Un hogar para Amelina

Por Jorge Martínez Jorge 

Tendemos a pensar que las cosas, porque sucedieron, no tenían más remedio que sucederAntonio Muñoz Molina en el Prólogo de “A treinta días del poder” de Henry Ashby Turner.

 

El día 30 de agosto, mi colega tuitera @elialjanati me arroba un artículo del medio “The Spectator Index” que da cuenta que “la Unión Europea importará volúmenes récord de gas natural licuado de Rusia este año”, citando a su vez un informe de Global Witness. O, en otras palabras, que los “aliados” de Ucrania seguirán alimentando las arcas de Putin para que éste siga sembrando el terror.  

Si hubiera sido otro día cualquiera, probablemente habría significado para mí, una de las tantas incongruencias, contradicciones y actos de crudo cinismo, a los cuales nos quiere acostumbrar el Eje Berlín-París desde el comienzo mismo de la invasión a Ucrania por parte de la Rusia de Putin.

Comprobar cuán bajo puede caer la práctica de la realpolitik puede, y de hecho provoca, un estado de profunda desazón en aquellos que, como yo, cada muerto y herido en esa infame agresión rusa le duele como si fuera familia propia.

Un hogar para Dom

Siendo así, podría haber constituido una cuenta más de un largo collar de las infamias cometidas por los burócratas europeos. Pero no ese día. Es que en la mañana había recibido un pedido de libros desde España, dentro de los cuales se hallaba “Un hogar para Dom” de Victoria Amelina, título que no recordaba haber pedido.

Cuando ingresé a mi cuenta en la empresa vendedora, pude verificar que lo había agregado al carrito virtual en junio, el mes siguiente a su publicación en español por la Editorial “Avizor Ediciones”.

 

 

La inagotable fertilidad ucraniana, también literaria

 

La búsqueda me llevó a investigar cómo había llegado a esa obra y parte de la explicación es que la autora es ucraniana y escribe en ucraniano, por lo cual era parte de mi propósito de indagar en torno a qué literatura se estaba haciendo allí donde arreciaba una guerra con propósitos genocidas.

Ese camino lo había abierto la fantástica novela “Desencajada” de la joven autora Margaryta Yakovenko. Nacida en la ciudad de Tokmak, en el Óblast de Zaporizhzhia (tristemente célebre por estar allí la Central Nuclear bajo control ruso que es amenaza permanente de un desastre de magnitudes inimaginables) partió con 7 años, junto a su padre, hacia España, en Barcelona, donde se radicó y estudió, convirtiéndose tempranamente en autora de éxito y reputada periodista.

La segunda escala literaria en Ucrania, la constituyó la lectura de la exquisita novela “Abejas grises” del escritor Andréi Kurkov, ruso de madre ucraniana nacido en San Petersburgo en 1961, con una extensa carrera literaria que le ha valido la obtención de diversos e importantes premios, habiendo sido traducido a más de cuarenta idiomas. En este año, Kurkov publicó su “Diario de una invasión” que relata, a través de su peripecia personal y familiar, el de todo un pueblo al que, en un principio se quería desnazificar, para luego rusificarlo, y luego terminar como está terminando, con el intento de borrarlo del mapa.

Recordé entonces que había sabido de Victoria Amelina por una newsletter literaria española que daba cuenta de la publicación de “Un hogar para Dom” y una breve reseña de la novela, cuyo protagonista y relator en primera persona es el propio Dom, apócope de Dominik, que es un perro, caniche para más datos, que vive con su familia humana en un pequeño piso de dos habitaciones en la ciudad de Lviv, designada en español como Leópolis, y en donde habría vivido en su época el propio Stanislaw Lem.

 

Un libro, y la vida que le precedió

 

Ya con el libro en la mano, vi en la solapa la fotografía de la joven Amelina, nacida en la propia Lviv en 1986, todavía bajo la URSS y que, con su familia, cuando contaba catorce años, emigró a Canadá. Tiempo después, cuando Ucrania se encaminaba hacia la democracia y la independencia, regresó a su patria.

Entre aquella temprana reserva de junio y la llegada del libro a fines de agosto, la guerra siguió con su diaria dosis de atentados, destrucción y muerte, no -o no sólo- de soldados, que forma parte de la lógica brutal de una guerra de invasión, sino de civiles sorprendidos en lugares para civiles haciendo cosas de civiles, inocentes de toda inocencia salvo para la mente enferma de los sociópatas afincados en el Kremlin.

Todavía indignado con la miserable política europea de apoyo indirecto al invasor, se abrió paso en mi memoria uno de los tantos, pero quizás uno de los más emblemáticos actos terroristas perpetrados por fuerzas rusas, como lo fue el atentado en Kramatorsk -ciudad de ciento cincuenta mil habitantes y a tan sólo 30 kilómetros del frente ruso en el este- contra el restaurante Ria Pizza que le costó la vida a 11 civiles y más de 60 heridos de gravedad. Las imágenes, que internet preserva del olvido, relevan de mayor descripción.

Esa pizzería se había convertido en punto de encuentro de periodistas, corresponsales de guerra, escritores, diplomáticos y activistas que intentaban colaborar en la defensa y cuidado, cuando no el exilio, de las víctimas de la invasión. No había allí armas, más que las de la voluntad y determinación de no ceder a la barbarie.

De la vida, la muerte y un asesinato

 

A una de sus mesas se encontraban tres colombianos, un ex-diplomático y dos periodistas, y con ellos una escritora y periodista ucraniana, Victoria Amelina.

Tras cuatro días de lucha contra la muerte, Victoria fue una más de las once víctimas, que hasta el momento fatal del criminal bombardeo portaba en sus manos una de las armas que más temen los autócratas: una libreta y una lapicera.

De pronto todo cobró sentido, que no razón alguna que nunca habrá para la barbarie, sino en la concatenación de hechos que me llevaron de la rabia a una profunda tristeza, de la que ahora mismo, mientras intento pergeñar estas letras, me nubla la mirada.

Es que la fragilidad de la vida, la arbitrariedad -parafraseando a Torcuato Luca de Tena- con que los dedos torcidos de Dios señalan a las víctimas, sigue estando más allá de la comprensión humana, y lejos, pero que muy lejos, de la aceptación. Si acaso, el pobre consuelo de saber que de las cenizas de Amelina, nacerán ciento, miles de otras Amelinas que, más temprano que tarde, cobrarán cada gota de sangre derramada. Porque si de algo puede estar seguro el maldito Vladimir, pequeño Zar de pacotilla, es que los muertos que vos matáis vivirán.

De su libro, escribió Amelina que “la historia no trata de un asesinato, sino de la vida que siempre precede al asesinato”, sin saber cuán proféticas serían sus palabras.

 

Con el caniche Dom huérfano de su madre, el libro en mis manos constituye testimonio de la lucha de las tantas Amelinas que han sacrificado su vida para ponerse lejos, bien lejos, de la locura asesina, y cerca, pero que muy cerca, de nuestro corazón.

 

“Oh, Señor, da a cada uno

Su muerte propia

El morir que brota de su vida

En la que hubo amor, sentido y necesidad,

Pues solo somos corteza y hoja

Y la gran muerte que cada uno lleva en sí,

Es el fruto en torno a la que todo gravita”

 

Lo escribió Rainer María Rilke, para sus “Cuadernos”, pero bien podría haberlo hecho para ti, Amelina.

Te lo ganaste con creces, hija mía. Descansa en paz, Victoria, que, a través de tu memoria, solamente puede haber victoria.