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La «intifada» llegó a Francia

2 julio, 2023

por Jorge Martinez Jorge

 

 

“El Islam será político o no será” Ayatollah Ruhola Jomeini

 

En términos futbolísticos, al final del primer tiempo que dura ya cinco días, este partido tiene final abierto.

Estamos hablando de Francia y la virtual guerra civil en la que se encuentra inmersa, tras la intifada desatada a partir de la muerte de un joven, hijo de migrantes argelino-marroquíes a manos de uno de los policías de Nanterre que le había detenido, luego de que por segunda vez intentase fugar a bordo de un automóvil de alta gama.

La intifada francesa

 

Para un observador del exterior, que intente ser medianamente objetivo e imparcial, es imposible no empezar a encontrar asombrosas similitudes con el caso “George Floyd” que incendiara a EE. UU. en 2020. Está claro que el joven Nahël de 17 años no era Floyd de casi 50, así como su historial tampoco, aunque en sus inicios no haya demasiadas diferencias.

Pero a partir de ese hecho, comienzan a aparecer más coincidencias que diferencias. Ambas víctimas lo fueron a partir de un desacato inicial ante la operativa policial. En ambos, los implicados estaban vinculados con el microtráfico y consumo de estupefacientes. Ambos pertenecían a minorías (negro uno, africano y musulmán el otro) supuestamente víctimas del Estado opresor. También en uno y otro, las muertes provocaron una inmediata reacción en cadena, que empezaron como masivas protestas de civiles auto-convocados para, en pocas horas, derivar en una virtual insurgencia.

Porque la columna pretende ir al fondo del asunto, no caeremos en la trampa de quedarnos en el hecho policial. Lo que sigue también tiene libreto escrito.

El aparato mediático biempensante beatificará a la víctima (a sus 17 años estaba fichado por (varias) faltas menores, pero no tenía ninguna causa judicial abierta, dice El Mundo de España, insospechable) y el Estado volverá a consagrar el principio de presunción de culpabilidad reservado para integrantes de fuerzas de seguridad.

En Francia desde hace cuatro días, como en EE. UU. hace tres años, de la nada aparecen los Antifa y otros grupos organizados, que arramblan con todo lo que encuentran a su paso y que, detrás de una aparente manifestación de rechazo, ejecutan un plan de ataque a la institucionalidad democrática y hacen del terrorismo su garrote vil contra la hereje sociedad occidental.

 

La (eterna) tentación totalitaria

Sabedores tirios y troyanos, sea que hablen francés o inglés, que las sociedades burguesas occidentales siempre estarán dispuestas a pagar una ilusoria seguridad futura con recortes cada vez más grandes de sus escuchimizadas libertades, los unos y los otros salen a tratar de capitalizar la pesca en río revuelto.

Desde la extrema izquierda -en la persona del castro-chavista Mélenchon- hasta la ultraderecha, intentan hacer caudal del creciente estado de anarquía, con un presidente que prefiere bailar rock en lugar de apagar incendios, convirtiendo al conflicto en una disputa (la vieja, decrépita disputa izquierda-derecha) ideológica.

Pero no es eso. Por lo menos, no sólo eso. Ni siquiera principalmente lo es. Procuraremos demostrarlo.

Lo que se esconde detrás del Rey desnudo

 

No se pretenderá decir aquí que, en la actual situación francesa, no haya un fuerte componente político e ideológico, ni tampoco que las condicionantes económicas y sociales no jueguen su rol, porque no se llega a una virtual guerra civil por un solo factor. Pero tampoco se llega allí sin ese trasfondo que atraviesa horizontalmente a una sociedad y que se llama cultura, bien sea para unirla, bien sea para dividirla. Y cuando hablamos de cultura, lo hacemos en su acepción más amplia, considerando las herencias y tradiciones de cada individuo y los grupos sociales a los cuales pertenece, tanto como aquellos que llevan -o deberían llevar- a un individuo a identificarse con una nación.

Parte sustancial de esa cultura, que se supone común para que la nación sea tal, lo es la religión. La religión como conjunto de creencias que el individuo elige adoptar, pero también como factor de identidad, incluso en su ausencia, cuando el Estado se define aconfesional.

En tanto esa religión se circunscribe al ámbito personal y privado, ella no es más que una manifestación de la espiritualidad ínsita del ser humano, y para la sociedad es un dato más que conforma un tejido social que pone énfasis en lo que lo une, y no, en lo que lo separa.

