Montevideo: el gran desafío para la Coalición Republicana

Escribe Graziano Pascale

La última y costosa operación de propaganda del Frente Amplio en Montevideo, que incluyó desde una adulteración de la historia sobre la fundación de la ciudad – para adaptarla a las exigencias electorales de Carolina Cosse-  hasta una sangría a las arcas públicas para financiar la movida, debería ser un poderoso llamado de atención a la Coalición Republicana sobre el desafío que la aguarda en la próxima batalla por la Intendencia.

La inminente aprobación por parte de la Corte Electoral del lema «Coalición Republicana», una iniciativa nacida en las redes sociales que recibió luego el apoyo de todos los partidos que la integran, es un paso importante para alcanzar el objetivo, que le resulta esquivo a la oposición montevideana desde hace tres décadas. Aunque el acuerdo político no ha estado exento de dificultades, el hecho de haber recolectado las firmas necesarias y haber conformado autoridades provisorias del nuevo partido es un paso muy promisorio. La diferencia con los intentos anteriores -y quizás el secreto del éxito que la aguarda no bien el acuerdo se traduzca en un trabajo político coordinado y eficiente- es que en esta ocasión se hicieron sentir los ciudadanos desde las redes, impulsando un movimiento del que se hizo eco este portal y el propio columnista.

Aunque la propuesta inicial del movimiento ciudadano apuntaba a lograr un lema común para toda la coalición en las elecciones nacionales de este año, este paso – que acompañó el llamado ciudadano adoptando el mismo nombre propuesto para el nuevo lema- debe ser valorado como un gran avance, que tarde o temprano desembocará en un acuerdo político más amplio, una vez que se pruebe en las urnas su eficacia.

Un sistema en transición

El tradicional sistema bipartidista uruguayo, ayudado por las muletas del Doble Voto Simultáneo (DVS), comúnmente llamado «ley de lemas», permitió que las distintas fracciones de los partidos fundacionales convivieran bajo un lema común, luego de comprobar en los hechos (especialmente el Partido Nacional, tras su fractura en dos lemas que se prolongó desde los años 20 hasta 1958) que la separación sólo era beneficiosa para el adversario.

Esas muletas electorales le permitieron, por ejemplo, al Partido Colorado retener el gobierno en las elecciones de 1971, pese a que en sus filas se presentaron candidaturas presidenciales fuertemente enfrentadas al pachequismo gobernante.

La creación del Frente Amplio en 1971, que permitió la comparecencia bajo un lema común de comunistas y democristianos – por citar sólo a dos adversarios políticos históricos- fue el inicio de un lento proceso de transición en el sistema político, llamado a debilitar inevitablemente a uno de los partidos fundacionales (como finalmente ocurrió),  ya que es inherente a un sistema electoral mayoritario que se terminen formando dos grandes bloques para elegir al Presidente.

Tras la pausa impuesta por la dictadura, la tendencia a la creación de dos bloques se fue acentuando, luego de una instancia de «triple empate» como fue la de 1994.  Ese resultado fue el detonante de la reforma constitucional que introdujo la doble vuelta electoral para elegir al Presidente de la República. El proceso era irreversible, y la victoria del bloque creado en 1971 era inevitable. Los tres triunfos consecutivos del Frente Amplio fueron la consecuencia de la implantación en la sociedad de un nuevo «partido hegemónico», cumpliendo el mismo rol en ese sentido que había tenido el Partido Colorado en la primera mitad del siglo pasado.

