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Charles a la carrera

13 agosto, 2022

Escribe Pablo Vierci

Sorprende el asombro que ha generado el affaire Charles Carrera, así como el inmediato
apoyo que recibió de sus correligionarios. Sorprendente hubiera sido que ocurriera de
otra manera.

Tanto el MLN-Tupamaros como el MPP (que son la misma cosa, como nos lo recuerda
año a año el senador Pacha Sánchez, cuando conmemoran otra Toma de Pando, los 8 de
octubre), están demasiado apurados por cambiar el mundo como para que le presten
atención a las minucias de los procedimientos legales, aunque en la correría (o en la
“carrera”, para aproximarnos al objeto de este estudio) a uno se lo lleven puesto.
El gurú de los dos movimientos hermanos, José Mujica, lo expresó gráficamente el 6 de
agosto de 2018, cuando dijo que “un delincuente es un burgués apresurado”.

No hay en la definición ninguna connotación negativa para con el delincuente, ya que lo
único que lo define es el apuro, la urgencia, el apresuramiento. Cámbiese lo de
“burgués” por “revolucionario”, y uno habrá llegado al núcleo mismo de esa filosofía
cimarrona. No fue una frase estrafalaria más, sino su “cogito cartesiano”, el “pienso,
luego existo” de la revolución, el principio básico de una forma de pensar que hace
punta en Uruguay desde 1963, con distintos actores y diferentes circunstancias, pero la
misma premura por tomar el cielo por asalto.

Como diría Fidel Castro, el padre fundador, la revolución es tan expeditiva como la bala
que te atraviesa ante un pelotón de fusilamiento.

O como lo ratificó su primer apóstol, el Che Guevara, cuando pronunció en 1964 ante la
Asamblea General de las Naciones Unidas: “sí, hemos fusilado, fusilamos, y
seguiremos fusilando”. Los juicios deben ser sumarios, resueltos por tribunales
revolucionarios elegidos en la refriega del combate, porque no hay tiempo para el
sinuoso viaje estilo “crucero” de un expediente, recorriendo las “playas” de un
sinnúmero de oficinas pobladas de burócratas hinchados de tanto tomar mate y café.

El Che estaba tan apurado que se llamaba “médico”, aunque era apenas un enfermero,
como Raúl Sendic era “genetista”, cuando era apenas Vicepresidente de la República.
Este es el ADN del MPP y el MLN, como la realeza es el corazón de un Partido
Monárquico, o el robo del Kirchnerismo, o la “traición a la patria de Vivián Trías” en el
Partido Socialista o la dictadura de cualquier Partido Comunista.

La desprolijidad, tal vez, sea el único precio que se paga por semejante premura.
El “clase A” del MPP, Yamandú Orsi, que adhirió de inmediato a Charles Carrera
cuando saltó su caso en el programa Santo y Seña, lo expresó con todas las letras a
pesar del restringido corset de los 280 caracteres de un tuit: “Cuando (…) hay que
resolver una cuestión tan jodida (…) y le encontrás urgente salida, no dudes compañero,
estás en la senda correcta”.

“Resolver una cuestión tan jodida”, la “urgente salida”, “la senda correcta”: ahí están
todos los baluartes del atajo, la falta de paciencia para con las formalidades burguesas.
Dos conspicuas guerrilleras lo expresaron en forma rotunda en el documental alemán
Tupamaros, de 1997: “(hubo) enfrentamientos y hubo algunas muertes decididas,
ejecuciones que le llamamos nosotros, pero siempre hicimos un estudio pormenorizado
de la persona y de las razones por las cuales sería ejecutada”. Lo que están diciendo sin
medias tintas es que gracias a ese “estudio pormenorizado”, que podría llevar un par de
horas, no solo estaban evitando “ejecutar” a la persona equivocada, sino que se estaban
evitando infinidad de trámites, por demás espinosos, que solo alejarían, cada vez más,
su imperiosa necesidad de hacer el bien. Están evitando formular una denuncia,
ambientar una investigación judicial y policial, que actúen las chicanas de la defensa,
que se expida un juez, que vaya a un tribunal de alzada y así sucesivamente. Incluso con
ese “estudio pormenorizado” están evitando el espinoso trámite legislativo que
implicaría obtener las mayorías parlamentarias para derogar la ley de 1907 que abolió la
pena de muerte en Uruguay.

No es como dice Mujica, cuando cita a Antonio Machado, que anda “ligero de
equipaje”: anda “flojos de papeles”.  O como lo expresó el propio ex presidente en el reciente documental “El Pepe, una vida suprema”, de Kusturica, que recorrió el mundo, granjeándose el aplauso de europeos
“apresurados”: “es la cosa más linda entrar a un banco con una 45, así todo el mundo te
respeta”. Cuánto papeleo se está evitando al no pedir un préstamo bancario, ponerse la
corbata, molestar a una garantía o enfrentarse ante la embarazosa circunstancia de que el
gerente le pregunte por los ingresos, y tenga que confesar que provienen de la caja
fuerte del banco más próximo. Y todo ese trámite se resuelve con una “45” y un par de
gritos, “arriba las manos”, “entreguen la guita, manga de oligarcas”. Todo “a sola
firma”.

Y además del “vil metal”, de esa forma, como él lo dice, “todo el mundo te respeta”.
Qué lejos estamos de la ilusión meritocrática de “M’hijo el dotor”, quemándose las
pestañas para obtener el “cartoncito”, o el obrero en el taller, sudando la gota gorda, o el
albañil finalista que buscaba embellecer el paisaje esculpiendo angelitos en el
frontispicio de una obra.

Y esto se proclama a los cuatro vientos, no se barre debajo de la alfombra, como
antiguamente se hacía cuando una persona se adentraba en el borrascoso mundo del
delito.

La cara de asombro de Charles Carrera en estos días, cuando se deschavó lo de La
Paloma, obedece a que él abreva en esa filosofía desde muy joven. “¿Qué hice mal?”,
parece decir. ¿Por qué está mal inventar un cargo de policía, alojarlo en un lugar
prohibido por la ley u otorgarle tickets alimentación como si blandiera en su mano la
tarjeta corporativa de Sendic?

Él únicamente estaba haciendo lo que le enseñaron, tomar el atajo para llegar lo más
rápido posible a la patria justiciera, el paraíso socialista, echando un poco de “humanidad”

en un episodio turbio, como la festichola en casa del subcomisario, un incidente
trasnochado, donde todos los gatos son pardos.
Si todo es normal, perfectamente normal. ¿Por qué tanto lío?
Y si no me creen, pregúntenle a Rocco Morabito.