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Efecto desconocido de las vacunas

22 octubre, 2022

por Pablo Vierci

Hubo un efecto desconocido de las vacunas que recién sale a luz. No se le trata en el MSP, ni en el ámbito psicológico, sino que obedece al campo de los fenómenos paranormales o sociológicos, que no siempre son sinónimos.

Buena parte de la población radical, que en Uruguay están representados por el PCU, el MLN-Tupamaros (MPP), los socialistas de Civila y otros sin carné, creyó que con la pandemia, como en la Revolución Francesa, se venía la destrucción del ancien régime, para que alumbrara, de una vez por todas, la patria totalitaria y justiciera que persiguen desde hace más de un siglo.

Borrón y cuenta nueva, a cargo del misterioso coronavirus, que entraba como un convidado de piedra en la historia de las civilizaciones. Por eso el PIT-CNT (cuya dirigencia los engloba a casi todos) arrancó con mucha polenta no bien comenzó la pandemia, con aquel histórico y simbólico cacerolazo de bienvenida, el 25 de marzo de 2020. A partir de entonces, como quinta columnas revolucionarios, se hizo todo lo posible para poner a la sociedad de rodillas, militando aglomeraciones inverosímiles, un día sí y otro también, poniendo todo tipo de palos en la rueda con el apoyo desembozado a las “vacunas placebo compañeras”, la Soberana cubana y el Carvativir, las “Gotículas milagrosas de José Gregorio Hernández” de Maduro, además de anotarse en la Sputnik del camarada Putin, que todavía no terminó de dar los exámenes, para bloquear las que provenían del capitalismo.

La mejor herramienta para colaborar con el “Armageddón sanitario” fue convocar a las firmas contra la LUC, con todas las movilizaciones que ello aparejaba. Si la caída del Muro de Berlín había sido un traspié en la larga marcha totalitaria hacia la “patria justiciera”, ahora venía la revancha, comandada por un Orco desconocido, el virus.

No contaban con las vacunas, ni con la vieja máxima del fútbol de que “los otros también juegan”. Surgió la “Libertad Responsable”, en lugar de la “Penuria Obligatoria”, no hubo, como presumían, la cuarentena controlada a sablazos, con Estado de Sitio y Medidas Prontas de Seguridad, que traerían hambre y caos generalizado, retornando a los inicios, el hombre en la caverna con un garrote, el cabello hirsuto y un taparrabo de piel de mamut cubriéndole las partes pudendas, muy próximo del paraíso tropical cubano, al que solo le faltaba una guayabera, un pin del único partido permitido, el Comunista, y a repartir palo a cualquiera que cante o entone “Patria y vida”.

Si se analizan las últimas décadas, nunca hubo, desde los corchazos tupamaros de los 60 y primeros dos años de los 70, una movida tan agresiva y entusiasta por el Apocalipsis. No se apostaba al “cuanto peor, mejor”, sino a la aniquilación de una sociedad basada en la igualdad ante la ley, para retornar al mundo ideal de la revolución redentora, para que no quedara piedra sobre piedra del mundo conocido, aboliendo de un plumazo siglos de civilización occidental esclavista.

Pero la cosa salió, una vez más, al revés.

La vacuna no solo funcionó, sino que fortaleció a las cuatro principales herramientas del libre pensar, los Cuatro Jinetes del Apocalipsis para la “patria compañera”: Internet, el Zoom, Twitter y la vieja birome Pilot 0,5, con la que enhebran pensamientos funestos los cagatintas de la burguesía. Con la arremetida de las camaritas fotográficas en los celulares, cada día más baratos, cualquiera puede mirar en directo cómo apalean manifestantes desarmados en Cuba, o en Nicaragua, o cómo miente Fernando Pereira, porque mientras dice que “nosotros no convocamos ni una movilización en tiempos de pandemia”, ya surgen, simultáneas, las imágenes que lo contradicen.

A medida que se superaba la pandemia, los militantes fundamentalistas se salían de las casillas. Los jefes chocaban borrachos, mentían con la LUC, amenazaban con la portabilidad numérica, la privatización de la enseñanza, el desmantelamiento de Antel, el meteorito chocaría finalmente contra la adormecida clase media oriental.

La desesperación los estaba ganando de nuevo, cuando milagrosamente surgió una nueva cepa, que parecía superior a la Delta y a la Omicron juntas: la PAS, o la “Patovica Astesiano”, según su fórmula química, del que se prendieron con uñas y dientes, como el borracho a la damajuana.

Pacha Sánchez se enloquecía para intentar convencer que todo estaba corroído por la corrupción, Charles Carrera recorría domicilios y ferias vecinales para ver si alguien le creía que estamos viviendo en el infierno, Daniel Caggiani salió otra vez a reivindicar el latigazo sangriento contra la oligarquía canaria con la “toma de Pando”, en 1969, mientras Enrique Rubio y su gente convocaron a una conferencia de prensa para que intervenga Interpol, cuando en realidad lo que buscaban era que intervinieran los aviones de la Otan, para destituir a este gobierno títere y cipayo y ponga en su lugar a un Orco compañero.

El patovica Astesiano había escapado del “blindaje mediático” del que habla el presidente de APU, se quitó las esposas, se fugó de la cárcel y accedió a las portadas de todos los medios de comunicación, escritos, radiales, televisados o digitales. El paraíso justiciero estaba, una vez más, a la vuelta de la esquina. Un esfuercito más y tomaban el cielo por asalto.

Los Comités de Base, donde palpitan los corazones del Hombre Nuevo, desempolvaron los pasacassettes y sonaba a toda hora “A desalambrar”, incluyendo verjas, rejas y todo tipo de tejidos que dificultan el accionar de los “trabajadores de lo ajeno”, que la derecha llama “delincuentes”.

Confiaron plenamente que la nueva cepa del patovica Astesiano contaminaría a toda la urdimbre gubernamental, tomada por la descomposición y el despojo. Pero la vacuna también fue eficiente en este caso, por más descuidos que hayan habido en Torre Ejecutiva, el patovica volvió a la cárcel y se aisló al virus: no había ramificaciones en todos los ministerios, ni en los otros estamentos del Estado, ni Interpol, ni la Otan se enteraron y la “mafia rusa” del patovica mostró impúdicamente que las raíces del escarnio se adentraban, justamente, en los gobiernos “compañeros” del pasado.

Como el boxeador grogui que pierde los reflejos, los “revolucionarios de la posverdad” salieron en desbandada, desesperados, desprolijos, ocupando liceos, la sede del MEC, y, si pudieran, ocupaban el Estadio Centenario para izar una bandera pirata en la Torre de los Homenajes, como hicieron en la refinería.

Mientras Putin se empantana en Ucrania, los Orcos nacionales se empantanan en el Apocalipsis que se desvanece.