Cuando la judeofobia salió del clóset

Por Jorge Martínez Jorge

«Violando la lógica aristotélica, el antisemita dirá sucesivamente—y aún simultáneamente—que el judío es banquero y bolchevique, avaro y dispendioso, limitado a su gueto y metido en todas partes. La judeofobia es de tal naturaleza que se alimenta de cualquier manera. El judío está en una situación tal que cualquier cosa que haga o diga, servirá para avivar el resentimiento infundado.»

Ernesto Sábato, Apologías y rechazos, 1979

 

«Los judíos fueron acusados por los nacionalistas de ser generadores del comunismo; por los comunistas de regir el capitalismo. Si viven en países no judíos, son acusados de dobles lealtades; si viven en el país judío, de ser racistas. Cuando gastan su dinero, se les reprocha ser ostentosos; cuando no lo gastan, ser avaros. Son tildados de cosmopolitas sin raíces o de chauvinistas empedernidos. Si se asimilan al medio, se les acusa de quintacolumnistas, si no, de recluirse en sí mismos.»

Gustavo Perednik, España descarrilada, 2005

 

¿Cómo es posible vivir en el mundo, amar al prójimo, si el prójimo -o incluso, tú mismo- no acepta quien eres? Hannah Arendt

 

 

En su ensayo “LTI – La lengua del Tercer Reich” el filólogo judío alemán Victor Klemperer, quien por estar casado con una mujer aria logró sobrevivir a las deportaciones nazis, cuenta que cierto obersturmführer (jefe de Escuadrones de Asalto) de las SS llevó a su mujer embarazada a una clínica privada para ser atendida ante el inminente parto. Al echar un vistazo a la habitación, advierte que sobre la cama colgaba una imagen de Jesucristo.

-Quite de ahí ese cuadro -exigió a la enfermera- no quiero que lo primero que vea mi hijo sea un judío.

La monja, temerosa y evasiva, le dijo que se lo diría a la Madre Superiora. Reiterando la orden, el Oficial se marchó. A la mañana siguiente, la Madre Superiora le llamó por teléfono:

-Tiene usted un hijo, señor obersturmführer, su esposa se encuentra bien, y el niño también es robusto. Además, se ha cumplido su deseo: el niño nació ciego.

Respecto de la judeofobia (concepto al cual volveremos más en detalle) en sus diferentes vertientes o definiciones -como el antisemitismo o el antijudaísmo- y las muchas madrigueras conceptuales destinadas a esconderlo -tal el caso del antisionismo- y de los judeofóbicos, les podría suceder lo que al Oficial de las SS: por no querer verlo -que es el primer paso para admitirlo- quizás terminen condenados a no poder verlo.  

Cuando todavía no se habían disipado los humos de los hornos y las cenizas aun no se asentaban en los vernischtungslager, el mundo culposo que emergía del horror nacionalsocialista se apresuraba a dar por muerto y bien muerto, enterrado para siempre, olvidado para las generaciones venideras, cualquier alusión al antisemitismo. Y toda referencia a él, no podía ser para otra cosa que para autoflagelarse y prometer que nunca más.

Muy loable, pero muy ilusorio también.

Por más que Hannah Arendt diseccionara La condición humana y denunciara lo que llamó la banalización del mal, la realidad es que el prejuicio antijudío y el antisemitismo en sus diferentes presentaciones siguió estando, apenas escondido, detrás de distintas máscaras retóricas, de las que el antisionismo resultó ser una de las preferidas.

En el medio siglo que fue desde la finalización de la Segunda Gran Guerra, hasta la caída de las Torres Gemelas que marcó el inicio de este ominoso siglo XXI, en los círculos académicos occidentales, entre las élites y los medios, el antisemitismo se envolvió con abundante papel y se le escondió en el clóset a la espera de mejores tiempos. Que habrían de llegar, porque los judíos nunca dejarían de ser judíos, así fuera rescatando rehenes en Entebbe como defendiéndose de las sucesivas intifadas.

La oportunidad de empezar a sacarlo, de a poquito, para mostrárselo a las visitas, a los amigos en todo caso, se vino a dar con la caída del Muro y la implosión de la Unión Soviética, catástrofe que dejó viuda a la izquierda y tras un breve duelo, obligó a salir a la cancha a buscar nueva pareja.

