La trampa fatal del Populismo (La Argentina ante el abismo)

Por Jorge Martínez Jorge 

“…lo que sí había…era una corriente populista de fondo, un sentimiento de odio de “de los de abajo” contra “los de arriba”, un desprecio cada vez más acentuado de “la gente” contra la “casta política”. Es decir, un sentimiento difuso de que los que mandan aprovechan el sistema en beneficio propio, mientras que el pueblo soporta las consecuencias de ese sistema…” Luis del Pino en “La Dictadura infinita” refiriéndose a la República Romana en el Siglo I a.C, que prefigura la caída de ésta y el advenimiento del imperialismo.

Tengo un Plan, ¿tiene?

En su habitual espacio del Diario “La Prensa” argentino, nuestro común columnista Dardo Gasparré, ante la inminencia de una definición electoral que, más allá de los nombres, debiera poner énfasis en los qué y cómo de un Plan integral que proponga al país salir del rulo histórico en que los metió el General hace siete décadas, se pregunta con acierto “Tengo un Plan, ¿tiene?»

Según el autor ese Plan integral debiera ser, además, serio, preciso, riguroso, detallado y orgánico y, lo más importante que sea posible de aplicar. Y por si todo ello fuera poco, que quien resulte electo sea capaz de llevarlo a cabo.

Desde que el Generalote con apellido de pera excedida de peso, puso pie y escrituró a su nombre la Plaza de Mayo y la Casa Rosada, la argentina compró como método de satisfacción la magia de Perón y como brazo ejecutor a la magnánima bataclana, olvidándose de cómo el país había conseguido hasta unas pocas décadas atrás, ser una de las cinco primeras potencias mundiales.

Con explícita inspiración en los «fasci italiani» el modelo se convirtió en el más descarnado y arquetípico populismo, en todas sus características definitorias de discurso, estrategia, estructura y economía.

Inspirador de otros populismos, por caso el cacareado Socialismo Siglo XXI de Chávez y mil veces metamorfoseado en lo interno, al punto que sirviera de paraguas a montoneros como a menemistas, introdujo a la Argentina en una espiral descendente, les cruzó por el Aqueronte al son de la Marcha Peronista y los llevó -personalmente hasta donde pudo, por interpósitos caudillos hasta hoy- hasta el cercano noveno círculo.

No les dijo -cómo habría de hacerlo- que el Paraíso Peronista en realidad terminaría siendo el infierno en la tierra y que, cruzado el río fatal, subidos todos al Caronte de la felicidad gratis, la puerta tenía un solo sentido.

Sociedad y valores, o su falta

 

En los dos párrafos finales de su columna, Gasparré dice “claramente, cualquier proceso de corrección tomará varios años, mucho más que cuatro. Hará falta una combinación de resultados y atributos, suerte, persuasión, liderazgo, tozudez, habilidad, capacidad técnica, grandeza y talento para inspirar a un pueblo. 

Hay otro riesgo, y es que se termine haciendo lo mismo de siempre, con la esperanza de que, esta vez, se hará bien y dará resultado, esperanza vana. El próximo presidente está condenado prácticamente a refundar la República. Hacen mal en cancelar a Roca. Deberían clonarlo”. Hasta aquí Gasparré. 

Refundar la República implica admitir, y que ello sea compartido por la sociedad en su enorme mayoría, que la actual república ha muerto. Implica admitir que el camino es el del borrón y cuenta nueva.

Aquí es donde quiero introducir un aspecto que parece central en tal planteo, y es el que tiene que ver con qué tipo de sociedad es hoy la argentina, hija y nieta del peronismo, qué valores comunes se encuentran, qué idiosincrasia ha construido, qué está dispuesta a hacer, perder, sacrificar, cuánto a apostar, esperar, exigir.

El estado de demagogia permanente

 

El columnista enmarca su análisis en lo que Alexis de Tocqueville definía como “el círculo vicioso de la demagogiatoda vez queel votante –el ciudadano, para no excluir a quienes votan por la negativa, cada vez más- está cansado de que las promesas que se le hacen no se cumplan, pero al mismo tiempo no está dispuesto a admitir que sólo vota por quienes le hacen promesas incumplibles”

Ese es el humor social que se verifica cuando una sociedad ha estado sometida al estado de demagogia permanente al que aludía líneas arriba, y tan importante como ello, ha sido la regla única durante las dos o tres últimas generaciones.

Es que, como sucede con la libertad -o su falta- la democracia, el imperio de la Ley, el respeto a las instituciones, el valor del ahorro, el mérito asociado al estudio y al trabajo, la recompensa del talento son todos valores que se cimentan, o se pierden, a lo largo de generaciones.

Cuando una sociedad ha perdido su libertad y los derechos propios de una democracia, pero ello significa un paréntesis de, por ejemplo, una década, el retorno a aquellos se produce como natural, los ciudadanos conservan la memoria histórica para retomarlos.

Cuando, en cambio, los procesos de pérdidas -por ejemplo, de libertades- o de servidumbre del individuo a la dádiva estatal, que es el producto natural de la demagogia expresada como populismo, atraviesan las generaciones, estas naturalizan conductas que antaño les hubieren parecido impropias. El clientelismo, herramienta dilecta del populista para convertir al votante en rehén es de esas conductas que termina incorporándose a la sociedad como hecho natural.

 

La “desasociación” de una sociedad sin sentido

 

El propósito de estas reflexiones, ensayadas a vuela pluma cuando se acerca la hora de la verdad a partir de la columna de Gasparré, es pensar si, aparte de la existencia o no de ese plan integral requerido, hay o no una sociedad dispuesta a entenderlo, aceptarlo, adoptarlo, sufrir sus consecuencias y apostar a largo plazo.

