El síndrome del paciente rescatable

Hay una clase de personas que me generan una profunda inseguridad psicológica: las que siempre están siendo rescatadas. No hablo de alguien que una vez tuvo un problema, perdió el trabajo, se endeudó o atravesó una mala racha. Hablo del individuo que transforma el rescate en un modelo de negocios. El que vive permanentemente en estado de «última oportunidad». Uno lo ayuda, agradece emocionado, promete que aprendió la lección, jura que esta vez entendió el mensaje del universo y que jamás volverá a cometer el mismo error. Seis meses después vuelve a tocar timbre con una carpeta más gruesa, un PowerPoint mejor diseñado y exactamente el mismo problema.

Esta semana el Parlamento volvió a acordar un nuevo salvataje para el CASMU. Oficialismo y oposición están buscando un punto de entendimiento para aprobar un nuevo mecanismo financiero mientras continúa la intervención de la institución. Y ahí descubrí algo inquietante. Tal vez el CASMU ya no sea una mutualista. Tal vez sea una religión. Una religión donde el milagro no consiste en resucitar a un muerto sino en refinanciar un déficit. Los santos no multiplican los panes. Multiplican los fideicomisos.

Porque hace casi veinte años que atraviesa una secuencia de crisis, fideicomisos, garantías estatales, reestructuras, auditorías, planes de gestión e intervenciones que siempre se presentan como «la solución definitiva». Después aparece otra solución definitiva destinada a solucionar el fracaso de la solución definitiva anterior. Es una especie de muñeca rusa de las soluciones.

Si esto continúa así, en lugar de presentar balances va a empezar a presentar temporadas. CASMU IV: El Fideicomiso Contraataca. CASMU V: El Rescate Final. Que, por supuesto, nunca será el final.

En medicina esto tiene un nombre. Se llama recaída. Pero en política se llama nuevo instrumento financiero.

Mi problema es que tengo una mente obsesiva. Entonces empecé a preguntarme cuál es el límite. Porque si una institución puede ser rescatada cuatro veces, ¿por qué detenerse ahí? ¿Por qué no sincerar la situación e institucionalizar el rescate?

Imagino una reforma legal donde el CASMU deje de atender pacientes y pase directamente a atender fideicomisos. El paciente llega con dolor de pecho y la administrativa pregunta:

-¿Tiene fiebre, dolor de pecho o necesidad de una garantía estatal?

Porque acá tratamos las tres cosas.

Incluso podrían simplificar los trámites. En lugar de historia clínica habría historia de rescates.

Antecedentes: cuatro infartos, dos neumonías y cinco asistencias extraordinarias del Estado. El paciente responde bien a los antibióticos. Pero responde mucho mejor a las garantías soberanas.

Los médicos ya no hablarían de presión arterial sino de presión parlamentaria. La institución no tendría CTI sino una Comisión de Hacienda instalada en el primer piso. Y el electrocardiograma sería reemplazado por un informe de la calificadora de riesgo.

Lo extraordinario es que todos seguimos hablando del salvataje como si fuera un hecho excepcional. Pero cuando algo excepcional ocurre durante casi dos décadas deja de ser excepcional. Pasa a ser el procedimiento estándar. Es como ese amigo que te pide plata «hasta fin de mes» desde el año cero.

Llegado cierto punto uno deja de creer que está atravesando una mala racha. Comprende que la mala racha obtuvo personería jurídica, estatuto propio y un excelente departamento de relaciones institucionales.

Yo sospecho que el Estado uruguayo tiene un mecanismo emocional muy parecido al de esas personas que dicen «es la última vez que le presto plata a mi ex», mientras completan la transferencia desde el celular porque la otra persona juró que ahora sí cambió. Debe existir un Síndrome de Estocolmo presupuestal.

Mi psicoanalista sostiene que proyecto mis inseguridades sobre las instituciones. Tiene razón. Hace quince años que intervengo mi propia dieta sin desplazar a las autoridades. Cambian los nutricionistas, cambian los gimnasios, cambian las aplicaciones para contar calorías. El único que nunca pierde el cargo soy yo.

Capaz que todos somos un pequeño CASMU. Hay matrimonios intervenidos sin desplazamiento de autoridades. Empresas con respiración asistida desde la crisis del tequila. Equipos de fútbol que juegan cada campeonato como si fuera el último salvataje. Estudiantes que sobreviven gracias al fideicomiso conocido como «mesa de examen». Personas que anuncian por décima vez que ahora sí empiezan la dieta el lunes. Lo único que cambia es quién pone la garantía: el Estado, la familia, el banco, la tarjeta de crédito o un amigo que todavía no aprendió.

Pero confieso que hay una idea que me produce auténtico terror. Que un día el CASMU finalmente se recupere. Porque después de tantos años de rescates ya desarrollamos una dependencia emocional. Sería como esos vecinos que dejan de pelear después de treinta años. Uno ya no sabe de qué conversar en el ascensor. O como el primo que siempre llega tarde y un día aparece puntual: en vez de felicitarlo, todos sospechan que tuvo una crisis grave.

Hay instituciones que viven de prestar servicios. Y otras que, evidentemente, encontraron una forma mucho más estable de supervivencia: demostrar periódicamente que todavía necesitan que alguien las siga salvando.

Y capaz que ahí aparece el verdadero problema de Uruguay. No estamos construidos para resolver las crisis. Estamos construidos para administrarlas con una prolijidad conmovedora, prorrogarlas con elegancia jurídica y financiarlas con creatividad contable. Sospecho que, si algún día el CASMU deja de necesitar un rescate, el Parlamento va a crear una comisión investigadora para averiguar qué salió mal.

Hasta la próxima, si es que hay…

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