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Negativo Central

14 marzo, 2023

Escribe Oscar N. Ventura

Viernes 13 de marzo de 2020. No había ola de calor, sino un frío mortal que recorrió la sociedad uruguaya. El entonces poco conocido virus SARS-CoV-2, causante de la enfermedad COVID-19, había registrado sus primeros cuatro casos en Uruguay.

Lunes 13 de marzo de 2023. A tres años exactos de aquel viernes fatídico, deja su cargo el Ministro de Salud Pública Dr. Daniel Salinas, posiblemente el ministro de salud al que le haya tocado la crisis sanitaria más grande, al menos de este siglo. Los protagonistas de la época recordaron el pasado. Nuestro director Graziano Pascale historió ayer algunos aspectos de lo sucedido. Un excelente reportaje al Dr. Salinas, también publicado ayer, dio cuenta de los nervios del momento y lo que pasó luego. El Dr. Rafael Radi, quien fue uno de los líderes del GACH, describió en otro artículo lo que sintieron e hicieron en esa época. No faltó tampoco un racconto de cómo se enteró el sistema político de lo que pasaba y los pasos que se tomaron, ni la historia de una de la primeras víctimas sociales del largo camino de la enfermedad.

Lo que sí parece estar faltando aun es una evaluación crítica del éxito relativo de la aproximación de «libertad responsable» que tomó nuestro país. Para ello, nada mejor que recurrir a los datos. Los análisis a continuación se basan en el sitio Our World in Data, especialmente su sección sobre el coronavirus. Para hacer el análisis escogí los países de nuestro continente (con la advertencia de que algunas estadísticas pueden no tener el mismo grado de confiabilidad que otras), los países de donde mayoritariamente vinieron nuestros ancestros y cuya cultura nos formó (España e Italia), y tres países desarrollados que pueden considerarse epítomes de lo que querríamos ser como país, uno muy grande (Alemania) y dos del mismo orden de magnitud que nosotros (Finlandia e Israel). También incluí a Nueva Zelandia, el país que por su grado de aislamiento insular y draconianas medidas de confinamiento, logró el éxito más notable desde el punto sanitario, y Costa Rica, la otra democracia completa en las Américas. No incluí la propia China, dado que sus estadísticas son completamente artificiales.

Obviamente, el mayor indicador de éxito o fracaso lo da el número de muertes registrado a causa del virus. En Sudamérica, la situación más trágica la vivió Perú. Las estadísticas de Bolivia y Venezuela no son confiables y no vale la pena mucho discutir por qué y cómo. En el Mercosur fue Uruguay el que mostró la menor mortalidad por millón de habitantes, siendo menor sólo la de Ecuador, ambas similares a la de Alemania y mejores que las de Italia y España. Nueva Zelandia fue el caso de mayor éxito y Uruguay fue superado también por Israel, Finlandia, Costa Rica, Alemania y Ecuador. Comparando valores absolutos, Uruguay estuvo un 10% peor que Ecuador y Alemania, y tuvo unas 1.000 defunciones más por millón de habitantes que Israel.

Destacando la curva de Uruguay sobre las otras, se ve claramente cómo los traspiés más importantes de Uruguay (los escalones en la curva) se dieron específicamente por el inicio de los cursos escolares y liceales. En su momento hubo voces que pidieron que no se iniciaran los cursos en 2021 hasta después de semana de turismo, coincidente con un mayor avance de la vacunación. Ignorar ese consejo, lo que conllevó un inmenso aumento de los contactos, resultó en una situación en 2021 que destruyó el buen resultado de 2020. Nótese cómo en 2022, el mismo período se asocia a un escalón mucho más bajo, producto ya de la casi completa vacunación en la sociedad. Obviamente que las medidas siempre significaron un equilibrio entre el tema sanitario y otras consideraciones (económicas pero también de salud mental, ya que se comprobó en varios estudios el efecto del aislamiento en niños y adolescentes).

Hay otra forma en que también podemos medir el éxito relativo de Uruguay: la letalidad, es decir la cantidad de muertes producidas en función de los casos registrados. Esa es un indicador que favorece claramente a Uruguay, lo que, a su vez, es producto del desarrollo de reactivos y procedimientos locales (véanse los artículos vinculados antes) y la muy excelente detección de infectados. Como se ve en la gráfica, Uruguay tuvo un comportamiento similar al de Finlandia y Alemania y fue superado sólo por Israel y Nueva Zelandia. Lo que significa esto es que países como Ecuador o Costa Rica, por ejemplo, detectaron un número mucho menor de infectados de los que realmente había. Eso lleva a que Uruguay haya figurado como uno de los países con mayor número de casos detectados, lo que lejos de ser malo, habla muy bien de nuestro sistema de salud y, también, de cómo nunca estuvimos excesivamente cerrados como sociedad.

Lo anterior puede medirse con un índice de rigor (stringency) que mide a diversos niveles el grado de confinamiento de la sociedada. Las gráficas comparadas muestran que Uruguay tuvo un comportamiento similar al de Alemania o Finlandia, y confinó mucho menos a sus ciudadanos que países de su entorno, como Argentina o Chile. También en la gráfica se ve que Uruguay fue, como Costa Rica, Finlandia o Paraguay, uno de los países que ejerció la menor discriminación temporal entre personas vacunadas y no vacunadas, lo que sin duda contribuyó a una mejor aceptación de las medidas por parte de la población.

Finalmente, desde el punto de vista sanitario, otro indicador muy relevante es el del exceso de defunciones, es decir, la cantidad de muertes que se produjeron durante el tiempo de pandemia en exceso de las que estadísticamente deberían haberse producido en caso de que no hubiera habido pandemia. Eso puede expresarse de dos formas. Una de ellas es como porcentaje, lo que se muestra en la gráfica a la izquierda. No es difícil ver que Uruguay tuvo comportamiento similar a Alemania, Israel o Finlandia, siendo superado sólo por Nueva Zelandia. Incluso se puede ver cómo en 2020, Uruguay (al igual que Finlandia) tuvo menos muertes que las estadísticamente esperables, lo cual tiene explicaciones de salud y salud pública en las que no entraremos acá.

También es importante observar que Uruguay consiguió transitar bastante bien la pandemia sin compromter a largo plazo su crecimiento. La tasa de empleo fue en 2022 superior a la de 2019 (año pre-pandemia) y también se superó el PBI pre-pandemia, con un crecimiento real en 2022 de alrededor del 5% (bajada de 6.1% en 2020, subida de 4.4% en 2021). Esto se dio en un contexto de pérdida salarial (que empezó a recuperarse este año), aumento de los cotizantes a la seguridad social, y una rebaja de impuestos de 150 millones de dólares este año, en el país que exhibe hoy día el PBI per cápita más alto de Sudamérica y el menor nivel de pobreza.

En conclusión, Uruguay surfeó la pandemia con un éxito relativo. Se puede decir, en base a los números y las estadísticas confiables de nuestro país, que sanitariamente tuvo el mejor comportamiento en Sudamérica, en muchos casos comparable con la de países desarrollados grandes y pequeños. Sin duda hubo países que lo hicieron mejor, pero Uruguay consiguió notas excelentes tanto en el exceso de muertes asociados a la pandemia como en el alcance de la campaña de vacunación, como se ve en la gráfica adjunta.

Uruguay no fue el mejor alumno de la clase mundial, pero sin duda no es el fracaso que espuriamente se quiere instalar por ciertos actores en la opinón pública. Así que, como contestara el ex-ministro Salinas a la OMS,

«¡Negativo, central!«