Orsi y el poder líquido: ¿Estamos ante la vuelta, de facto, al Colegiado y un Presidente de papel?

 

El inicio de un nuevo gobierno de un Frente Amplio distinto

Todo poder es una conspiración permanente. (Balzac)

 

Cuando finalmente asumió la presidencia el 1 de marzo de 2025, el presidente Orsi prometió un “diálogo nacional” para enfrentar los desafíos de Uruguay. Sin embargo, a dos meses de gobierno y tras una transición marcada por trabajosas negociaciones internas, su presidencialismo parece desdibujarse en un colegiado de facto.

Decisiones clave, como la renuncia de Cecilia Cairo -tras un fulgurante escándalo producto de las revelaciones del periodista Nacho Alvarez en su Programa “La pecera” (https://x.com/igalvar71/status/1912245006221422848) – no se toman en la Torre Ejecutiva, sino en conciliábulos del Frente Amplio, con Mujica como árbitro y operadores como Alejandro Sánchez y Jorge Díaz repartiendo las cartas. “Sánchez y Díaz son los verdaderos timoneles”, afirmaba un usuario entre miles en X, reflejando una percepción creciente: Orsi no resuelve solo. O, en una formulación más sencilla, Orsi no resuelve.

Los vaivenes del Poder en el tiempo

 

En su célebre ensayo “Modernidad líquida”, Zygmunt Bauman   describe a la sociedad contemporánea como un estado fluido, donde las certezas, las instituciones y los valores se desdibujan ante el constante cambio y la transitoriedad.

El Siglo XX se inició en el Uruguay con la Paz de 1904, que ponía fin al interminable ciclo de caudillismos y guerras fratricidas.

Marcado por el fuerte liderazgo de José Batlle y Ordóñez, la preocupación fundamental de ese primer cuarto de siglo estuvo marcada por ponerle frenos al Poder que, en la concepción batllista consistiría en una primera experiencia de Gobierno Colegiado -inspirado en el modelo suizo- que tendría un abrupto final con el Golpe de Estado de Gabriel Terra de 1933.

Tras el retorno a la democracia, el «Gobierno Colegiado» fue instaurado nuevamente en 1952 por la Constitución de ese año, con el objetivo de reducir el riesgo de autoritarismo y promover consensos entre los partidos políticos. Este sistema consistía en un Consejo Nacional de Gobierno compuesto por nueve miembros: seis del partido mayoritario y tres del segundo. La presidencia rotaba anualmente entre los miembros del partido mayoritario, y el sistema buscaba reflejar la tradición bipartidista uruguaya, entre colorados y nacionalistas. Con ello, se buscaba evitar la concentración de poder en una sola figura, promoviendo una gobierno más plural y consensuado.

Sin embargo, el Colegiado enfrentó críticas significativas, especialmente durante los años 1950 y 1960, un período marcado por crisis económicas (inflación, caída de exportaciones) y tensiones sociales (sindicalismo, emergencia de la izquierda), por su falta de ejecutividad y acuerdos, lo que terminó sumiendo al país en un auténtico marasmo.

Un nuevo tiempo se dibuja en el horizonte

 

Desde la restauración democrática hace 40 años atrás, el momento político que vive el país hoy, quizás sea uno de los más atípicos y, por tanto, difícil de analizar.

Es atípico porque vuelve al gobierno, después de 5 años, la Coalición de izquierda que había gobernado durante una década y media, período en el cual -de la mano de los fuertes liderazgos de Tabaré Vázquez, dos veces presidente, José Mujica en el restante, y Danilo Astori como articulador y balance entre estos- no solamente gobernó, sino que se dedicó, con singular éxito, a construir poder.

En ese período de quince años tiene lugar la modificación del Código del Proceso Penal y la Ley de Fiscalía General como servicio descentralizado dependiente de la Presidencia, modificaciones que con un Fiscal General adicto, puso virtualmente a la Justicia bajo sus designios, como lo estamos viendo ahora mismo. Esa construcción de poder incluyó a la Educación, la Asistencia Social, la Seguridad interna, la Inteligencia y, en suma, el Estado todo al servicio de un Proyecto político con afanes hegemónicos.

En tales circunstancias, en un momento de recambio obligado de los liderazgos, hay algunos hechos, señales, posiciones políticas y resoluciones, que muestran un cariz inquietante.

 

El largo camino de Orsi a la Torre Ejecutiva

Las elecciones internas, primer paso en ese largo camino, estuvieron marcadas por el escaso interés que despertaron, a punto tal que los votos válidos apenas superaron un tercio de los habilitados a votar, constituyéndose -desde que se instauraron como obligatorias- las de más baja participación.

La mayoría de los analistas coincidieron en adjudicarlo al escaso entusiasmo que despertaban las candidaturas, tanto dentro del Frente Amplio como del Partido Nacional, a ojos del electorado más politizado, los únicos con chance de estar eligiendo el futuro candidato a la presidencia.

