El sueño del plebiscito propio

Hay demasiados modos de cambiar la Constitución. Algunos son tan facilistas que se parecen a la inseguridad jurídica y a la demagogia

 

Hasta un chiquilín de primaria podría haber vaticinado que tras la reforma previsional – pobre a juicio de la columna – vendría el intento de un plebiscito para anular o desvirtuar las decisiones del gobierno elegido democráticamente, aunque no por las mismas razones. No sólo el proceder no es nuevo, sino que está en línea con el concepto de “democracia directa” que utilizan los acólitos del Grupo de Puebla para, irónicamente, luchar contra la democracia sin adjetivos.

El Pit-Cnt, bedel del Frente Amplio, se ha sincerado finalmente y avanza con el despojo a las AFAP (mejor sería decir a sus afiliados) y su prohibición. Una vaga reminiscencia del accionar de FANCAP en el caso de la LUC, donde logró vencer la resistencia inicial de la alianza de izquierda, hasta lograr el resultado de siempre: la mitad del país apoya lo que diga el FA, no importa el contenido.

La opción de reparto no sirve más

No deja de ser lamentable porque la opción de un ahorro complementario privado de parte de los trabajadores es la que mayoritariamente en el mundo se considera con chances de resolver el problema, aunque fuera parcialmente. Eso incluye al país-ejemplo favorito del socialismo, Suecia, que no sólo no es socialista, sino que se ha recuperado de la quiebra de fines del siglo XX a la que lo llevó esa ideología con criterios que respetan mucho más las decisiones personales y recurren mucho más a la gestión privada.

La idea de manotear los ahorros privados para resolver cualquier problema es siempre despreciable, pero es repugnante cuando se trata de los ahorros de los trabajadores. La idea de que sus derechos serán respetados es una mentira, simplemente, como se vio en el caso de las AFJP argentinas, y no es nada más que un nuevo intento de imponer la tutela casi siempre ignorante del estado sobre las decisiones del individuo.

Oculta detrás de esta idea de la confiscación, está la sistemática práctica frenteamplista de transformar todos los derechos en un gasto del estado, o sea en alguna forma de impuesto, objetivo central en cuanta idea surge de ese sector, para el que cualquier circunstancia parece ser buen motivo para proponer nuevos impuestos, (tal es el aumento del gasto) o más inflación, o más deuda, que finalmente es lo mismo, sólo que intergeneracionalmente, cuando no intrageneracionalmente.

El plebiscito es una forma demasiado fácil de  modificación constitucional

Como ya sostuvo este espacio, el mecanismo del plebiscito es una forma demasiado fácil de modificar la Constitución, que merecería ser tratada con más respeto y con más dignidad y formalidad. También esta facilidad de cambio a pedido se está aplicando en los nuevos modelos constitucionales de los hermanos de la Patria Grande, con el resultado de la correspondiente inseguridad jurídica y de la correspondiente desconfianza.

Yendo más a fondo, el texto constitucional debería ser reservado a cuestiones institucionales de fondo, con todos los protocolos de mayoría y de procedimiento, para evitar que se use como una mecánica política para modificar leyes votadas por un eventual oficialismo, o sea para burlar las decisiones de un gobierno legítimo. El uso del plebiscito en estas condiciones, sea quien fuere quien levantara sus pancartas, termina siendo una argucia, más que una garantía a la sociedad.]Como también ha sostenido esta columna, el tema jubilatorio es insoluble y lo será mucho más si a la simple relación aportes-retiros se le agregan todo tipo de gastos sociales, pensiones, seguros, enfermedades, dádivas y otras solidaridades fáciles de regalar, pero que pagan siempre los que trabajan y aportan.

¿Por qué la sociedad tiene que mantener a los trabajadores?

La jubilación, y todo el sistema laboral, será un punto clave en este siglo. Y la discusión de fondo será si el estado, o sea la sociedad, o sea usted, tiene la obligación de mantener a los trabajadores cuando no trabajan, por el motivo que fuera. Difícilmente podría Marx encontrar lugar para su teoría de la plusvalía en ese criterio y en este momento de la humanidad. Marx sostenía la indisoluble relación entre capital y trabajo para la generación de riqueza. Ahora que el trabajo ha perdido peso relativo en esa ecuación, la teoría wokenista tiende a querer virar hacia obligar la sociedad a mantener al trabajador, al extrabajador y al nuncatrabajador. Al menos Marx se tomaba la tarea de explicar sus ponencias.

Como el punto tenderá a resolverse mal, como es habitual, vale la pena dejar por ahora la discusión abierta, no sin antes recordar que el problema no suele ser la falta de trabajo, sino que los postulantes no están de acuerdo con la remuneración que se les ofrece, o el tipo de tarea disponible, o el grado de molestia en capacitarse o cambiar la especialidad requerido. Trabajo hay siempre. Pero no siempre el que a cada uno le gusta.

Muchos de los jóvenes que emigran en busca de un futuro mejor, no terminan trabajando como analista de base de datos en una multinacional, sino cortando el césped o sirviendo cócteles en las fiestas, pero están dispuestos a hacerlo porque la paga es buena. Trabajo siempre hay. Si alguien cree que merece mucho más que lo que le ofrecen, tal vez peca de soberbia al exigirle a su sociedad que le pague lo que el mercado no quiere pagarle. En ese sentido, el estado suele ser una gran solución, lástima que, de nuevo, lo financie usted.

El plebiscito como argucia electoral

Dejando por ahora la discusión, como se prometió, un plebiscito sobre cualquier tema también sirve para anticipar la campaña electoral, para instalar un tema de fondo y machacar sobre él, para galvanizar a los partidos y sus fanáticos, para conseguir una bandera que alzar, para encontrar un lei motiv. Casi ni importa si se impone o no. Se usa y se descarta u olvida, si conviene.

Y también sirve para hacerle creer a la gente que se está defendiendo sus derechos, que les han sido negados quién sabe por qué sociedad malvada que lo odia, y que ahora tendrá su merecido y será obligada a devolverle lo que le quitó, lo que con tanta maldad le negó.  Antes se llamaba demagogia. Ahora se llama populismo.

Por eso hoy no se eligen estadistas. Ni siquiera gobernantes. Se eligen magos.  Puede fallar – decía Tu Sam.