Graziano Pascale
De todas las actividades comerciales que requieren autorización del Estado para poder operar, ya sea a través de un permiso o licencia a nivel nacional o departamental, la de la radiodiusión en un sentido amplio, abarcando radio y televisión, tiene características que la hacen única.
A diferencia de lo que sucede con los permisos para taxis, farmacias, líneas de transporte de pasajeros, estaciones de servicio, pesca comercial y tantas otros rubros, en el caso de la radiodifusión las relaciones entre el aspirante a una licencia con el poder político son un factor determinante,que supera el vínculo con el gobierno de turno para convertirse en una especie de «institución» más de la República. Fue así desde las primeras licencias para estaciones de radio, a fines de los años 20 del siglo pasado, pasando por las licencias para estaciones de televisión, 30 años después, hasta el presente.
Ese vínculo especial puso a cubierto a los permisarios de radio y televisión de las viscitudes del resto de los actores económicos del país. Leyes especiales, tratamiento privilegiado en materia tributaria, ambiente laboral más o menos armónico, sin grandes sobresaltos y casi ausencia de conflictos que hayan tomado trascendencia pública, han caracterizado en líneas generales el escenario del sector en el último siglo.
Una huelga histórica
Lo anterior no significa que no hayan existido sobresaltos en la vida de estas empresas. Quienes conocen de cerca del tema saben que los ha habido, pero se fueron resolviendo en ámbitos reservados, a veces gestionando nuevos beneficios del poder político, y en otras abriendo el sector -especialmente el de las radios- a la participación extranjera, mediante subterfugios o testaferros que permitieron eludir la prohibición que rige para que ciudadanos de otros países puedan operar medios nacionales.
Con menor o mayor trascendencia, ya que a ningún medio le ha interesado cubrir como noticia lo que sucede en este sector, todo esto ha ido transcurriendo en un ámbito de discreción y reserva. Aunque en la mayoría de los medios, especialmente aquellos con un número significativo de dependientes, han existido históricamente sindicatos, los mismos se han manejado con una agenda concentrada en obtener beneficios para sus asociados, manteniéndose al margen del escenario político más amplio que es el característico de los sindicatos afiliados al pitcnt.
Todo esto cambió drásticmente con la huelga de los últimos días en Teledoce, decidida por su sindicato en protesta por unos 25 despidos decididos por la empresa en el marco de una amplia reestructura. La inédita huelga obligó incluso al personal superior o de confianza a asumir las tareas que habitualmente hacían los huelguistas, para mantener el canal en el aire. Algo sin precedente alguno en el sector.
Un modelo obsoleto
En la televisión privada se mantiene prácticamente incambiada en los últimos 60 años una práctica que en apariencia es de competencia, pero que en los hechos funciona con las reglas clásicas del oligopolio. Tarifas de publicidad fijadas de común acuerdo, una programación calcada en su contenido y en sus horarios -especialmente en el de los noticieros- para que todos ofrezcan más o menos el mismo producto, incluso coordinando el horario de las tandas para que la publicidad se emita a la misma hora en cada canal, evitando así la «fuga» de los televidentes para mantenerlos cautivos.
En ese mismo contexto, la movilidad de los recursos humanos entre los canales es poco frecuente, salvo las excepciones que confirman la regla, lo cual también supone la existencia de cierto techo no escrito para las remuneraciones más altas, que son aquellas que perciben las figuras emblemáticas de cada canal.
En los temas que le son comunes, los canales han actuado siempre en forma coordinada. Los memoriosos de los comienzos de la tv en los años 60 recuerdan que en más de una ocasión un mismo comprador adquiría para los tres canales los paquetes de series y películas que se vendían en las ferias del sector en Estados Unidos, de modo de evitar la competencia y una «guerra de precios». Algo similar sucedía con los acuerdos con los canales argentinos, cuya programación se compraba «en paquete» por sus colegas uruguayos.
En los años 90, cuando la tv abierta enfrentó la competencia de la tv para abonados, los tres canales acordaron compartir el mismo cableado en Montevideo, y compitieron por el mercado de suscriptores ofreciendoo los mismos precios y el mismo contenido, con leves modificaciones, para mantener el clima de «paz comercial» existente hasta el momento.
Así, la baja en los ingresos publicitarios por el descenso en la cantidad de televidentes que se iban volcando al cable, fue compensada por los ingresos que devengaba el nuevo segmento, y que le otorgó a los canales una «sobrevida» de 30 años.
El streaming lo cambió todo
El reto que trajeron de la mano las transformaciones tecnológicas marca el fin de una época. Ya no resulta posible, como en el pasado, acordar una estrategia común, y ni siquiera es viable un pacto como el realizado con Francisco Casal para la televisación del fútbol.
El streaming lo ha cambiado todo. Y, para colmo, ni siquiera se necesita licencia o permiso alguno del Estado para operar esta nueva modalidad de comunicación a través de imagen y sonido. La puerta del Estado para detener la nueva competencia no está disponible, salvo que a algún político creativo se le ocurra proponer algo para congraciarse con los permisarios en crisis.
Aunque la televisión abierta y generalista seguirá existiendo, su sobrevida depende de una reestructura muy amplia, que necesariamente habrá de repercutir en la reducción de puestos de trabajo,para acompañar la baja en los ingresos publicitarios, fruto de la fragmentación de las audiencias.
Este proceso es doloroso pero irreversible. Poco puede hacer el Estado para impedir estos cambios. Aunque sí podría ayudar a aliviar la transición eliminando algunas restricciones que todavía pesan, para defender la posición dominante de los operadores tradicionales, a los cuales ya les llegó el Uber que cambia para siempre las reglas del juego.
Más canales, más competencia, búsqueda de nichos específicos para concentrar audiencias por intereses compartidos, ayudarían a canalizar la transformación en favor del público, el gran postergado de siempre.
