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La nueva Inquisición, y sus cómplices

1 abril, 2023

Escribe Graziano Pascale

La columna de esta semana de Jorge Martínez Jorge, una de las más leídas de marzo, tuvo dos grandes aciertos: poner su mirada en la lenta extinción del Estado de Derecho, base del sistema republicano, al asistir impasible a la muerte del principio de inocencia, y eludir el barro del último episodio que puso otra vez el tema de fondo en el tapete.

El «barro» al que alude es, al mismo tiempo, el sórdido asunto vinculado a la vida privada de un senador y una persona que se inició muy joven en el mundo de la prostitución,  y el entramado legal y cultural que transforma una denuncia en una condena anticipada. Sobre el primer aspecto, los hechos son controvertidos, y el ingrediente político que lo tiñe hoy obliga a la prudencia.

Sin embargo, no es posible mantener silencio sobre el marco legal y cultural que rodea el episodio.

El terreno lo fue preparando una legislación que convierte en sospechoso a cualquier varón, por el solo hecho de serlo, y lo transforma en culpable a partir de una denuncia que se haga pública en las redes sociales.

Por si eso no bastara, los juicios en redes son sumarios, y finalizan cuando alguien (a veces el propio acusado) dice «creo en la justicia». Ese es el fin. Porque todos sabemos, empezando por el acusado, que su suerte ya está echada, antes de que el tema llegue a la justicia.

Si nadie reacciona frente a este estado de cosas,  cuando al que hoy elude comprometerse le toque ir al cadalso,  los demás seguirán su ejemplo y también callarán o mirarán para el costado. Y así, un buen día, vamos a estar todos atrapados en la dictadura de la doble moral de las redes sociales, y la interpretación de los fiscales, que, dicho sea de paso, han sido puestos en su lugar de grandes catones de la moral ajena precisamente por algunos que hoy padecen sus consecuencias.

Todos sabemos -aunque nadie se atreva siquiera a insinuarlo- que aquí no estamos ante un «caso de pedofilia», sino ante un asunto político. Las mutuas acusaciones entre el senador Penadés y Romina Celeste no constituyen un «tema privado». Son parte de  un tema político. O sea: nos concierne a todos, porque lo que está detrás de este camino a la hoguera de un solo individuo -en la medida en que se basa en leyes que han destruido el principio de inocencia, y en el eco que las denuncias reciben en las redes sociales, amplificadas por los medios de comunicación-  nos concierne a todos.

Como en la Edad Media, hoy nadie está a salvo de esa hoguera donde se destruyen reputaciones, honor, familias, prestigio… en fin, todo aquello que la gente decente más valora. Entonces eran las mujeres, acusadas de «brujería», las que terminaban sus días en medio del horror. Pero no sólo ellas. También los «herejes», los que se apartaban del credo oficial, iban por el mismo camino, bajo la fachada del «Tribunal de la Inquisición», amo y señor de almas y vidas ajenas.

En otras épocas, menos lejanas, otros seres humanos padecieron -y aún padecen en varias partes del mundo-  también persecución, cárcel, tortura y muerte por ser parte de un «colectivo» que no era del agrado del poder de turno

Los que miran en silencio

Lentamente, con un trabajo paciente y metódico, desplegado a lo largo de décadas, al amparo de las normas jurídicas que no rigen en los sistemas que muchos de sus cultores admiran, se ha ido instalando en la sociedad una mirada «correcta» sobre los dichos, los actos, las ideas e incluso la vida privada de los demás. El que forma parte del rebaño «bienpensante» sabe que puede acceder fácilmente a cátedras universitarias, sin mirar tanto detalle irrelevante cuando se trata de un compañero de ruta; a los estantes de las librerías, o a las páginas de la crítica literaria de los medios; a los programas de televisión y de radio, al palmoteo siempre grato de quien siente que es de la misma tribu. A los demás, la mirada siempre desconfiada y hostil, cuando no el desprecio o el agravio gratuito y no provocado. Así se solazan, así viven, así gozan insultando a diestra y siniestra los adoctrinados más fanáticos a quienes ni siquiera conocen, simplemente porque hay que «destruirlo», ya que es el «enemigo» que se interpone en el camino hacia el cielo de lo perfecto, lo justo y lo bueno que ellos creen encarnar.

¿Y qué hacemos los demás? Pues lo que cualquier persona sensata: evitar problemas, apartarse, mirar para otro lado, eludir el conflicto, en la vana esperanza de que esas actitudes pusilánimes y cobardes van a aplacar a la jauría.

Se equivocan: la jauría está siempre al acecho, esperando el momento para atacar. Es probable que muchos hoy se sientan tentados de «aplacar a la fiera», haciendo concesiones en las puertas de una campaña electoral, creyendo que así podrán transitar sin mayores obstáculos su camino. Otros, en planos más discretos, tratan de salvar sus negocios comprando «paz», a un precio que puede ser alto, pero que en definitiva terminan trasladando al precio final de su producto, sea cual sea ese producto. Pero hay una mala noticia: en el momento decisivo, nadie será contemplado. Y aunque quieran ignorarlo, es mejor que lo vayan sabiendo.