.

No clausura.

No decide.

Y la memoria colectiva hace el resto. Va limando los bordes. Borrando los errores. Convirtiendo los problemas en anécdotas. Transformando las metidas de pata en «contextos complejos«.

Es un fenómeno extraordinario.

Cuanto más tiempo pasa sin gobernar un político, más gente empieza a recordar que, en realidad, gobernaba bastante bien.

Es exactamente igual que las ex.

Mientras convivís con ellas descubrís que nunca dejan la tapa del inodoro levantada, roncan (si, también roncan) y usan tu toalla. Cinco años después solamente recordás aquella caminata por la rambla con una puesta de sol de fondo.

La memoria es el mejor asesor de imagen del planeta. En especial cuando la memoria queda en el olvido.

Empiezo a pensar que las consultoras están haciendo la pregunta equivocada. En vez de medir simpatía, antipatía o imagen positiva, deberían preguntar algo mucho más sencillo: «¿Hace cuánto que esta persona dejó de tener poder para complicarle la vida a alguien?«. Tengo la sospecha de que ahí aparecería la verdadera explicación de casi todas las encuestas.

Porque la política uruguaya descubrió algo que mi madre sabía desde hace décadas.

La popularidad no siempre es el premio por hacer las cosas bien.

Muchas veces es el premio por haber dejado de hacerlas.

Y quizá por eso la siesta sea una de las actividades más prestigiosas que existen.

Mientras dormís no discutís con nadie.

No prometés.

No decepcionás.

No firmás.

No posteás.

No inaugurás.

No metés la pata.

Archibald lo entendió mucho antes que todos nosotros.

Hace seis horas que está profundamente dormido.

Y, según cualquier encuesta seria, sigue siendo por amplia diferencia el líder con mayor intención de caricias.

Hasta la próxima si es que hay…

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