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«Evita si volviera…», se llamaría Begoña

9 junio, 2024

Gabriel Albiac *

Y si hablamos en serio, ¿a quién podría no resultarle ofensivo que alguien del nivel neuronal y moral de los candidatos a escaño en Europa dijese estar representándolo? ¿A quién en su sano juicio? ¿A quién, que no haya sido lo bastante embrutecido como para olvidar que a estas elecciones concurren sólo aquellos que no se avergüenzan de cobrar el opulento salario de los siervos al servicio de amos obscenos? También, en un caso al menos, al servicio de los negocios oscuros de una esposa judicialmente imputada.

He seguido esta campaña electoral al parlamento europeo con una desasosegante mezcla de urgencia y asco. Urgencia, porque el acelerón que hacia el peronismo ha impreso la pareja presidencial a la política española no es cosa que podamos tomarnos sólo a chacota. Las analfabetas cartas de amor del primer ministro a su providencial cónyuge serían ciertamente motivo de gozosa hilaridad, si hubieran sido redactadas por las meninges que su calidad conceptual y sintáctica sugiere: las de un adolescente de no más de trece años. A esa edad, un poco de lectura y unos cuantos ejercicios de redacción y dictado pueden curar casi todos los males. Exhibidas por quien ostenta el vértice de un poder ejecutivo que se tragó hace mucho al legislativo y que se halla en pleno asalto del poder judicial, su resonancia resulta poco equívoca: Pedro Sánchez es una mala caricatura de Juan Domingo Perón, como Begoña Sánchez lo es de Eva Duarte.

Pero conviene saber que no son esos los nombres sólo de una horrenda comedia musical y, más tarde, horterísima película. Converso a Mussolini durante su estadía diplomática en Roma, Juan Domingo Perón inventó luego la versión específicamente hispanoamericana del fascismo. Innovando en algo: su esposa, Eva Duarte, iba a ser el icono sacralizador del movimiento. El matrimonio puso en pie la red de corrupción más tupida y más estable de la tan universal podredumbre política del Cono Sur. Robo, matonismo y sindicatos venales, blindaron, en torno al culto de la magnificente madre de los descamisados bonaerenses, una barbarie que llevó a Argentina, del vértice económico del mundo, a su subsuelo. Y que parece irreversible: al cabo ya de tres cuartos de siglo, todas las matanzas domésticas se han consumado en Argentina siempre bajo emblemas peronistas. A izquierda como a derecha: porque tan peronistas eran los asesinos de la Triple A como los de la «izquierda peronista» que entonaba, rifle en mano, aquel delirio del «¡Evita, si volviera, sería montonera!» El resultado iba a ser, al cabo, el país de los Kirchner y del robo sin límites. O, más bien, sin otro límite que el de la bancarrota.

¿Qué es más desagradable? ¿Legitimar con nuestro voto los sueldos de inanes empleados exentos de vergüenza? ¿O bien favorecer, con nuestra abstención, el desenlace de ese plebiscito sobre los brillantes negocios de su esposa, en el que Pedro Sánchez ha convertido la convocatoria del domingo a las urnas? La alternativa es de una perversidad que mueve al vómito.

Si, al menos, las listas electorales fueran abiertas, se me ocurren tres nombres precisos a los que no me deshonraría conceder mi voto. Tres. Presentes en distintas listas. Gente decente y no estúpida. Esa rareza. Pero es sólo un ensueño. En España, las listas que se votan son cerradas. Y dar mi confianza a uno de esos tres nombres es darla a una de esas blindadas ristras de nombres que son, masivamente, morralla. Pocas veces, en política, recuerdo haberme visto ante un trance tan humillante. Nunca un ciudadano debiera verse forzado a optar entre eso: nulidad o robo.

Pero es lo que hay. De nada sirve ocultárnoslo. Las cartas de amor analfabetas prefiguran el camino de un peronismo español ya muy encarrilado. Los «¡Begoña, Begoña!» en los mítines significan «¡Evita, si volviera…!» Nos han tomado a todos por idiotas. Y eso sí, eso sí que no tiene perdón de Dios. Ni debiera tenerlo de los votantes.

* Artículo publicado en El Debate