El balotaje fue visto en su momento como un dique de contención -a la postre frágil y efímero- para evitar el cambio de bloque hegemónico. El aprendizaje para los partidos históricos fue largo y doloroso. Los viejos dirigentes no fueron capaces de captar la profundidad del cambio político que estaba viviendo el país, que entre otras cosas hizo colapsar el viejo sistema bipartidista de «blancos y colorados». Algunos se refugiaron en sus territorios departamentales, y tomaron distancia de la disputa nacional. Se produjo entonces una ruptura en el elenco político, que no fue capaz de apreciar la profundidad del cambio en acción, que llegó incluso a departamentos como Treinta y Tres, Artigas, Florida, Rocha, Salto, Paysandú, Canelones, Río Negro y Maldonado. Si incluimos a Montevideo, con la temprana victoria del Frente Amplio en 1989, la mitad más uno de los 19 departamentos del país estuvo gobernada en algún momento por la coalición de izquierda luego del regreso a la democracia en 1984. La lista podría haber sido más grande si en algunos departamentos, como por ejemplo San José, los votantes de los partidos fundacionales no hubieran votado al candidato a Intendente con más posibilidades de impedir la derrota del Frente Amplio, en su momento de mayor auge electoral.

Es del caso preguntarse, entonces, por los motivos que llevaron a que esta realidad tan evidente provocara una especie de parálisis del bloque de los partidos fundacionales. El «viejo sistema» siguió funcionando, pero sólo en la cabeza de los dirigentes. Los votantes reaccionaron como pudieron, y así en Salto, San José, Florida, Paysandú y Maldonado, desoyendo a sus líderes nacionales, votaron para evitar que sus gobiernos departamentales se vieran alcanzados por el «tsunami» del Frente Amplio.

Todavía hoy se ven reacciones de ese tipo, evidenciadas particularmente en el rechazo a un lema común para las elecciones nacionales, algo que, por ejemplo, hubiera ahorrado la segunda vuelta en las elecciones del año 2019.

La formación de un lema común, por tanto, es inevitable porque está implícita en las reglas electorales actuales. El riesgo de no hacerlo es transformar en algo anecdótico y pasajero el triunfo de la llamada «Coalición Multicolor» -de la mano del liderazgo claro de Lacalle Pou- en las pasadas elecciones.

El caso de Montevideo

Fortaleza electoral del Frente Amplio, y su principal «granero» de votos, Montevideo será la prueba de fuego de la naciente Coalición Republicana, como lema común de toda la oposición en la capital del país. Existen indicios alentadores sobre la seriedad con la que los partidos han asumido este compromiso. El mero hecho de que se esté mencionando en las filas del Partido Nacional el nombre del Ministro Martín Lema como uno de los tres candidatos a la Intendencia, revela un compromiso que hasta ahora no se había apreciado. Si bien nada asegura una victoria, una selección temprana de los candidatos es un indicio de que se afrontará la lucha con seriedad y ánimo de victoria, algo que no estuvo presente en las últimas dos instancias (Partido de la Concertación, con Novick y dos candidatos simbólicos, y Partido Independiente, con Laura Raffo improvisada a último momento).

En filas coloradas se menciona con insistencia el nombre del diputado Felipe Schipani, aunque no ha trascendido si contaría con el respaldo de todas las corrientes o sólo la que encabeza Robert Silva. Definir un nombre de consenso antes de las internas coloradas, sin esperar el resultado de las mismas, sería otro elemento más que reforzaría el compromiso real de los partidos mayoritarios con la naciente Coalición Republicana.

Quedaría, por último, definir el mecanismo para postular un tercer candidato. En la medida en que la ley electoral limita a tres el número de candidatos, tanto Cabildo Abierto como el Partido Independiente se verán obligados  a definir un nombre de común acuerdo, o plantear un tercer nombre de consenso a nivel  de toda la Coalición.

Antes de esta instancia, y para evitar el bochorno de la última elección, cuando no se llegó al número de votos mínimo para elegir a la Convención del Partido de la Concertación, la Coalición Republicana deberá realizar un trabajo político público para presentarse en las internas, más allá del carácter simbólico, ya que no participará en las elecciones nacionales. Pero una campaña pública -no limitada a un núcleo de militantes «juramentados» a votar- permitirá instalar en la opinión pública el lema que competirá luego en varios departamentos.

Vendrá luego la etapa de los equipos y los programas de gobierno. Pero estos primeros pasos resultan alentadores. Y así debe ser consignado.