Breve y resignado kit de supervivencia 2026/2030

¡Bienvenido, 2026! Pasá, acomódate nomás, sacate los zapatos y agarrá un cartón para abanicarte. No te prendo el ventilador porque sube la luz, y menos te puedo ofrecer una ducha fría porque el aumento del agua me ha dejado congelado.

Si pensabas que el 2025 había sido un desafío, preparate, porque el 2026 arrancó con las turbinas a pleno, succionando lo poco que quedaba en tu cuenta del BROU.

Aquí te dejamos una guía para sobrevivir a este año (y a los cuatro que quedan de este desastroso carnaval político/económico) con la frente en alto y los bolsillos vacíos.

Empezamos el año con los anuncios de rigor. Las tarifas suben «por debajo de la inflación», lo cual es un eufemismo técnico para decir: «Apagá el aire y bañate con un balde». ¡Ah pero los combustibles bajan!…¡0,23 centésimos! Lo que con relación al precio anterior, significa que tenés que comprar 432 litros de nafta para ahorrar 100$…que no te alcanzarán ni para un paquete de galletitas…

Y para los que buscaban consuelo comprando baratijas chinas, llega el hachazo a Temu. Ahora, ese masajeador de pies de 2 dólares que nunca pensaste comprar pero que pediste porque lo necesitabas para aliviar tu existencia, vendrá con un recargo digno de un artículo de lujo en la Quinta Avenida. Porque claro, el déficit fiscal se soluciona gravando tu adicción a las encomiendas de China.

¿Te acordás de la devolución del Fonasa? ¿Ese aguinaldo inesperado que usabas para pagar la tarjeta o, al menos, para comprar un par de cervezas artesanales y sentirte clase media por diez minutos? Bueno, la nueva política de «optimización» (otra palabra hermosa para decir «recorte») asegura que la única devolución que vas a recibir este año es la de los envases retornables en el almacén.

Horizonte 2030: El Plan de Dieta Forzosa
Mirando hacia adelante, el panorama hasta el 2030 es brillante… como el reflejo de la luz en un plato vacío. Nos quedan cuatro años de una gimnasia financiera envidiable. Para cuando termine este período de gobierno, los uruguayos vamos a ser expertos en alquimia moderna: convertir un sueldo mínimo en el pago de un alquiler, facturas varias y un paquete de arroz, sin morir de hambre en el intento.

Pero tranquilos, que todo es “por el bien del país”. Frase mágica que convierte cualquier ajuste en virtud patriótica y que los que “por eso los votaron y por suerte no gobierna la derecha” seguirán aplaudiendo incondicionalmente con las pocas fuerzas que les queden tras ver reducidos (a ellos también les tocará) sus recursos económicos para sobrevivir.

La Resignación: El Superpoder Nacional
Lo más fascinante de todo esto no es la economía, sino nosotros. Somos un caso de estudio para la NASA o para algún instituto de psiquiatría de vanguardia.
Ante el anuncio de un nuevo impuesto, el uruguayo promedio apela a su espíritu combativo: Se sienta en el sofá, abre Twitter (o X, o como se llame la red del pajarito muerto) y redacta un hilo de 14 publicaciones lleno de sarcasmo ácido. ¡Tiembla el poder!

Después de tres «RT» y un «Fav», sentimos que ya cumplimos con la patria. Hemos luchado, hemos resistido.

Al día siguiente, vamos al Abitab con la cabeza gacha, pagamos las tarifas y el aumento con una sumisión que haría llorar de emoción a un monje tibetano, y comentamos con el de la caja: «Y bueno, qué se le va a hacer… hay que seguir metiendo».

Nota para el exterior: El uruguayo no protesta, el uruguayo «se amarga». Y la amargura se cura con un mate amargo, generando un bucle infinito de retroalimentación melancólica que nos impide prenderle fuego a cualquier cosa que no sea el parrillero el domingo (si es que el carbón no subió un 400%).
Somos campeones mundiales de la resignación elegante. No rompemos nada, no gritamos mucho, no incomodamos. Aceptamos el ajuste como quien acepta un enero en Rivera con 45 grados a la sombra, sin aire acondicionado: con molestia, pegajosos de sudor y de mal humor, pero igual seguimos abanico en mano, porque “ya se van a ir estos desgraciados”, mientras que sabemos en nuestro interior (profundo) que su lugar va a ser ocupado por otros desgraciados de la misma calaña.

Así que, querido compatriota, brindemos por este 2026. Un año donde el Estado nos cuida tanto que quiere evitar que gastemos dinero en cosas innecesarias, como comer tres veces al día o tener lujos tan suntuosos como un ventilador en verano.

¿Y los consejos de supervivencia? Son esos: resignación, putear en Twitter, seguir haciendo malabares para llegar a fin de mes con la pericia digna de uno de esos tipos de los semáforos, y vaselina, mucha vaselina porque estos «nenes» recién empiezan y no dejarán esfínteres sanos…

El único (y magro) consuelo, es que, a los que los votaron y los aplauden, también les arderá…

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