Sin sorpresa alguna, el “delfín” del popular presidente Lacalle Pou, Senador Delgado, se impuso en su interna, con tal margen que puso virtualmente en sus manos la decisión de elegir el candidato a acompañarle a la Vicepresidencia. Así lo hizo. Así le fue.

Si acaso, resultó más llamativo el amplísimo margen con que se impuso el candidato del sector mujiquista MPP, el ex Intendente Orsi, por sobre la ex Intendente de Montevideo Carolina Cosse, apoyada por el Partido Comunista y una larga lista de agrupaciones menores. Allí también, la fórmula quedó resuelta con la incorporación de Cosse, privada de forzar negociación alguna.

En la nueva campaña, esta vez con vistas a la elección nacional propiamente dicha, con los resultados de las Internas a la vista, tampoco consiguieron, ni uno ni otro bando, despertar el más mínimo entusiasmo para una elección que, con internas obligatorias y ballotage en el escenario casi seguro que ninguno de los candidatos superara el 50%, se ha convertido en la práctica en una elección parlamentaria.  Y, elegir parlamentarios, mediante listas sábana cerradas que responden a esos mismos sectores, no es precisamente, de las cosas que más entusiasmen al electorado uruguayo.

Los resultados, dentro de lo esperable, permitieron festejar, muy mesuradamente, a ambos bandos. Los dos habían ganado algo, pero también habían perdido otra cosa. La Coalición de gobierno superó al Frente Amplio en 80 mil votos, pero, gracias a su impericia electoral y ceguera política, perdieron la mayoría del Senado.

A partir de allí, un escenario abierto entre dos candidatos que, juntos, tenían gusto a sándwich de pan con pan. A Orsi le bastó la estrategia boxística de escurrir el bulto hasta agotar al adversario, mientras el candidato oficialista trataba de convencer a su díscola tropa que su elección de Vice había sido la mejor.

Finalmente, a Orsi le alcanzó con la disciplina de la tropa, y un vídeo de Mujica sin dientes, al borde de la muerte, para convencer a los pocos que todavía dudaran.

En el Uruguay lumpenizado que ayudó a crear Mujica -nuestro Chauncey Gardiner, berreta y malhablado- mostró cómo la superficialidad de la sociedad, la influencia de los medios y la percepción errónea de la realidad, bastaban para que una figura vacía pudiera influir en un mundo obsesionado con las apariencias. Como en la novela “Desde el Jardín” de Jerzy Kosinski, la historia termina con Chance imponiendo su candidato de cartón piedra, sin que nadie descubra su verdadera naturaleza. Como el Alberto Fernández de CFK en Argentina.

Una transición atípica tras una no menos atípica campaña

 

Como consecuencia de nuestra arquitectura electoral cada 5 años el país vive un período de 3 largos meses de transición entre el gobierno saliente y el electo. Nunca, que este columnista recuerde, se dio un fenómeno como el producido en esta transición, con un gobierno saliente que, por lo menos en el plano mediático y comunicacional, pareció desaparecer de la escena y, concomitantemente, un gobierno electo que, a través de sus principales voceros, pareció asumir funciones 3 meses antes.

Para que ello ocurriera, confluyeron por lo menos dos hechos relevantes: una notoria inquietud de parte de los futuros gobernantes por demostrar que ya estaban a cargo y una tan sugerente como casi unánime postura de los principales medios de comunicación, haciendo que ello pareciera no sólo posible, sino real.

Tanto fue así que, en determinado momento el designado futuro Secretario de Presidencia Alejandro Sánchez, por lejos la figura excluyente en esa exposición continua, llegó a quejarse de que el suyo sería un gobierno que no habría tenido luna de miel alguna.

Mientras, al otro extremo del Piso 11, el Ajedrecista convertido en demiurgo Jorge Díaz, seguía armando su entramado de poder.

Otro de los voceros, de diaria presencia y pública actividad como ministro de Trabajo designado, fue Juan Castillo que, en determinado momento se lamentó que el suyo, debía ser el primer ministerio que asumiría con no menos de 10 conflictos declarados.

Si la larguísima campaña electoral estuvo signada por la virtual desaparición del candidato Orsi, renuente a cualquier clase de exposición pública -recuérdese el incidente con el periodista Ignacio Álvarez y la frase que por estos días resuena como un bumerang que ha vuelto a su lugar de salida, la de “no sos tan importante”, por una entrevista que no fue- esa larga transición mantuvo la tónica.

Si acaso, lo más relevante a nivel público fue la controversia desatada en torno al propósito anunciado por Orsi de mantener como lugar de residencia su casa, “La Contumacia” del Balneario Salinas, y la eventualidad del uso de helicóptero para el traslado diario a Torre Ejecutiva. Eso y la reunión mantenida con Mujica -aparentemente repuesto de su grave estado pre-electoral- y Topolansky en la Capilla emepepista: la Chacra, allí sí con fotos.

