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La Coalición Republicana enfrenta el dilema de la «ley de Duverger»

18 julio, 2023

Escribe Graziano Pascale

A lo largo de los años 50 y 60 del siglo pasado, el politólogo francés Maurice Duverger escribió con insistencia sobre la relación entre ley electoral y sistema de partidos, al punto de que hoy se conoce como «ley de Duverger» el principio que afirma que el sistema electoral mayoritario conduce a un sistema bipartidista.

Aunque, como toda regla tu excepción, Duverger reconoció que su enunciado no podía considerarse como un principio  absoluto, especialmente en países en los que rigen sistemas de tipo parlamentario de base proporcional. Pero, aún con esas reservas, Duverger entendía que el sistema mayoritario aceleraría la desaparición de un partido político en una fase de debilitamiento, para promover la formación de dos grandes bloques, en los cuales las fuerzas más débiles terminarían desembocando.

Si bien las reflexiones y enunciados  del gran autor francés giraban en torno de la realidad política europea, donde priman los sistemas parlamentarios, pueden ser trasladadas también a los regímenes presidencialistas en los que el Presidente termina siendo electo en una segunda vuelta por mayoría absoluta de votos.

Es obvio que la «ley de Duverger» también aplica al sistema electoral creado por la reforma de 1996. Y se acentúa en la medida en que se fragmenta uno de los bloques, ya que el otro bloque, que  actúa bajo las reglas que hacen más eficiente el sistema de doble vuelta, opera como un foco de atracción de lo que en la jerga de la Ciencia Política se conoce como «el tercero excluido».

La evidencia acumulada en las cinco elecciones ya realizadas en Uruguay con el sistema mayoritario de doble vuelta es muy clara en el sentido de demostrar que el partido más favorecido es el Frente Amplio. Lo cual, además, encierra una gran paradoja, porque el mecanismo se introdujo precisamente para impedir la victoria del Frente Amplio, que hubiera ocurrido en 1999 de no haber mediado la reforma. En otras palabras: el balotaje creó las condiciones necesarias para que el Frente Amplio venciera con mayoría parlamentaria absoluta, lo cual era obvio que iba a ocurrir porque el sistema lo «obligaba» a ello.

La última elección trajo la novedad del Partido Cabildo Abierto, liderado por el militar de mayor confianza del Frente Amplio, Comandante en Jefe del Ejército durante dos de sus tres gobiernos, y máximo jefe castrense que actuó bajo las órdenes de los dos presidentes frenteamplistas. Y la gran votación que obtuvo tiene su origen en la profunda frustración creada en parte de la llamada «familia milita» por la política de hostigamiento del FA a ese sector de la sociedad, en la reedición de la clásica «teoría del enemigo», que busca el crecimiento de una tendencia política mediante la demonización de un sector de la sociedad, al cual se le adjudican todos los males – reales o imaginarios- de esa misma sociedad.

Todas las elecciones bajo el sistema de doble vuelta – y la última no fue la excepción- muestran un «desvío» de votos de un bloque a otro entre la primera y la segunda vuelta. Y quien se favorece siempre es el partido de mayoría relativa, en este caso el Frente Amplio, porque es el único que pueda captar los descontentos del otro bloque, ya sea por el candidato que se vio obligado a votar, o por resentimientos o rencores personales entre los líderes.

La esperanza de que esto no se repita el año próximo es una mera expresión de deseos. Va a ocurrir nuevamente, y el resultado final de la segunda vuelta dependerá de la distancia entre los dos bloques en la primera. Adviértase que en la última elección el FA recuperó 10 puntos porcentuales en apenas 30 días. Lo cual significa que si en octubre del 2024 la distancia entre ambos bloques es menor a los 10 puntos, el resultado de noviembre ya se puede prever en ese mismo momento.

Ante la imposibilidad de cambiar las reglas del juego, la única alternativa que tiene la Coalición Republicana es adaptarse al nuevo formato a través de la concurrencia a las urnas con un lema único. Ello permitirá, entre otras tantas cosas, la elección de una fórmula presidencial «mixta», integrada por candidatos de los dos partidos mayores de la Coalición, lo que reafirmaría el compromiso y lealtad de los dirigentes de cara a la segunda vuelta.

Dos «encuestas» realizadas en Twitter hace un par de semanas han dejado en claro que los partidos y los posibles candidatos de la Coalición Republicana tienen un grado diferente de aceptación entre los votantes, dependiendo de que la fórmula presidencial pueda elegirse bajo un lema único. Así, por ejemplo, Pedro Bordaberry sería el favorito si todos los candidatos pudieran competir en pie de igualdad, mientras que el Partido Nacional sería el más votado dentro del actual sistema.

Quizás sea necesaria una derrota para que la Coalición Republicana acepte la nueva realidad que le dictan sus votantes. La chance de que no ocurra -por ahora- sigue en manos de los dirigentes.