Agrietados, los uruguayos

«…a poco que andemos en el asunto, veremos que la sacrosanta corrección política hace de mal gusto hablar de grieta en Uruguay…”

 

Cuando la fe se convierte en odio, benditos los que dudan(Amin Maalouf en “El viaje de Baldassare”)

 

Cuando Jorge Lanata, hace más de 30 años, introdujo la palabra “grieta”, para describir gráficamente la profunda polarización de una sociedad argentina crecientemente dividida, seguramente no pensó que se iba a instalar en el imaginario colectivo de buena parte de Iberoamérica. Y que ello iba a determinar la vida política de nuestras sociedades, cada vez más fragmentadas y enfrentadas.

En aquel momento parecía ajustarse a la tercera acepción del término -según la RAE “dificultad o desacuerdo que amenaza la solidez o la resolución de una cosa”- sin que aludiera a profundidad, aspectos sociales, políticos y culturas donde se manifestaba, y su probable evolución. Sin embargo, Lanata solamente le puso nombre a lo que ya existía. Unas décadas antes, Santa Evita de las multitudes la había expresado con “mis descamisados” contra sus explotadores, una versión populista de la lucha de clases marxista que había adquirido carta de ciudadanía con la revolución bolchevique.

La grieta uruguaya en la historia

En materia de grietas, la Banda Oriental tiene bastantes antecedentes como para necesitar de ejemplo alguno. Constituidos a trancas y barrancas en nación independiente, gastamos buena parte del primer siglo en ganarnos el mote tan oportuno de “tierra purpúrea” acuñado por la aguda pluma de W. H. Hudson. Otra que grieta, Guerra Grande incluida.

Inaugurado el Siglo XX con un descanso de las armas, la joven sociedad vivió una primavera de apenas tres décadas, tras la cual con el golpismo terrista volvimos a las viejas andanzas. Superada ésta, mediado el siglo, nos esperaba una nueva versión de la grieta criolla, con la exportación revolucionaria del Imperio comunista, la URSS y su sucursal caribeña, la Cuba del Fidel.

Tras cuernos palos, derrotada la guerrillita, los del otro lado decidieron quedarse. Agotados estos, derrotados los otros, los levantiscos orientales tuvimos un veranillo de tolerancia, paz y amor con el “espíritu del Obelisco” que duró lo que un lirio. El Pacto del Club Naval, las exclusiones, amnistías y renuncias, volvieron a instalar un abismo al que nadie llamaba grieta, pero lo era. Tanto lo era que dura hasta nuestros días y no cesa de agravarse.

La nueva grieta

Algunos habrá que aún la nieguen y esgriman que 37 años de democracia dicen lo contrario. Que la alternancia en el Gobierno, desmiente tal cosa. Y a poco que andemos en el asunto, veremos que la sacrosanta corrección política hace de mal gusto hablar de grieta en Uruguay.

No obstante, si hay gente que querría que no existiese, que le gustaría legar a sus hijos una sociedad en armonía, lo primero que debería hacer es reconocer el problema, en toda su complejidad y profundidad, esa que hace que ir a un partido de fútbol sea una actividad de alto riesgo, que haya “pulmones” y se instituyan zonas de exclusión y que fiestas familiares terminen a balazo limpio. Esa grieta que hace que se secuestren actividades culturales, gremiales, sociales y de toda índole para su propia toldería.

A nosotros, me temo que a muchos como el suscrito, nos gustaría que la realidad fuera otra. Pero no lo es. Y, habiendo llegado esa grieta al terreno de la moral y la ética, la que a determinado grupo le parezca bien cualquier cosa que arrime agua a su molino, así sea defender a delincuentes y usar al delito en su propio beneficio, la grieta es el marco que nos permite diferenciarnos y mantener, aunque bajo fuego graneado, un punto de resistencia donde los valores de libertad, republicanismo, respeto a la Constitución, igualdad de las personas ante la Ley, defensa del valor del trabajo y estudio como elementos dignificadores del ser humano, abrigando la esperanza que no todo esté perdido y habrá un mañana.

¿Lo habrá?