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La “Generación idiota” y el adolescentrismo en un país de viejos

8 septiembre, 2023

Por Jorge Martínez Jorge 

“…cabe decir que la forma de nuestra sociedad es adolescéntrica; el adolescente convertido en algo parecido al <<nuevo hombre>> del socialismo, al <<superhombre>> nietzscheano, al startupper del capitalismo digital, convertido en depositario del futuro, de todas las virtudes y todas las aventuras al mismo tiempo…”

El párrafo precedente pertenece a la Introducción del ensayo “Generación idiota”, última obra publicada por el politólogo argentino Agustín Laje, Máster en Filosofía, escritor, conferencista, intelectual y -agrego yo- provocador (en la acepción que lo define como el que provoca, estimula, excita o incita) político, que ha liderado desde el campo de las ideas, el debate en contra de la hegemonía cultural impuesta por la “nueva izquierda” a través del corsé de la corrección política. A punto tal lo ha hecho, y con tal éxito, que lo ha convertido en la bestia negra del wokismo vernáculo, sujeto preferido de sus quemas de libros, cancelaciones de editores y periodistas y piquetes a salas de conferencias.

Si bien el objetivo inicial de la columna debía ser el de reseñar la obra e incitar a leerla, el columnista no podrá resistir la tentación demasiado obvia, de poner los principales postulados del ensayo, al trasluz de nuestra sociedad penillanuresca, tan parca en excesos que éstos, cuando suceden, semejan meras parodias como la rebelión de los camisones por la ocupación de un pasillo símil boca pastabasera, o la de la guerra del agua resuelta con bombas de humo en manos del hijo de un aparatchik del frentrampismo ocupante del poder por década y media y cuyo mérito principal consistió en ser el espermatozoide ganador de una única carrera.

Sin embargo, a pesar de que creamos que no pasa nada, pasa.

Pero antes, la obra.

Idiotez e idiotismo

 

Se advierte en el prefacio de la obra que, muchos montarán en cólera contra el autor con lo que, ya desde el título, interpretarán como un insulto.

Aunque algo haya de eso y cada quien sabrá cuánto le cabe el sayo, a lo que se refiere Laje es al concepto de idiotismo, entendido éste como un trastorno -en el caso, de carácter social- que provoca una profunda deficiencia que conlleva a comportamientos propios de una edad muy menor.

Sería éste, según el autor, el rasgo que, a las sociedades occidentales las convierte en adolescéntricas, en un proceso en el que pasamos de venerar la sabiduría de las canas a la imitación del adolescente, convirtiendo a este y su comportamiento típico de tal, en centro del ethos social.

El fenómeno de adolescentización temprana de los niños, su sexualización y la buscada inmersión en una problemática de identidades propia de la adolescencia y no de la niñez, conforma uno de los vértices de la nueva sociedad. El otro lo conforma la creciente regresión de los adultos convertidos en eternos adolescentes, también afectados por la impúdica oferta de identidades de libre elección.

Cortado el cordón umbilical que implica la transmisión de cultura de generación en generación, definición misma de cultura, nos encontramos ante la paradoja que los que sí saben -o deberían- aprenden de los que no saben, llegando al absurdo de confundir experticia en manejo de tecnologías con cultura o sabiduría.

Así entonces frivolidad, moda y farándula se entremezclan formando un todo intrusivo que permea y coloniza a la sociedad y con ella, a la política y el poder. Esa misma maquinaria es la que lleva a los individuos a la producción constante de vidas fake -avatares que se mezclan, interactúan, modifican comportamientos y no pocas veces, adquieren vida propia al margen de su creador- que se convierten, sencillamente, en la vida “real” en sustitución de la otra, tan escasa de estímulos.

En ese mundo esquivo, donde realidad y virtualidad juegan su juego de máscaras funcionando a golpe de likes, el goteo de la droga que mantiene a los zombies con vida, el centro de gravedad de la opinión sobre casi cualquier cosa lo toman las celebrities, versión posmoderna de los antiguos oráculos que celebran y validan la ignorancia y la superficialidad como valor supremo. De allí Greta Thunberg, la liceal sueca convertida en Supremo Ayatollah del ambientalismo, o más cerca, Lali Espósito analista política, debatiéndose entre miedos y tristezas para consumo de sus fans.

Con esos convidados de piedra sentados a la mesa, la familia pierde toda significación y para los adolescentes de todas las edades, son los colectivos, las modernas tribus y grupos de interés, que sustituyen a aquélla.

Ante tal estado de cosas, con los padres disueltos en nuevos roles que anulan los que justificaban su papel, los adolescentes del ya y ahora se refugian en padres sustitutos, el Estado antes benefactor, ahora convertido en “Estado niñera” encargado de proveerlo todo, desde recursos hasta la droga de consumo masivo más extendida: la del entretenimiento, inmediato, instantáneo y permanente.