El problema se plantea cuando esa religión tiene pretensiones de totalidad, se auto asigna la calidad de única y auténtica, califica a todos quienes no pertenecen a ella como infieles, a quienes reniegan de esa fe como apóstatas y desde el Libro Sagrado, único y sagrado como su Profeta, se impone la sharía como única Ley con carácter de extraterritorialidad- y se proclama la yihadla guerra santa- contra esos infieles, tanto en su tierra como fuera de ella, no como facultad sino como obligación, a la corta o a la larga, se torna factor excluyente con una sociedad abierta, secularizada y liberal.

El huevo de la serpiente dormía en Qom

 

En la última década del siglo XIX, arrinconado por la conocida como “la rebelión del tabaco” desatada en el Bazar, y ante el involucramiento creciente de Gran Bretaña, el gran Visir Almamalek de Persia, concurre a la ciudad sagrada de Qom buscando el auxilio del Gran Ayatolá. Allí y entonces, nació el papel de los ayatolas como árbitros, y luego ejecutores, de la política persa de la mano del Islam chiita.

Casi cien años después, a fines de 1978 y durante cien días, la Francia liberal, secularizada y abierta, mantenía como asilado político al Ayatolá Jomeini, líder religioso chiita que había sido deportado en 1964 por el Sah Reza Pahlevi.

Jomeini, por entonces un venerable anciano de larga barba blanca, parco e introvertido, causaba furor entre la intelligentzia biempensante francesa, con su promesa de derribar al horripilante régimen del Sha -proamericano y vasallo del imperio colonialista yanquee- así como de establecer un régimen democrático y plural, llamando a elecciones generales inmediatas.

Al igual que la promesa de Fidel Castro, la de Jomeini reposa junto a sus restos en la Cripta dorada erigida en su homenaje como fundador de la República Islámica de Irán.

Desde la muerte de Nasser, campeón del nacionalismo árabe y símbolo del Suleiman el Magnífico, el mundo musulmán no contaba con un líder que invitara a restaurar el maltratado orgullo árabe, y por extensión, islámico. Su astucia, demostrada en su papel en la llamada crisis de los rehenes le puso en ese lugar central.

A medida que crecía su figura, la semilla había quedado plantada frente mismo a La Sorbonne du Paris. Fecunda semilla, como veremos.

Esperando a los bárbaros, llegaron los bárbaros

 

“Tengo la convicción que, si Oriente no consigue despertar, pronto Occidente no podrá dormir más” Amin Maalouf en “Samarcanda”

Un poco antes, en 1974, el entonces líder argelino Boumedian advirtió a la ONU que “pronto irrumpiremos en el hemisferio norte. Y no irrumpiremos como amigos, no. Irrumpiremos para conquistarles. Les conquistaremos poblando vuestros territorios con nuestros hijos. Será el vientre de nuestras mujeres lo que nos dará la victoria

Lo que ha sucedido, especialmente en el medio siglo transcurrido desde entonces, con la migración hacia Europa de árabes y africanos musulmanes, es por todos conocidos e historiarlo excede las posibilidades de un artículo periodístico.

Sin embargo, queda claro que los más afectados por esa imparable invasión han sido los países más cercanos a África, Mediterráneo mediante (España, Francia, Italia) y con pasado colonialista (Inglaterra, Holanda, Bélgica, Alemania) aunque casi ninguno ha escapado a la marea islámica.

Al amparo, como consecuencia, o con la excusa de los sempiternos conflictos religiosos, tribales o producto de intereses económicos o geopolíticos, en los que el pato de la boda lo pagan los más miserables de siempre, el mundo musulmán se convirtió en el principal proveedor de migrantes (es decir, invasores) de la Unión Europea.

Desde hace medio siglo que ese universo de un solo Libro y en guerra contra los infieles del mundo, que paradójicamente alberga en su seno de petróleo la mayor concentración de mega millonarios del mundo, deposita día a día en las playas europeas -a bordo de pateras, barcos negreros, o aviones de línea- a generaciones enteras de hijos de Allah. Todos vienen con hambre de siglos, con el Corán obtenido en la Mezquita o la Madraza, y con rencor suficiente para pagar el refugio para un par de siglos, por lo menos.

Dispuestos a reclamar justicia, por ellos, y por sus tatarabuelos, desde las Cruzadas por lo menos, como nos lo mostrara el propio Amin Maalouf citado líneas arriba en su monumental obra “Las Cruzadas vistas por los árabes”.

