Capítulo X: Sudán, la trampa descolonizadora y una interminable tragedia de diseño

 

«Mi gente no murió porque la tierra fuera árida, sino porque los hombres armados convirtieron el agua en veneno y la memoria en ceniza.» — Stella Gaitano

  1. La trampa de los mapas: Kapuściński y la bomba de tiempo sudanesa

«Trazaron una línea con tiza sobre nuestra tierra y nos dijeron que a un lado éramos hermanos y al otro lado éramos enemigos. La tiza se borró con la lluvia; la sangre, en cambio, sigue ahí.» — Tayeb Salih

 

En Ébano, Ryszard Kapuściński advirtió con lucidez profética que la tragedia de los países poscoloniales no residía en el caos espontáneo, sino en la impecable arquitectura de su diseño.

Al analizar el destino de Sudán —ese gigante atravesado por el Nilo y fracturado por el desierto—, el cronista polaco no vio una violencia atávica ni una maldición tribal, sino la explosión en cadena de un artefacto instalado deliberadamente por la diplomacia europea.

Durante más de medio siglo, el Condominio Anglo-Egipcio (1899-1956) administró el territorio bajo una estrategia de compartimentación absoluta: la célebre Southern Policy. (Nota 1: La política británica de aislamiento del Sur fue diseñada para impedir la integración cultural y económica del territorio, creando dos sistemas educativos, lingüísticos y administrativos incompatibles. Esta fractura artificial es considerada por varios historiadores como uno de los experimentos coloniales más radicales de ingeniería social en África.)

 

Los británicos trazaron una frontera invisible pero impenetrable a la altura del paralelo 10.

Al norte, fomentaron una élite mercantil arabo-musulmana centralizada en Jartum; y al sur, aislaron a los pueblos africanos animistas y cristianos, prohibiendo el comercio, la circulación de personas y la difusión del árabe. El Sur fue mantenido en un estado de letargo y analfabetismo funcional, como un reservorio de mano de obra barata y recursos sin explotar.

 

Una bomba geopolítica de diseño

El crimen geopolítico no fue solo esa división, sino el modo en que se ejecutó la partida. En 1956, acuciados por la prisa del retiro y los equilibrios de la Guerra Fría, los colonizadores británicos plegaron el mapa y unificaron de forma abrupta dos universos que habían enseñado a recelarse durante décadas. Al marcharse de Jartum, entregaron las llaves del Estado, el ejército y la burocracia exclusivamente al Norte.

De un día para otro, la población del Sur y de las periferias marginadas no obtuvo la libertad: simplemente cambió de amo. Pasó, de ser una colonia británica, a convertirse en una colonia interna de los señores de la guerra de Jartum, quienes continuaron el trabajo del antiguo imperio utilizando las mismas herramientas: el despojo, la islamización forzada y la táctica del divide y vencerás.

Kapuściński demostró que la Primera y la Segunda Guerra Civil sudanesa no fueron accidentes de la historia, sino la consecuencia lógica de un país construido como un campo de confinamiento identitario bajo el mando de un centro rapaz.

La devastación que hoy consume a Sudán —la sangrienta disputa entre el ejército regular (SAF) y la milicia paramilitar RSF— no es más que la metamorfosis contemporánea de esa misma matriz colonial.

La potencia ocupante se fue, pero dejó la trampa servida: una estructura estatal concebida no para gobernar a sus ciudadanos, sino para saquear a sus vasallos hasta el exterminio.

 

Las armas tras el oro líquido del Nilo

A esta arquitectura se suma otro legado silencioso: el colonialismo hidráulico. (Nota 2: El control del agua como herramienta de poder ha sido documentado en Sudán desde la construcción de la represa de Jebel Aulia (1937) y, más recientemente, en las tensiones por la Gran Presa del Renacimiento Etíope. El acceso desigual al agua refuerza la centralidad del Norte y la vulnerabilidad de las periferias.)

El control del Nilo, las represas y la distribución desigual del agua se convirtieron en herramientas de dominación que reforzaron la centralidad del Norte y la vulnerabilidad de las periferias, donde la sequía inducida y el abandono estatal se transformaron en armas políticas.

 

  1. La mutación del monstruo: de los Janjaweed a las RSF y la limpieza étnica en Darfur

«En Darfur, el cielo no cae en forma de lluvia, sino en forma de fuego lanzado por hombres a caballo que cantan mientras asesinan a nuestros hijos.» — Daoud Hari

Para comprender cómo la trampa colonial derivó en la pesadilla actual, es preciso rastrear la metamorfosis del aparato represivo de Jartum.