Aquí es donde es inevitable plantearse algunas preguntas que, de ser correctas -como se ha dicho repetidamente- serán el mejor y más corto camino a la verdad.

Las preguntas

Buscando analogías, ¿existe algún ejemplo de un país sometido a un régimen populista por dos o más generaciones, que haya conseguido salir de él por medios pacíficos y democráticos?

¿Qué tipo de sociedad se requiere para llevar a cabo obra de tal magnitud?

¿Los dirigentes propuestos -adviértase, la cautela obliga a hablar de dirigentes y no de líderes- son los adecuados? y ¿forman parte de la solución o son ellos, también, parte del problema?

Las respuestas I

A la primera pregunta, cuesta encontrarle una respuesta, y casi me atrevería a afirmar que no; no por lo menos de procesos tan profundos y largos que permean de una generación a otra, eliminan o pervierten valores que edificaron esas sociedades, y de las cuales las nuevas generaciones, justo las que ahora deben afrontar el pago del pato de la boda, no tienen la más mínima idea. Y, peor que eso, el más mínimo interés.

 

Con sus 47 millones de habitantes, un potencial territorial y de recursos que parece inagotable, una envidiable pirámide poblacional con casi 40% de ella por debajo de los 25 años, Argentina parece tenerlo todo para ponerse a crecer. Sin embargo, lo que podría parecer una gran ventaja, a poco que se analiza, puede ser su principal debilidad.

Desde que hace dos décadas el neopopulismo kirchnero-peronista les regaló la educación a las corporaciones, la debacle no cesa de agravarse y adquiere ribetes de tragedia. Según de dónde provengan, hay cifras que hablan -en los lugares más problemáticos, que son, obviamente, los más poblados- de un 60% de niños que culminan su ciclo escolar completo sin saber leer ni escribir, no hablemos ya de habilidades matemáticas básicas.

Esto, simplificado, podría significar que un 20% o más del potencial electorado, tendría escasísima formación, comprensión lectora y habilidades como para emitir un voto, salvo que vaya acompañado de una foto. Huelga decirlo, que algún tipo de conciencia o formación cívica, en tales circunstancias, es una utopía.

Para graficar tal orfandad, nada mejor que recordar una entrevista televisiva reciente, difundida en Redes Sociales, en la que una chica, preguntada acerca de a quién piensa votar, responde a Cristina. Pero no es candidata, le responde el periodista. No importa insiste ella. Tras volver a preguntar por otra opción, responde que a Alberto. Pero tampoco, insiste el periodista, no es candidato. No importa insiste la futura votante de Cristina o Alberto.

También podría ser parte de la explicación de la creciente abstención, con guarismos que en algunos lugares superan el 35% del electorado, lo que convierte a la abstención, potencialmente, en el principal partido.

 

Las respuestas, II

A la segunda pregunta, la respuesta es lo contrario de lo que rápidamente esbozamos. Hoy día, fenómeno que atraviesa a Occidente en su casi totalidad, lo que encontramos son sociedades desasociadas” que orbitan en torno a colectivos e identidades tan inasibles como el agua entre las manos, y de emociones tan fugaces que su repetición solo consigue profundizar el vacío.

Como lo dice Agustín Laje en su ensayo “Generación idiota” en un capítulo denominado “La sociedad adolescente a la deriva”,la desintegración de las opciones permanentes a una religión, a una nación, a una familia, ideología o partido, a un sexo -todo lo cual constituía seña de identidad de la civilización occidental, agrego yo- deja al individuo frente a un menú infinito de posibilidades caracterizadas por su volatilidad y obsolescencia prematura”.

Sociedades que le proporcionan a sus integrantes todas las opciones de ser tan diferente como quiera y pueda, para terminar, siendo espantosamente iguales, sin sentido, anclados en un hoy sin mañana, y lo que es peor aún, sin pasado. Son los que, a falta de propósito, un día van por Roca, sin idea alguna de quién ni qué habría hecho Julio Argentino para merecer la sierra fatal del desconcierto.

En suma, mucho Foucault y nada de Frank.

Las respuestas, III

La pregunta final, casi me animo a decir que es retórica, por lo menos desde la desapasionada mirada del columnista. Si la sociedad argentina ha llegado hasta donde lo ha hecho, es precisamente por exceso de dirigentes -entendidos éstos como meros funcionarios perennes encargados de gerenciar un barco a la deriva, embargado, casi sin combustible, y haciendo agua a babor y a estribor- y una orfandad absoluta de auténtico liderazgo.

Al borde del abismo (otra vez)

 

Supongamos que la premisa inicial de Gasparré en cuanto a un plan integral con quien sea capaz de llevarlo a cabo, se tratara de poner en escena una obra sinfónica para coro y orquesta, donde el director comienza a elegirse el domingo y culmina en octubre o noviembre, en donde la orquesta es el “sistema político” -viejos músicos, la mayoría de ellos decadentes y repetitivos hasta en sus fracasos- y el coro lo constituye la población toda.

¿El director tendría la maestría y liderazgo para hacer de un rejuntado de asalariados, virtuosos músicos comprometidos en ejecutar una obra de arte?

¿Serían capaces aquellos de interpretar lo que el director les indique?

¿El coro, tan heterogéneo como imprescindible, contaría con el compromiso, contracción al trabajo y estudio, adhesión a una causa común y sentido de equipo, como para afrontar y superar todos los sacrificios?

No lo sé. No lo creo. Pero ni creyendo, hay que creer que sí.

 

 

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