Entre el «Magister» Olesker y el «Licenciado» Peña

La fascinación que ejercen los títulos universitarios, que es particularmente notoria en quienes carecen de ellos, lleva por lo general a dos tipos de conductas opuestas, pero asociadas por su origen. Por un lado están quienes los desprecian (el «cartoncito», en palabras de José Mujica), que lleva implícito también el sordo resentimiento por no haber completado los estudios formales que abren las puertas al diploma; y por el otro, están los que buscan suplir su carencia inventando falsos títulos, o invocándolos en forma prematura, cuando aún están en proceso de obtenerlos.

En los últimos años la crónica política ha estado plagado de casos que guardaban mucha similitud entre ellos, y su diferente repercusión por lo general ha estado asociada a la jerarquía institucional de quien ostentaba un falso título. El caso emblemático ha sido el del ex Vicepresidente de la República, Raúl Sendic, que en su afán de apuntalar la carrera política diseñada para llevarlo a la máxima jerarquía del Estado, se había inventado un título de una carrera inexistente.

En las últimas semanas dos nuevos casos se han agregado a esa saga, aunque con diferente repercusión en los medios y en el sistema político. Desde estas páginas nos hemos referido en forma abundante al «caso Olesker», que admitió no ser egresado de la Universidad de la República, pese a haber firmado documentos oficiales y figurado en biografías públicas nunca corregidas hasta ahora invocando su condición de graduado en la Udelar. Se refugió en un supuesto Máster obtenido en la Universidad belga de Lovaina, que hasta ahora nadie ha exhibido para dar por cerrado el tema.

El adormecido interés de la prensa en el tema de los «títulos falsos» fue sacudido por este caso, y en los últimos días se filtró la situación del Ministro de Medio Ambiente, Adrián Peña, que ha utilizado el título de «Licenciado» mucho tiempo antes de la finalización de sus estudios en Administración de Empresas en la Universidad Católica.

Los casos son, naturalmente diferentes, y el lector podrá evaluarlos con su propio criterio. Pero en esta columna pretendemos centrarnos en sus repercusiones y posibles consecuencias, que son muy diferentes y de diversa gravedad institucional.

Sobre el «caso Olesker», como ya hemos escrito, ha sorprendido el mutismo de la Caja Profesional, la Udelar, la Universidad de Lovaina, los medios tradicionales de comunicación, el sistema político en su conjunto, y el del propio interesado, que pese a invocar el título de «Magister», no lo ha presentado. El caso, por tanto, sigue abierto, y seguramente ingresará al anecdotario de la picaresca política uruguaya, sin consecuencias para nadie, en la medida en que la complicidad del silencio de los diversos actores contribuirá a que lo tape el olvido.

El «caso Peña» es diferente, por su gravedad institucional. Tal vez acicateados por el bochornoso silencio en el caso del ex Ministro y ex Senador del Frente Amplio, muchos actores de la escena han dado rápidas muestras de indignación, exigiendo incluso la renuncia o la destitución del ministro colorado.  Pero en medio de ese agitado mar de indignación colectiva, dos voces se han alzado para tratar de calmar las aguas: la del Secretario General del Partido Colorado, Julio María Sanguinetti, y la del presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira. En el primer caso, invocando la existencia del título, pasando por alto su uso antes de la obtención del mismo, y en el segundo, calificando como un «error» la conducta de Peña, y formulando votos para que pueda permanecer en el cargo.

Es que a nadie escapa que el eventual alejamiento de Peña, cuya irregular situación académica puede ser vista incluso como una derivación de la crisis interna abierta tras el forzado alejamiento de Carolina Ache de la Vicecancillería, traería aparejada una crisis de gobierno. En pleno verano, al inicio mismo del año preelectoral, la posibilidad de que el gobierno pueda quedar en minoría en el Parlamento es una situación que incomoda a todo el sistema político.

La irrupción de las redes sociales como un «convidado de piedra» en la política uruguaya puede deparar aún mayores sorpresas. Sólo es cuestión de esperar.