La fábula de Pasacalle, Morfi y los aldeanos

Los viejos habitantes del Bosque de la Memoria cuentan que, hace mucho tiempo, existió un reino donde el trono estaba embrujado. No lanzaba rayos ni convertía a nadie en sapo. Su hechizo era mucho más sutil: quien se sentaba en él olvidaba, en apenas unas horas, todas las promesas que había hecho para conseguirlo.

Por ese trono pasó primero el rey Pasacalle. Gobernó durante un tiempo breve, lo suficiente para comprobar que la corona pesaba menos de lo que imaginaba y el poder, bastante más. Cuando llegó el momento, cedió el lugar al rey Morfi, como dictaban las viejas costumbres del reino.

Pasacalle y Morfi eran rivales, aunque llamarlos enemigos habría sido exagerar. En política, la enemistad suele durar menos que una oportunidad. Se saludaban con abrazos medidos, sonrisas impecables y palabras tan amables que cualquiera habría jurado que eran amigos de toda la vida. Hablaban por palomas mensajeras, por espejos encantados y hasta por el caracol telefónico del palacio. Dominaban a la perfección ese refinado arte llamado diplomacia, que consiste en sonreír mientras uno calcula cuál será el instante más conveniente para empujar al otro del trono.

Alguna vez Pasacalle había reprendido públicamente a Morfi, pero aquello nunca pasó de ser un episodio más del teatro político. Sabían distinguir muy bien entre los discursos destinados al pueblo y las conversaciones reservadas para los salones del castillo.

Todo el reino sabía que Pasacalle soñaba con recuperar la corona. Sin embargo, para lograrlo tendría que vencer al campeón que los consejeros de Morfi eligieran cuando llegara el momento de abandonar el trono.

Como Morfi ya no podía presentarse para un nuevo reinado, el palacio se llenó de aspirantes. Parecían brotar de debajo de las piedras, salir detrás de los tapices o aparecer dentro de los armarios reales.

La favorita era la reina segunda, Moralina.
Moralina poseía un talento extraordinario. Lloraba con tanta convicción que hasta los cocodrilos hacían fila para tomar clases de llanto con ella. Se indignaba con solemnidad por los errores ajenos y los denunciaba con gesto severo. Lo curioso era que, cuando le tocaba actuar, repetía exactamente aquello que había condenado unas semanas antes, convencida de que una contradicción, si se pronunciaba con suficiente seguridad, dejaba automáticamente de serlo.
Los cronistas del reino comentaban que nunca había administrado un carruaje sin que, al final del viaje, hicieran falta muchas más monedas para repararlo. Pero ella siempre encontraba una explicación impecable: la culpa era del cochero anterior, del clima, de algún dragón despistado o, si todo fallaba, de la caprichosa posición de las estrellas. No era la única aspirante.

También sonaban con fuerza Artesano Sancho, un hombre capaz de asentir con aire solemne incluso gritando como un descosido en un velorio; Podías, cuya autoridad parecía depender exclusivamente del número de personas que caminaban detrás de él fingiendo admiración; y, por supuesto, Perifeira.

¡Ah, Perifeira! Jamás había empuñado un arado, administrado un molino ni dirigido una simple taberna. Aun así, hablaba con la seguridad de quien afirmaba haber inventado el pan, la rueda y el fuego antes del desayuno.

Recitaba discursos interminables de memoria y a una velocidad endiablada, como si temiera olvidar una frase antes de pronunciar la siguiente. Sus seguidores lo escuchaban embelesados. Cuanto menos entendían, mayor era la admiración que les despertaba.

Tenía un don peculiar: conseguía doblar los hechos hasta hacerlos encajar en sus teorías. El único inconveniente era que la realidad, testaruda como una mula y bastante menos obediente que sus seguidores, insistía una y otra vez en llevarle la contraria.

Mientras tanto, desde los pequeños feudos también surgían nuevos candidatos.
Estaba el severo Marini Lagos; el esbelto Ojeras; Sale, que confundía el volumen de la voz con la fuerza de los argumentos; el siempre discutido Bardoñery; y el inofensivo Plano Vienes, cuya especialidad consistía en prometer palacios antes de haber colocado el primer ladrillo.

Aunque parecían muy distintos entre sí, todos llegaban con el mismo pergamino bajo el brazo. Prometían menos tributos. Más trabajo. Más prosperidad. Más justicia. Más felicidad.

Los siervos escuchaban aquellas promesas con una mezcla de esperanza y costumbre. Cada generación creía que, esta vez sí, el vendedor del elixir milagroso decía la verdad.

Pero el reino escondía una curiosa maldición.
Cada nuevo rey descubría, apenas ocupaba el trono, que casi todo estaba demasiado bien acomodado como para cambiarlo.
Las buenas decisiones del gobernante anterior dejaban de ser un desastre y pasaban a llamarse políticas de Estado. Las malas, en cambio, se convertían misteriosamente en problemas complejísimos cuya solución siempre requería un poco más de tiempo… preferentemente hasta el próximo reinado.
Así, la rueda seguía girando. No porque el reino avanzara, sino porque el carrusel nunca dejaba de dar vueltas. Cambiaban los reyes. Cambiaban los escudos. Cambiaban las banderas. Cambiaban los discursos.
Hasta cambiaban los insultos que se lanzaban durante las campañas.
Lo único que permanecía exactamente en el mismo sitio era la enorme distancia entre el trono y las humildes casas de los siervos.

Y mientras tanto, los aldeanos seguían haciendo lo único que nunca cambiaba: Discutían con sus vecinos. Rompían amistades. Defendían con pasión a su candidato favorito. Marchaban convencidos de que peleaban por el futuro del reino. Sin darse cuenta de que, una vez terminada la contienda, vencedores y derrotados solían brindar juntos en el gran salón del castillo, riendo como viejos compañeros, mientras observaban desde los ventanales cómo los campesinos regresaban orgullosos a sus chozas, creyendo haber ganado una guerra cuyo premio jamás les pertenecería.

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