Todo este ensopado que alimenta a las sociedades occidentales “posmodernas” no se podría cocinar sin algunos ingredientes imprescindibles, dentro de los cuales el identitarismo (no político, sino referido a identidades de grupos, de género, sociales y un largo etcétera), el igualitarismo y la transversalidad (perdón, izquierdas del mundo, que os he cogido el Santo Grial sin vuestro permiso) no pueden faltar en las cocinas ideológico-culturales que conforman escuelas, institutos, universidades, medios y redes.

¿Y por casa cómo andamos?

 

El día en que estoy terminando de leer “Generación idiota” es cuando, en Maldonado, se produce la desaparición de una adolescente de 17 años, Valentina. Lo que siguió, en apenas unas horas, fue la constatación de que las peores presunciones se había convertido en realidad: la muerte violenta con elementos de saña y premeditación, que tornan al caso en un verdadero espanto.

En medio del impacto provocado por una muerte de tales características, se empiezan a conocer datos que hacen más terrible aún el homicidio. Uno de ellos es que el homicida es, también, un adolescente de la misma edad de la víctima, de la cual habría sido pareja -tal definición en boca de familiares y amigos, nos señala que, a tan temprana edad, ambos adolescentes habían convivido-, que había existido violencia previa, denunciada por dos veces, y que con sólo 17 años al homicida se le había impuesto medidas restrictivas.

Algunos de los detalles los conocemos por boca de la madre de la chica asesinada, y otros por parte del padre del homicida. A partir de ese momento, la tragedia tiene cuatro protagonistas excluyentes: la víctima, el victimario, la madre de aquella y el padre del matador. Nada se dice acerca del padre de la víctima ni de la madre del homicida.

Lo que sí queda en evidencia, a medida que transcurren las horas, es que todos sin excepciones, vuelcan culpas y responsabilidades en otro, en otros, como el padre del homicida, o el Estado como omiso en cuidar de los menores. O, que puede ser y, las culpas genéricas del “patriarcado” y lo que suele seguir a ello.

Nadie, desde ese día, ensayó un mea culpa ni asumió responsabilidad alguna.

He aquí una actitud y comportamiento típicamente adolescente, adoptada por quienes lo son, pero también por los mayores que parecen anclados en la adolescencia de sus hijos.

También por esos días se produjo otro hecho violento que, como todos hoy día, se conocen por las Redes (morales, diría Umberto Eco con razón) y luego son replicados por los medios. Se trató de una gresca generalizada en una cancha de fútbol en la zona de Atlántida, donde vimos a una veintena de adolescentes pegándose entre sí y a adolescentes pateando cabezas de otros adolescentes en el piso, mientras desde las tribunas una horda de adolescentes tardíos -padres, madres, adultos fallidos todos- arengando a los gladiadores desde su peculiar circo romano. He aquí, otra actitud adolescente.

Me contaba un abuelo de su asombro por una situación vivida con su nieta que cursa sexto año escolar. Al preguntarle por una amiga que solía juntarse con ella a hacer tareas comunes, le dijo que ya no eran muy amigas.  Cuando quiso saber por qué, la niña le respondió que porque su amiga, con 12 años, andaba en cosas raras. Y, cuando le consultó qué cosas eran esas, le llevó al celular para mostrarle en TikTok unos vídeos de una jovencita, maquillada y con ropa demasiado sugerente, bailando en poses de indisimulable contenido sexual.

De lo visto y no visto, el abuelo infirió que esa muchachita tendría unos 16, tal vez 17 años. No. Era la amiga de su nieta, 12 años, en onda Only Fans.

Se me dirá que eso siempre fue así, que los niños siempre quisieron ser grandes desde chicos, y tendrán razón. Lo diferente, es la velocidad con que se da el fenómeno, la facilidad con la que consiguen hacerlo -valiéndose de esas vidas fakes que se fabrican sin control alguno- y el para qué lo hacen. Niños “adolescentizándose” a velocidad exprés, buscando la centralidad de esa sociedad que encuentra cool mostrar a sus niños jugando juegos de aspirantes a adultos.

 

En suma

Los anteriores no son más que ejemplos concretos, de ese proceso de adolescentización de nuestras sociedades, que incorporando conductas típicas de una edad que es de búsqueda, signada por la inestabilidad, el cambio y la imitación, en la medida que permea no sólo a los niños, sino también y sobre todo a los adultos, termina convirtiéndose en una sociedad, en la definición de Laje, adolescéntrica, que abdica de los valores y culturas heredados y construye nuevas identidades, no a partir de su pasado y su historia, sino desde un puro presente que encierra la paradoja de ser instantáneo, divertido o por lo menos entretenido, y a su vez, pasible de ser renovado de forma permanente.

A lo largo de los 5 capítulos distribuidos en trescientas páginas, el lector de Generación idiota podrá concordar o discrepar, pero lo que no hará de seguro, es permanecer indiferente. Más allá de las reservas que cualquiera pueda tener con su autor, es una lúcida invitación a pensar en un mundo en el que, de todo, sobra, justamente falta pararse a pensar y tras cada cosa, buscar la otra perspectiva.

Dejemos ahora que a la obra la juzguen sus lectores.