Los ignorantes

En internet abundan las personas que saben una sol cosa. Una.
No son expertos en todo, no poseen una biblioteca en el cerebro ni recibieron del universo la contraseña del conocimiento absoluto. Simplemente saben algo que la mayoría de los demás no sabe. Y con eso les alcanza para sentirse intelectualmente superiores al promedio y meter a todo el resto de la humanidad dentro de una categoría tan amplia como cómoda: “ignorantes”.

El razonamiento suele ser más o menos así: “Yo sé esto y vos no. Por lo tanto, yo soy inteligente y vos sos un ignorante”.

El pequeño detalle que convenientemente omiten es que todos somos ignorantes en una cantidad extraordinaria de cosas. La diferencia es que algunos tienen la suficiente humildad para saberlo y otros convierten su único conocimiento especializado en una especie de título nobiliario que los habilita a despreciar al resto de la especie.

Hace años, cuando trabajaba en un hotel de Rivera, había algunas habitaciones con ducha eléctrica, el popular “chuveiro” brasileño. Mucha gente les tenía miedo y otras directamente no sabían usarlas. Como la mayoría de las habitaciones tenía agua caliente central, esas habitaciones quedaban reservadas, en general, para quienes sabíamos que no tenían inconvenientes con ellas, y generalmente eran las últimas que vendíamos con la pertinente aclaración de que tenía ese sistema de ducha.

Había una anestesista que llegaba habitualmente a las seis de la mañana. La diaria comenzaba a la una de la tarde, por lo que, como viajaba toda la noche y debía trabajar, muchas veces le guardábamo una habitación de esas para que pudiera descansar unas horas, hasta que se liberara una de las otras y la cambiábamos. Lo hacíamos sin cobrarle una diaria completa. Era una atención del hotel.

Con el tiempo, la atención se transformó, en su cabeza, en un derecho adquirido.
Ya no era: “Qué amable el hotel que me permite descansar unas horas gratuitamente cuando hay disponibilidad”. Era: “El hotel tiene que darme una habitación cuando yo llegue”.

Y no importaba que no la hubiera reservado, que no pagara la diaria desde el día anterior y que el hotel dejara de vender esa habitación a otro huésped para guardársela a ella, que había recibido una gentileza varias veces y, como suele ocurrir con ciertas personas, terminó interpretándola como una obligación ajena.
Un día llegó a las seis de la mañana. Como preveíamos su llegada le guardamos una de las “difíciles” de vender por la consabida ducha eléctrica, para que descansara un rato y después la cambiábamos. Subió a la habitación y a los pocos minutos bajó furiosa. No lograba regular la temperatura del agua.

Le expliqué que no había otra habitación disponible que si no se quería quedar ahí, debía esperar hasta las 13. También intenté explicarle cómo funcionaba la ducha.

Fue entonces cuando apareció esa curiosa criatura que internet ha multiplicado hasta convertirla en una plaga: el especialista en una cosa que cree haber sido nombrado experto universal.
-¿Usted se cree que no sé usar una ducha? -me preguntó, indignada.
-Si no sabe regular la temperatura, es porque, efectivamente, no sabe usarla.
Para ella, aquello fue una ofensa imperdonable.
-¡Lo que me dice es una falta de respeto! ¡Usted es un “simple recepcionista de hotel” y está hablando con una profesional universitaria!. Ahí apareció la frase mágica: profesional universitaria.

Como si un título universitario viniera acompañado de un certificado de competencia general para la vida. Como si estudiar anestesiología incluyera, entre otras materias, “Regulación de duchas eléctricas”, “Manejo de artefactos domésticos” y “Superioridad moral aplicada”.
Le respondí:
-¿En la universidad le enseñaron a usar una ducha eléctrica?
-¡Por supuesto que no!
-Entonces, por lo que ud. mismo me ha dicho, desconoce completamente cómo se usa. Que sea una profesional universitaria le da conocimientos en su área. No en todo lo demás.

Tragándose la rabia de que un «simple recepcionista» le desnudara su incapacidad práctica, exigió hablar con el dueño. El resultado fue majestuoso: mi jefe le explicó con manzanas que el hotel perdía dinero para hacerle un favor que ella asumía como un derecho de cuna, y terminó invitándola a no volver. La eminencia médica se marchó para no regresar.

Ahí radica la miseria de esta gente: creer que poseer un título universitario o dominar un par de datos te otorga omnisciencia es el atajo más rápido a la ridiculez. Medir la cultura, la inteligencia o el valor de los demás con la corta vara de su propio ego no los hace superiores; los convierte en ignorantes cegados por la ilusión de saber algo.

La diferencia entre una persona inteligente y una persona que simplemente sabe algo suele aparecer justamente ahí: en la capacidad de comprender que su conocimiento tiene límites. Todos somos ignorantes.

La única diferencia es que algunos somos conscientes de ello y otros necesitan encontrar a alguien que no sepa una cosa para sentirse superiores.

Y ahí está la ironía final: juzgar el conocimiento ajeno desde la pequeña trinchera del saber propio no es muestra de erudición, sino de ceguera. Lo que el resto de la humanidad domina en los campos que él desconoce eclipsa por completo su breve territorio de especialización.

Pero comprender esto requiere algo más que acumular datos: requiere sabiduría. Y esa es, por desgracia, la gran materia pendiente de quienes creen saberlo todo.

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