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La tiranía de las burocracias internacionales

30 mayo, 2023

Una catarata de siglas, entes, orgas, tratados, pactos y teorías catastróficas intentan gobernar al mundo y para ello recurren al miedo y a pulverizar la soberanía

 

Escribe: Dardo Gasparré

Como si fuera parte de un plan (¿o lo es?) en el último cuarto de siglo han proliferado los tratados y acuerdos de todo tipo que, bajo el lema de procurar el bien de la humanidad, (o el Bien común, que militan el comunismo, la Teoría Social y Rousseau & amigos) han pasado directa o solapadamente por encima de las constituciones nacionales o para decirlo con más rimbombancia por encima de la soberanía de cada país y su sociedad.

Hay un largo listado de casos, algunos con cierto sustento, otros absolutamente disparatados y arbitrarios o simplemente declamatorios, pero que sirven muchas veces de base para alentar protestas y disconformismos imposibles de satisfacer o de cumplir. El Reseteo Global y la Agenda 2030 son parte de ese discurso de insatisfacciones que se traducen en pedreas y motines.

Tienen una característica en común. Todos refieren o se sujetan a las normas o fallos de instituciones internacionales o regionales que cuando se explora apenas un milímetro debajo de la superficie, son entes dirigidos por incompetentes y burócratas, casi nunca con capacidades legales ni formación suficiente para la tarea que declaman tener el derecho a ejercer.

Uruguay tiene algunos ejemplos de esas sedes de nada, que serán muy buenos para promover alguna actividad comercial o periférica, pero que no son más que una recua de burócratas intentando dirigir la vida ajena. Y tiene también el caso práctico de la OIT, cuyas  reglas parecen valer sólo cuando quiénes deben cumplirlas son las empresas. 

WHO?

La Organización Mundial de la Salud, o sea la OMS o la WHO es uno de los mejores ejemplos, para no entrar en un largo listado archiconocido, mezcla de ineptitud, corrupción, peligrosidad y totalitarismo burocrático, dirigida por un terrorista redimido por decreto u olvido, sin título de médico habilitante en ningún lado, al que nadie acudiría ni a tratarse de un simple resfrío.

Es cierto que se trata de un ejemplo fácil de probar, de demostrar y de sufrir, pero de una u otra forma, se puede aplicar tanto a los acuerdos como a los entes burocráticos mundiales que se arrogan el derecho de supervisarlos y a veces de imponerlos.

En muchos casos, las reformas constitucionales de los países, como ocurre con la actual lamentable Constitución argentina, incluyen cláusulas que ponen a esos tratados por encima de la propia constitución de cada Estado, lo que plantea una contradicción de base en el concepto, pero al mismo tiempo deja clara la intención de transformar a los ciudadanos y las sociedades en subordinados a regímenes que ni siquiera conocen y sin que nunca hayan tenido la oportunidad de optar por ellos.

En otros casos, los mismos tratados incluyen ese tipo de cláusulas que terminan obligando a los países a aceptarlas y en otras instancias se fuerza al país cosignatario de un acuerdo a cumplir reglas o disposiciones arbitrarias que cambian luego en función a la conveniencia o al interés del poder mundial o regional. Firmar un acuerdo comercial con EE.UU o la UE implica hoy aceptar reglas, tratados, siglas misteriosas que en definitiva dañan a las contrapartes y sus sociedades.

Ni siquiera es válido el concepto de que fijando pautas mundiales obligatorias se procura el bien común de la humanidad, suponiendo que tal objetivo pudiera ser tomado con seriedad. Biden ha reinstaurado acuerdos que durante la presidencia de Trump se denunciaron. Lo que implica un vaivén que nada tiene que ver con la infalibilidad.

La soberbia de creerse capaz de cambiar el clima

Nada ha fomentado más esas ideas de control universal (y de creerse dueños de la verdad) que la extraordinaria creación del cambio climático, que ha logrado convencer al ser humano de que es capaz de controlar las lluvias, la velocidad de rotación de la tierra, la acción solar, las mareas, el universo todo, en el cual el planeta es apenas una mota de polvo.

En nombre de esa infalible seguridad hollywoodense, se han establecido (vaya a saber quién) reglas, pautas, prohibiciones, execraciones, que se imponen al mundo y que a veces suenan tan absurdas como la filosofía trans de imponer las Blancanieves negras o las Legally Blonds morochas. Así se ha condicionado al mundo financiero, a las empresas, a los establecimientos educativos o deportivos a pensar y actuar de un modo uniforme, siempre por encima de la soberanía de los países, acaso el último límite por vencer, por anular.

No hace falta una educación superlativa para comprender que todo ese montaje no puede autosustentarse y se despedazará en poco tiempo. Mucho antes que lo haga el supuesto cambio climático generado por los humanos. Por supuesto que los efectos los sufrirán, quiéranlo o no, también los países que no se plieguen a la tiranía de quienes creen haber encontrado la verdad y en consecuencia tienen el derecho de imponerla a todos sobre la faz de la tierra.

Pero esa debe ser una potestad de cada país, de cada sociedad. Imponer ese criterio por la fuerza no es nada más que una acción de guerra, sin las molestias de pasar por el enfrentamiento bélico.

La salud mundial en manos de curanderos mercenarios

Volviendo a la inefable OMS, a la que afortunadamente Uruguay le prestó relativa atención durante la decretada pandemia universal que promoviera, ahora promociona diversos tratados universales. Varios de ellos, como en el caso de las vacunas, de dudosos vericuetos comerciales.

Sin embargo, tiene una idea peor para proponer. Disimulándolo con el disfraz de un pedido popular universal para el que se están reclutando firmas, propugna que todos los países firmen un acuerdo, bajo su supervisión y control, por supuesto, para establecer un procedimiento unánime en caso de una nueva y futura pandemia. (Como si su tarea, su coordinación y sus propuestas durante el reinado del modesto COVID, con el que logró paralizar al mundo, fueran un diploma de calidad)

No tenga usted dudas, lectora, que detrás de ese tratado, viene el invento de un par de pandemias nuevas cada tres o cuatro años. La sola idea de que el mundo entero se subordine al mandato de semejante antro y de que cada sociedad tenga que resignar su potestad de contralor y elección en un tema de semejante importancia, muestra el grado de totalitarismo con el que se sienten imbuidas estas siglas, y sobre todo, sobre la importancia del negocio detrás de la salud.

Pararse frene al tanque

La Constitución, la única arma de la libertad contra los tiranos internos, ahora tiene que preservarse de los tiranos externos y hasta alzarse contra ellos. Ningún tratado está por encima de la ley fundamental de cada nación, ni debe formar parte de la ley local ni obligarla.

No. No se trata de una expresión de romanticismo, como puede pensarse rápidamente. Se trata de pararse frente al tanque. Por supuesto que las grandes fuerzas de poder, visibles y ocultas, terminarán por hacer lo que se les dé la gana, porque siempre es más fácil y rentable no competir que competir, no negociar que negociar, no respetar que respetar, no intentar persuadir que persuadir, no pedir permiso que pedirlo. Siempre el más fuerte impondrá su criterio.

Pero ese avasallamiento será una acción de guerra. Cuando se habla con enorme superficialidad de modificarla, debe tenerse presente que la constitución de cada país es su identidad, es su derecho. En puntas de pie, detrás de cada asamblea constituyente, se filtra el virus de la supranacionalidad, de la autocracia, de los iluminados, de la sociedad universal del miedo, base de todas las dictaduras.