Impuestos, la mano que te ahorca, y que el gobierno aprieta sin piedad

Un intento de explicación desde el punto de vista de alguien que no entiende nada de economía. 
Es así: yo de economía no sé nada. A mí me hablás de macro, micro, PIB, curvas raras y ya me mareo como perro en un bote. Pero igual, cada vez que escucho hablar de impuestos siento que hay algo que no me termina de cerrar, y desde el punto de un trabajador que pagó sus impuestos toda la vida como pudo y que muchas veces se sintió estafado voy a dar, de atrevido nomás, mi punto de vista. Capaz es cosa mía, pero da la impresión de que cada año pagamos más y, sin embargo, el país no termina de arrancar. Como si tuviéramos un auto con el motor jodido y con el freno de mano puesto.
Entonces, sin pretender descubrir la pólvora, fui tratando de entender por qué bajar impuestos no siempre es mala palabra. Y al final parece que, si se hace con un poco de cabeza, puede traer cosas bastante buenas que a veces nadie comenta.

Lo que podría pasar si aflojan un poco
Más inversión, más trabajo, menos cara larga Cuando las empresas pagan menos impuestos, les queda más plata para animarse a invertir. Y cuando invierten, compran máquinas, abren sucursales, contratan gente. No es magia. Es más bien sentido común de almacenero: si te queda un mango extra, capaz te agrandás un poquito. Y si el país se hace más atractivo para empresas de afuera, mejor todavía. Vienen con plata, con conocimientos, con trabajo. No te van a salvar la Patria, pero colaboran.
Alivio al bolsillo Acá en Uruguay el IVA es como esa nube que nunca falta. Está en todo. Si lo bajaran un poco, capaz el precio del súper deja de pegar tan fuerte. Eso significa familias respirando mejor y, con un mango extra suelto, se mueve el consumo. Y si se mueve el consumo, la economía se estira un poco, como cuando amasás una torta frita y te queda más grande de lo que parecía.
Más formalidad, menos viveza criolla No vamos a negarlo: cuando los impuestos son demasiado altos, la tentación de evadir impuestos, crece. Pero si el sistema es más razonable, pagar deja de sentirse como un castigo. Así más gente entra en la formalidad, se amplía la base de contribuyentes y, paradójicamente, el Estado termina recaudando más sin andar apretando tanto.

Entonces… ¿bajar impuestos es bueno o malo?
Parece que puede ser bueno, siempre que no sea un manotazo para quedar bien y que venga acompañado de una revisión del gasto público. Porque si bajás impuestos pero seguís gastando como si tuvieras petróleo en el fondo del Cuñapirú, la ecuación no te cierra nunca.
La idea sería algo así:
• Que la economía crezca.
• Que más gente pague, aunque pague menos.
• Que el país sea más competitivo y no se nos vaya el capital como turista rumbo a Livramento.

La famosa Curva de Laffer 
Soy terrible atrevido metiéndome a interpretar esto, pero básicamente la idea es sencilla: si cobramos demasiado, la gente se espanta y se esconde; si cobramos demasiado poco, no alcanza. En algún punto del medio está la “tasa justa” que hace que todos paguen sin sentirse robados, y que el Estado recaude. Es como poner precio a una empanada en la feria: si la ponés a 200 pesos, no te compra nadie; si la ponés a 5, te fundís. Hay un punto justo donde todos ganan.

¿Y por qué entonces los gobiernos no bajan impuestos?
Ahí entran factores menos glamorosos:
Necesidad urgente de plata El Estado tiene cuentas que pagar todos los meses: sueldos, programas, obras, lo que sea. Si baja impuestos, al principio recauda menos, y eso mete miedo. Nadie quiere ser el gobierno que deja la caja en rojo como si fuera cuenta de celular impaga.
Gasto público difícil de achicar Hay estructuras que nadie quiere tocar, porque políticamente es un berenjenal. Entonces, en vez de ajustar el gasto, se insiste en recaudar más. Es el equivalente a seguir llenando el tanque del auto aunque esté perdiendo nafta por abajo.
Poder sobre la billetera Cuando el Estado maneja mucha plata, también maneja poder. Puede decidir dónde va la guita, qué proyectos financiar, a quién ayudar. Eso, en política, pesa más que cien papers de economistas.

Tiene razón pero igual tiene que pagar A veces da la impresión de que la presión fiscal es como una nube baja que no deja ver el horizonte. Los gobiernos mantienen más impuestos para asegurarse plata ya, hoy. Pero el país, a largo plazo, pierde movilidad, creatividad, competitividad. Y la gente pierde calidad de vida sin entender bien por qué. No hace falta ser economista para darse cuenta de que, cuando el Estado afloja un poco la mano, la economía puede respirar hondo y crecer. Lo difícil es que alguien se anime a aflojarla.

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