Del antisemitismo racial nazi a la judeofobia secularista y la beligerancia antijudía islámica: de la Kristallnatch al Kristallzeit.

 

¡No queremos la paz! Queremos la guerra, la victoria. La paz para nosotros significa la destrucción de Israel y no otra cosa. Lo que ustedes llaman paz, es paz para Israel y los imperialistas. Para nosotros es injusticia y vergüenza. Lucharemos hasta la victoria. Durante decenas de años, si es necesario. Durante generaciones. (Yasser Arafat, entrevista con Oriana Fallaci)

 

El párrafo precedente corresponde a un pasaje de la entrevista que en 1970 le hiciera Oriana Fallaci al líder de la OLP (Organización para la liberación palestina) y fundador de Fatah, el egipcio Yasser Arafat, por entonces líder indiscutido de la causa palestina.

“El fin de Israel es el objetivo de nuestra lucha, y no admite ni compromisos ni mediaciones”,” la violencia revolucionaria es el único sistema para liberar la tierra de nuestros padres…” y “…el objetivo de la violencia es liquidar el sionismo en todas sus formas, políticas, económicas, militares, y echarlo para siempre de Palestina…” decía Arafat que eran principios fijados en la creación de FATAH en 1965 y sobre los que no cabía esperar negociación ni cambio alguno.

Adviértase que esto decía el principal portavoz de la causa palestina mientras se enfrentaban a sangre y fuego con el Rey Hussein de Jordania que buscaba expulsarles del territorio jordano que los palestinos pretendían convertir -o habían convertido ya, instalando un Estado dentro de otro Estado- en propio, y apenas 2 años antes que Septiembre Negro -célula terrorista creada por Fatah- llevara adelante el atentado y toma de rehenes en Munich en ocasión de los JJOO.

El pogromo más letal y cruento, protagonizado por terroristas del Hamas el 7 de octubre pasado en tierras israelíes fronterizas con Gaza, largamente planificado y con un inusitado despliegue de inteligencia, como se podría ver poco tiempo después, parece haber sido -como el pistoletazo al Archiduque Francisco Fernando con la Gran Guerra- el disparador para reabrir la Caja de Pandora de la judeofobia del integrismo islámico.

Cuando aún hay un cuarto millar de rehenes judíos en las catacumbas gazatíes, y todavía el monstruo sionista afila los largos cuchillos de la Ley del Talión, la sucesión de hechos violentos, amenazas, escraches, nuevos pogromos y atentados antijudíos se extiende por el mundo islámico, y sus sucursales o franquicias occidentales.

Por ahora, no parece ser que vaya más allá de expresiones de solidaridad islámica con los palestinos que expresa ese milenario y beligerante antijudaísmo coránico que se manifiesta, en su aspecto político, a partir de la creación del Estado de Israel en Tierra Santa, con la negación a texto expreso de su derecho a existir, salvo como dhimmis de la nación islámica.

Los gobiernos en tanto, autocracias o teocracias todos ellos, tanto sunnitas como chiítas, parecen más preocupados en un lassez faire de sus pueblos -que, de paso, les distrae de sus propias penurias y represiones- manteniendo a sus propios integristas moderadamente contenidos, mientras juegan sus juegos geopolíticos. Excepción hecha de la teocracia iraní operando a través de sus SS en el Líbano y Siria, Hizbollah, y de la monarquía qatarí como principal soporte de Hamas.

A diferencia de los otros antisemitismos, el islámico, puesto al servicio de la causa política del combate y desaparición del Estado Sionista, exacerbado por la humillación de las sistemáticas derrotas militares ante éste, no ha cesado desde 1948, aunque por períodos baje el tono de su intensidad que se reactiva y potencia cada vez que, desde el mundo musulmán se ingresa en negociaciones con Israel para posibles acuerdos que impliquen el siempre negado reconocimiento de éste.

Así pasó con los Acuerdos de Camp David con Egipto en 1979, y otro tanto con el Acuerdo con Jordania de 1994, en los que ambos países reconocieron a Israel.