A principios de los años 2000, cuando las poblaciones autóctonas y no árabes de Darfur —los pueblos fur, zaghawa y masalit— se levantaron contra la marginación estructural, el régimen de Omar al-Bashir recurrió a la táctica imperial de la opresión por delegación: armar y financiar a las milicias nómadas de origen árabe.

Así nacieron los Janjaweed. En su lógica de terror delegado, los Janjaweed recuerdan —aunque en una escala mucho más vasta y con una dimensión abiertamente genocida— a los Tontons Macoutes del dictador haitiano François Duvalier: milicias reclutadas entre sectores marginados, armadas con impunidad absoluta y convertidas en un aparato de terror paraestatal encargado de hacer aquello que el Estado no podía admitir públicamente pero sí necesitaba para sobrevivir.

La violencia como espectáculo performativo

Como los Macoutes, los Janjaweed hicieron de la violencia una performance destinada a servir como mensaje político —cantos, fuego, rituales de humillación— y terminaron constituyendo un “Estado paralelo” que controlaba territorios, rutas y economías enteras. La diferencia es la escala: mientras los Macoutes aterrorizaron un país pequeño, los Janjaweed —y su mutación en las RSF— ejecutaron una limpieza étnica y desplazamientos masivos en una región del tamaño de Francia. (Nota 3: La milicia personal de François Duvalier, creada en 1959, operó como aparato de terror paraestatal encargado de asesinatos, desapariciones, torturas y control territorial. Reclutados entre sectores pobres y fanatizados, actuaban con impunidad total y se convirtieron en un “Estado dentro del Estado”. Su función —violencia delegada, terror ejemplarizante y control social— guarda paralelos estructurales con los Janjaweed sudaneses, aunque la escala y la dimensión genocida de estos últimos es significativamente mayor.)

Estas milicias desataron en Darfur una campaña de tierra quemada que la comunidad internacional calificó como uno de los primeros genocidios del siglo XXI.

Lejos de disolverlas, el régimen optó por institucionalizarlas.

En 2013, los Janjaweed fueron rebautizados como Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), bajo el mando del tristemente célebre Mohamed Hamdan Dagalo, alias Hemedti. El Estado les otorgó rango militar, presupuesto público y el control de los yacimientos de oro de Darfur. (Nota 4: El yacimiento de Jebel Amer es uno de los más lucrativos del continente. Su control por parte de las RSF ha permitido financiar operaciones militares, comprar lealtades y establecer redes transnacionales de exportación que involucran actores rusos y del Golfo.)

La milicia mutó en un emporio económico-militar privado: un Estado dentro del Estado, capaz de alquilar mercenarios para guerras ajenas en Yemen y Libia mientras consolidaba su hegemonía financiera.

 

El puente histórico necesario: 2011 → 2019 → 2023

La independencia de Sudán del Sur en 2011 no resolvió la matriz colonial: simplemente desplazó el foco de la depredación hacia Darfur, Kordofán y el Nilo Azul.

La revolución de 2019, que derrocó a al-Bashir, abrió una ventana de esperanza que fue rápidamente capturada por los dos brazos armados del antiguo régimen: Burhan (SAF) y Hemedti (RSF). El experimento civil-militar fracasó porque ambos actores buscaban lo mismo: el control absoluto del botín estatal. (Nota 5: El levantamiento popular que derrocó a al-Bashir fue uno de los movimientos civiles masivos más grandes de África en el siglo XXI. Sin embargo, la captura del proceso por Burhan y Hemedti demostró la resiliencia del aparato militar y la fragilidad de las instituciones civiles.)

Luego, la guerra que estalló en abril de 2023 no fue un choque de proyectos nacionales, sino apenas un ajuste de cuentas entre dos versiones del mismo Leviatán extractivo.

 

El genocidio masalit en El Geneina

Es en Darfur del Oeste, particularmente en El Geneina, donde la naturaleza genocida de las RSF ha reemergido con ferocidad. Bajo el manto de la guerra civil, las RSF y milicias árabes aliadas ejecutan una campaña sistemática de limpieza étnica contra la población masalit.

Miles de civiles han sido masacrados por el solo hecho de existir, forzando a cientos de miles a huir hacia el desierto del Chad.