Una transición, donde se define la integración del Poder Ejecutivo, y, por tanto, se comienzan a gestar los “centros de poder”, mostró como figuras excluyentes al ya citado Sánchez como algo más que un vocero presidencial. Por momentos, parecía ser él, quien asumiría el Gobierno. A tal punto, que una caricatura, publicada en un medio local, que mostraba a un Sánchez de gran estatura y pecho prominente en primer plano, y un Orsi más pequeño, un paso detrás de Sánchez, y en parte a la sombra de éste, produjo una reacción inmediata: Sánchez desapareció de los medios.

 

El fantasma de Alberto F y el twitazo de Cristina K

El proceso que terminó depositando a Alberto Fernández en el sillón de Rivadavia, guarda no pocas similitudes con el descrito respecto de Orsi, el dedazo de Mujica, la interrogante de dónde y por quién se ejercerá el poder, como para analizar una inquietante analogía.

Al igual que en Uruguay, donde el FA había perdido el gobierno a manos de Lacalle Pou, en Argentina el kirchnerismo lo había hecho contra Macri y en 2019 iniciaba el proceso electoral, buscando volver al poder. Desde la muerte de su esposo Néstor, Cristina no había parado de acumular poder, dinero y causas judiciales. Probablemente desde Perón, nadie había tenido -y tenía todavía- tanto poder, y, a la vez, generaba tanta polarización.

Consciente de ello, eligió un hombre de paja que resultara aceptable para las bases peronistas, para encabezar la fórmula que disputaría con el presidente Macri, que iría por la reelección, a pesar del desgaste de una administración que no terminó nunca de despegar, que enfrentaba crecientes problemas, y tenía, para completar el frente frío, una calle recalentada en su contra.

Comunicado como hecho consumado en un vídeo colgado en Twitter en mayo 2019, el proto candidato se abocó a negociar apoyos, sumando el de Sergio Massa -que para esta breve historia será actor relevante- que renunció a su precandidatura.

Como era de prever, ya desde las PASO (nuestra Internas) se vió que la jugada de ajedrez de la Emperatriz K daría resultado, como efectivamente sucedió, arrasando en las generales sin necesidad de ballotage.

Sin embargo, la pregunta que recorría los corrillos en Argentina sería la misma a lo largo de casi todo el período: ¿quién gobernaría? ¿El poder real, estaría en Casa Rosada o en el despacho de la Presidencia del Senado ocupado por Cristina?

Esos cuatro años, donde el país entró en una espiral de descalabro económico, social e institucional, la frase “tenés la lapicera, Alberto, usála” bien podría ser el título de un libro, que termina con Alberto tocando la guitarra para su perro Dylan, mientras al país lo gobernaba un Primer Ministro de facto, Sergio Massa, un diputado que termina siendo dueño y señor del Poder Ejecutivo.

La ominosa sombra del poder licuado

 

Algo de eso recorrió, como un sudor frío bajando por la espalda, en los tres interminables días que duró la novela Cairogate, con la gente preguntándose ¿quién manda aquí?, y el presidente, ¿dónde está?

Como Cristina designando a Alberto, la novela terminó (o por lo menos, cambió de escenario) con un tuit de Orsi, tan escueto que parecería ser el resultado de una durísima negociación: En virtud de los hechos de público conocimiento la ministra Cecilia Cairo me presentó su renuncia. He decidido aceptarla. Tema resuelto.”

Lejos de despejar dudas, desde entonces no son pocos los uruguayos que nos preguntamos ¿quién tiene la lapicera?, ¿las resoluciones, se toman en Torre Ejecutiva o en la Chacra de Mujica? ¿Se derogó, de facto, el sistema presidencialista, y se impuso un gobierno colegiado?

Como decíamos líneas arriba, la experiencia colegiada resultó tan traumática, que, desde su derogación, no hemos hecho otra cosa que fortalecer la figura y el rol presidencial. Ese fue uno de los objetivos de la implantación del Ballotage: evitar que un presidente, probablemente sin mayorías parlamentarias, llegara al cargo sin siquiera la mitad más uno de votos populares respaldándolo.

Pero una cosa son las instituciones y otra el poder mismo. La noche del 13 de Marzo de 2020, cuando el recién asumido Presidente Lacalle Pou se hace cargo de la Pandemia, apuesta por la libertad responsable y resiste todas las presiones negándose a decretar una cuarentena obligatoria había solidificado el poder recibido en las urnas.

De ser una materia etérea, intangible, el Poder se convierte así en algo palpable, presente, con peso propio.

Por el contrario, el no ejercicio del poder -dentro de los límites institucionales, lógicamente- lo licúa, lo vuelve una sustancia inasible que se escurre de las manos y se vuelve una caricatura de sí mismo. De eso habla Bauman, precisamente.

Tanto que se consolide esa línea colegiada -semi clandestina, desde que no tiene amparo institucional alguno- como que se acentúe la licuación del poder presidencial, al estilo Alberto, los riesgos institucionales están a la vuelta de la esquina y la expresión de facto toma ominosos contornos.

El tiempo lo dirá, pero la ciudadanía -allí donde pueda manifestarse- debería estar atenta y dispuesta a no dejar que le pasen gato por liebre. Ambos tienen cuatro patas y corren, pero no son lo mismo.

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