Desventuras telefónicas

Sonó el celular. Número desconocido, como esos ex que reaparecen sin avisar. No atendí, obvio, vaya que fuera una estafa. A los cinco minutos, de nuevo. Tampoco atendí. A la tercera, mi cerebro, siempre tan bobeta razonó: «che, capaz que es algo importante». Atendí con un poco de recelo…

Era una empresa de seguros que consiguió mis datos asociados a una tarjeta de crédito y me querían vender un seguro con beneficios que ni llegué a enterarme cuáles eran, porque corté como quien esquiva una topadora. Bloqueado. Uno menos.

Al otro día, otro número, misma tenacidad de vendedor de enciclopedias de los 90. Esta vez decidí innovar: atendí con voz grave y ceremoniosa: «Funeraria Gente Feliz, a sus órdenes…». Silencio sepulcral (literal) del otro lado. Cortaron. Bloqueado. El marketing funerario funciona, tomá nota.

Tercer día, tercer número, mismo empeño soviético. Esta vez me puse melindroso, casi telenovela venezolana: «Ah, llamaste, mimosa… ¿viste que te iba a gustar lo que te hice y ibas a querer un poco más?». Corte instantáneo, como si hubiera tocado una plancha caliente. Bloqueado. Ya iba tres a cero a mi favor.

Pero la verdadera guerra empezó con el teléfono fijo, ese aparato jurásico que insiste en seguir vivo. Estaba yo, tranquilo, viendo una película, cuando sonó. Atendí. Una señora pedía un taxi. Le dije, amablemente, que se había equivocado y le quise explicar cuál era el número al que debía llamar. Cortó sin miramiento mientras le hablaba. A los cinco minutos, de nuevo. Mismo pedido, mismo error, misma tozudez, misma acción de cortarme en la cara mientras le quería indicar el número al que debía llamar.

Ahí entendí que la señora tenía la precisión de un dardo tirado con los ojos cerrados: mi número era casi el del taxi, solo con los dos últimos dígitos invertidos. Un detalle que ella consideraba «opcional».

A la tercera llamada me avivé y decidí jugar en su cancha. Atendí como si fuera la mismísima central de taxis: «Parada de taxi, buenas tardes». Le pedí el destino, le prometí un taxi en 90 minutos, ¡90!, como quien no quiere la cosa, ella protestó un poco pero aceptó esperar. Colgué sintiéndome un genio del engaño telefónico. Volví a mi película con la señora oficialmente neutralizada.

Dos horas después, llamó preguntando por el taxi que ya habían pasado dos horas y aún no había llegado. Le dije «equivocado» con la cara más seria del mundo (que no se veía, pero se sentía). Cortó. Victoria total.

Actualmente, no sé si cerraron la empresa de taxis y el número pasó a otra empresa, pero empezaron a llamarme confundiéndome con el laboratorio de una prestigiosa mutual médica. Mi mujer, con paciencia de santa, les explica lo de los dígitos invertidos. Yo, en cambio, corté la parte pedagógica de mi personalidad y ahora solo digo «equivocado» y cuelgo, seco, como un recepcionista aburrido.

Pero el otro día me superaron. Atendí y, sin saludo, sin preámbulo, sin ni siquiera preguntar si estaban marcando bien, una voz soltó a quemarropa: «Tengo que hacerme un exudado vaginal». Como si yo fuera el augur del tema. Le contesté, con la calma de quien ya lo vio todo: «Bueno, vaya y hágaselo, pero no me lo cuente a mí». Preguntó si no era el laboratorio. Le dije que no, que estaba equivocada. A través del cable sentí cómo se le incendiaban las mejillas de vergüenza.

Ya aprendí la lección definitiva: si suena el fijo, no atiendo. Nunca. Jamás. Mi mujer se enoja, dice que «nunca atendés nada», y yo le repito mi filosofía de vida: «¿Para qué? ¡No soy funcionario de ningún laboratorio ni informante de guía telefónica!». Y, como en un ritual bíblico, ella siempre vuelve con la misma frase: «tenías razón, era alguien preguntando por el laboratorio».

Y pensándolo bien, ahí está el verdadero misterio de esta historia: ¿por qué carajo sigo teniendo teléfono fijo? En un mundo donde hasta mi abuela manda audios de WhatsApp de cuatro minutos explicando la receta del pollo al horno, yo sigo conectado con un cable a un moderno modem de fibra óptica, principalmente porque no tiene costo y las llamadas son gratis e ilimitadas a pesar de que no llamo a nadie, y de que solo trae señoras confundidas y preocupaciones vaginales. Nadie, absolutamente nadie, me llama al fijo para algo bueno. No hay un solo «hola, te tocó un premio» o «che, quería invitarte a un asado». No. Es siempre exudados, taxis fantasma y análisis clínicos ajenos.

Pero ahí sigue, el aparato, en su lugar de siempre, con ese cablecito enroscado que ya nadie sabe para qué sirve pero que da no sé qué tirar. Funciona perfecto, eso es lo peor. Si se hubiera roto hace diez años, esto ya sería un capítulo cerrado, un recuerdo entrañable como el walkman o el módem que hacía ruido de nave espacial al conectarse. Pero no, el maldito insiste en seguir vivo, terco, funcional, como un abuelo que se niega a jubilarse aunque ya nadie le pida consejos de laburo.

Lo tengo, para ser honesto, más por nostalgia que por necesidad. Es un objeto de otra época que decidió sobrevivir a su propia utilidad, como esos veteranos que siguen actuando como adolescentes aunque ya se recibieron de viejos hace veinte años. Cada vez que suena pienso: «esto es una reliquia arqueológica sonando en mi living». Y aún así lo atiendo (bueno, ya no, aprendí la lección), como corresponde…

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