La historia se repite con cinismo devastador: los herederos de los Janjaweed han perfeccionado su maquinaria de muerte. Bajo la sigla RSF, continúan ejecutando el mandato implícito de la ingeniería colonial sudanesa: borrar del mapa a las poblaciones nativas para saquear la tierra sin dejar testigos.

 

  1. La contabilidad del horror y la quiebra moral de la diplomacia

«No nos dejen solos en la noche del desierto. El hambre mata despacio, pero la indiferencia del mundo nos mata dos veces.» — Kola Boof

Sudán se ha convertido en la zona cero del sufrimiento humano, acumulando cifras que marean por su magnitud:

  • 11–12 millones de desplazados
  • 25 millones en inseguridad alimentaria aguda
  • 70–80% de centros de salud fuera de servicio
  • 3,5 millones de niños con desnutrición aguda

 

La parálisis de la ONU y la geopolítica de la indiferencia

 

  1. Veto y neutralidades calculadas: Mientras los Emiratos Árabes Unidos canaliza armamento a las RSF; Rusia —a través de Wagner/África Corps— participa en la cadena de exportación del oro de Darfur y busca acceso al Mar Rojo. Las resoluciones con dientes operativos mueren en el Consejo de Seguridad.
  2. El bloqueo de la ayuda como arma de guerra: Las SAF y RSF utilizan visados, saqueos y fronteras como instrumentos de asfixia.
  3. El abismo de la financiación: Los planes humanitarios para Sudán están crónicamente subfinanciados y sobre-traficados, llegando en proporción mínima a sus verdaderos beneficiarios.

 

La paradoja perversa de la ayuda internacional

Aunque la ONU insiste en su “enorme esfuerzo humanitario”, la realidad revela una paradoja perversa: buena parte de esa ayuda termina alimentando las mismas estructuras depredadoras que producen la catástrofe.

En Sudán —como documentó la Dra. Dambisa Moyo en su ensayo “Cuando la ayuda es el problema”los convoyes humanitarios son desviados, saqueados o “tributados” por los señores de la guerra, que utilizan alimentos, medicinas y combustibles como moneda de control territorial.

Sudán es uno de los casos paradigmáticos donde la ayuda humanitaria termina en manos de actores armados. La ONU conoce este mecanismo desde hace décadas, pero ha sido incapaz de reformarlo: la ayuda internacional se convierte así en un subsidio involuntario a las milicias, reforzando la economía de guerra y perpetuando la dependencia estructural de las poblaciones atrapadas entre el hambre y las armas.

 

  1. Matriz de vulnerabilidad y la respuesta internacional

«¿De qué nos sirven las banderas de las Naciones Unidas flameando en el horizonte si sus camiones no traen pan y sus soldados no pueden detener la bala que atraviesa a mi hermano?» — Muhammad Al-Fayturi

 

Dimensión Realidad en Sudán Actores Perpetradores El “No-Papel” de la ONU
Limpieza étnica Exterminio masalit RSF y milicias árabes Declaraciones sin protección
Desplazamiento 11 millones SAF y RSF Planes subfinanciados
Impunidad Saqueo del oro, violencia sexual Burhan y Hemedti Sin embargo de armas
Economía de guerra Control de oro, rutas, fronteras; dos Estados depredadores superpuestos RSF (oro, tráfico), SAF (puertos, burocracia) Incapacidad para regular flujos financieros ilícitos

 

Comparaciones africanas: La “trampa colonial” sudanesa comparte elementos con otros casos: la RDC (recursos + milicias), Nigeria (fractura Norte-Sur + petróleo), Etiopía (federalismo étnico como legado imperial). Sudán es, sin embargo, el caso donde la ingeniería colonial produjo la mayor continuidad de violencia estructural.

Conclusión: El triunfo del cinismo

«Dijeron «nunca más» sobre la tumba de mis abuelos, y hoy contemplan en silencio cómo cavan la tumba de mis nietos.» — Abdelaziz Baraka Sakin

La tragedia sudanesa expone la quiebra absoluta del sistema multilateral nacido tras la Segunda Guerra Mundial.

La frase “Nunca más”, enunciada tras el genocidio de Darfur en 2003, suena hoy como una burla sangrienta en las calles devastadas de El Geneina y El Fasher.

La ONU y las grandes potencias no solo han fallado en prevenir el desastre: han administrado el silencio, convirtiendo a los millones de víctimas de Sudán en los olvidados más emblemáticos de la Tierra.

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