Los migrantes, ellos, sus hijos y sus padres, y los que vengan nacidos en territorio infiel, se cuidarán bien de cometer el peor de los pecados: la asimilación con el Occidente hereje y depravado.

Exigirán derechos, pero rechazarán obligaciones. Reclamarán respeto por su religión y sus costumbres, pero violarán las de sus anfitriones. Reclamarán mezquitas, pero atentarán contra las iglesias a poco que tengan una excusa a mano. Harán uso de libertades, derechos y protecciones que la sociedad de acogida les brinde, pero serán muy celosos de su cultura, aunque ella incluya casamientos con niñas, castigos a mujeres o ajusticiamientos por delitos de honor.

Todo ello, solamente será posible por lo que decía Joseph Ratzinger, entonces papa Benedicto: “Occidente ha desarrollado una especie de odio contra sí mismo”.

Sin asimilación, los migrantes seguirán siendo invasores, encerrados en sus guetos, a los que los nativos perderán progresivamente derecho a ingresar, salvo a riesgo propio. Un incidente en tales territorios se considerará, a priori, una provocación del nativo. Parcelas cada vez mayores de territorios que van convirtiendo a Londres en “Londrestán” zona de exclusión islámica donde la ley vigente pasa a ser la Sharía.

Pero tú, nativo blanco y ateo, no queráis solidarizarte con las víctimas de Charlie Hebdo porque eso es de fachos, insensibles al drama existencial de una víctima del colonialismo de fronteras adentro.

De aquellos vientos, estos lodos.

 

Francia, o la guerra civil que se veía venir

 

Hace apenas ocho años, el incómodo Michel Houellebecq publicaba “Sumisión”, su escandalosa novela de “política ficción” que se reveló anticipatoria y provocó todo tipo de reacciones, desde las consabidas acusaciones de islamofobia (un clásico que no debe faltar) por parte de sus supuestas víctimas, los previstos invasores, sino también y fundamentalmente, de los propios franceses nativos heridos por esa provocación de tinte xenófobo impropio de la gauche caviar políticamente correcta.

Como lo dice su título, Houellebecq imagina una Francia que se rinde a la fascinación de la sumisión, esa idea simple y asombrosa de que la cumbre de la felicidad humana reside en la sumisión más completa. Convertida en República Islámica, los franceses nativos abandonarán para siempre todo conflicto con su pasado, y se dedicarán a gozar del placer de la obediencia ciega.

Como dijera Oriana Fallaci en su libro “Las raíces del odiohace casi veinte años atrás “Europa ya no Europa, es Eurabia”, porque Europa no era un territorio -que todavía lo es- sino un conjunto de valores que han sido depuestos en el altar de ese monstruo que se traga al inventor: la multiculturalidad.

Avisaba Fallaci, que la Francia -esa Francia que supo ser faro de libertad- que la había procesado en 2002 acusada de supuesto racismo religioso y xenofobia, iba a arder como Troya -debe leerse Francia, y por extensión Europa- iba a arder viendo cómo los aqueos, invaden la ciudad sumida en un estado de torpor, y cómo a través de las puertas abiertas de par en par, reciben a las nuevas tropas y se unen a sus cómplices.

Es lo que hoy está sucediendo.

La foto bajo la Tour Eiffel

 

Pocas cosas pueden haber herido tanto el orgullo francés -cuando lo había- que la foto del Führer bajo la Tour Eiffel.

Desde hace décadas, los franceses, tan superados y burgueses aburguesados (si se me permite el exceso) asisten impasibles a los avances constantes de los invasores que atacan y esperan, avanzan y esperan. Y vuelven a atacar.

Han transcurrido solamente cinco días desde el inicio de esta nueva intifada y si bien el partido lo ganan por goleada los rebeldes, resta aún por saber el verdadero final.

A ellos, los que proveen a los Nahël, poco les importa. Cuentan con todo el tiempo, la carne de cañón, y la razón de su parte. Son las víctimas, y tarde o temprano terminarán ganando.

Para los asediados franceses nativos el tiempo les juega en contra. Y no sólo el tiempo. Todo les juega en contra. Cada nuevo episodio, los culpables lo serán más y la furia de las víctimas más justificada.

Fils en avant de la patrie, récitez : Allah est notre seul dieu.