Tal parecería que tras los primeros Acuerdos de Abraham que hizo lo propio con Báhrein, Emiratos y Marruecos, y ahora mismo, tenía a Arabia Saudita -nada menos- en fila, iba a ser el momento de un previsible rebrote, que, sin embargo, pareció tomar por sorpresa a Israel. Raro, por decir lo menos.  

La pandemia judeofóbica europea y norteamericana

 

“Y cuando nuestra mirada -la de los observadores externos- entra en ese juego perverso, cuando asignamos a una comunidad el papel de cordero y a otra el de lobo, lo que estamos haciendo, aún sin saberlo, es conceder por anticipado la impunidad a los crímenes de una de las partes” Amin Maalouf en “Identidad asesina”

Apenas 10 días después del horripilante pogromo perpetrado por Hamas durante el Shabat del 7 de octubre pasado, se produjo la explosión en el Hospital Bautista Al-Ahli de Gaza, que, de inmediato, fue adjudicado a un misil de las FDI israelíes, con un saldo de 500 muertos.

El incendio mediático que propició la noticia -reproducida hasta el infinito con mucha mayor rapidez que el incendio provocado por los restos del cohete de la Yihad Islámica caído en el estacionamiento del Hospital y que, todavía, se desconoce si los muertos fueron 10 o menos de 50, pero nunca 500 ni producto de un misil israelí- provocó una auténtica intifada en casi todas las capitales europeas y ciudades estadounidenses.

En referencia al affaire Dreyfus de 1894 en Francia, decía Hannah Arendt en su ensayo “Los orígenes del totalitarismo” que el caso “había puesto fin a décadas de una forma de discriminación antijudía suave y puramente social” lo que hacía difícil recordar que el grito “mueran los judíos” había ya resonado en el corazón de los Estados modernos. Para Arendt el caso había revelado el carácter inhumano, preservado entre el oleaje de pasiones irrefrenadas y las llamaradas de odio de corazones inconcebiblemente fríos y duros.

Puesto en perspectiva y salvando las distancias, pudiéramos estar ante un caso Dreyfus que ha encendido todas las pasiones, ha refrenado el uso de la razón y está teniendo una vertiginosa deriva orwelliana por la cual las víctimas transmutan en victimarios, los 10 o 50 muertos del estacionamiento son parte de un genocidio “nazionista” (neologismo que veremos repetirse hasta el cansancio, en la línea goebbeliana de animalizar al enemigo) aunque el cohete haya partido de la Yihad Islámica, y, en cambio, la película hiperrealista realizada en tiempo real por Hamas el 7-O apenas un episodio de justa rabia contenida por siglos de opresión sionista, destinada al pronto olvido. Incluso de los más-menos doscientos cincuenta rehenes, un accidente apenas.

El fenómeno, que ahora mismo cambia y recrudece a diario, aún cuando se intente ponerle algo de raciocinio a la cuestión, se parece mucho a lo que el wokismo enarboló como consigna para incendiar Estados Unidos, el #BlackLivesMatter, convertido ahora en un grito de #MuslimsLivesMatter que, banderas palestinas en ristre, amenaza a la t-Shirt del Che Guevara como símbolo místico de toda protesta y resistencia del mundo progre en contra de sí mismo y a favor de sus victimarios.  

Como se puede comprobar con la alusión a un hecho tan antiguo como el caso Dreyfus lo del antijudaísmo o antisemitismo, camuflado bajo un -aparente- más aséptico antisionismo, es cosa vieja. Tan vieja que precede al libelo de “Los Protocolos de los sabios de Sión” que por décadas se convirtieron en la Biblia de todo buen conspiranoico antisemita.

Lo nuevo, si acaso, es el grado de irracionalidad que entraña esta nueva escalada, que justifica emplear el término judeofobia como síntesis de todos los odios hacia los judíos, con la característica única de irracionalidad que contiene una fobia.

Pero esta es, una serie que recién ha comenzado, y será motivo de otra(s) columna(s) que procurarán, junto al paciente lector, buscar un poco de luz allí donde parecemos estar yendo hacia el mismo corazón de las tinieblas.