Graziano Pascale
El petróleo, ese «excremento del diablo» como lo definió en los años 60 el ex ministro de Hidrocarburos Juan Pablo Pérez Alfonzo, ha sido al mismo tiempo bendición y condena para Venezuela. Fuente de su prosperidad en la segunda mitad del siglo pasado, lo fue también de su decadencia, corrupción, intervenciones extranjeras y pérdida de libertades al comenzar el siglo XXI.
El chavismo fue la última expresión de esa decadencia, nacida de la corrupción del bipartidismo Acción Democrática-COPEI que se alternó en el poder luego de la causa del régimen de Pérez Jiménez.
El joven militar Hugo Chávez encarnó en su época el descontento de la sociedad reflejado en las jóvenes camadas del Ejército, y si bien su intento de golpe de estado al estilo clásico fracasó, el descrédito de los partidos establecidos lo llevó rápidamente al poder.
En efecto, Chávez llegó a la presidente de Venezuela a través de elecciones libres, para imponer con el paso del tiempo un régimen cada vez más autocrático, al estilo de las dictaduras caudillistas clásicas del continente.
No pasó mucho tiempo para que ese movimiento renovador, que levantaba banderas de justicia social buscando derramar la riqueza petrolera a los sectores más humildes, terminara cayendo en la esfera de influencia de la Cuba de Fidel Castro.
Este columnista visitó Caracas en dos ocasiones. La primera en 1987, en ocasión de una actividad sobre periodismo y democracia auspiciada por una fundación alemana. El haber conocido en esa instancia a Carlos Alberto Montaner, y haber compartido con él actividades públicas e inolvidables conversaciones privadas, hicieron de aquel viaje un recuerdo para toda la vida. Aunque ya se percibían signos de hastío, la vitalidad y el entusiasmo que la bonanzas petrolera habia generador en círculos intelectuales eran evidentes.
La segunda visita ocurrió 15 años después. Chávez ya firmemente instalado en el poder, se aprestaba a su enésima victoria electoral, pero ahora ayudado por la inefable Tibisay y su recordado sistema informático de conteo de votos, que aseguraba la victoria del caudillo aunque el rival de turno -en este caso Capriles – cosechara más sufragios.
Ya entonces era visible en las calles la presencia de matones a sueldo piloteando motos de alta cilindrada, y -a un nivel más discreto pero admitido en círculos pequeños tanto por oficialistas como por opositores- el control cubano de los sectores claves de la sociedad: puertos y aeropuertos, fuerzas armadas y policiales y el equivalente a nuestras Dirección de Identificación Civil.
Fidel había conquistado un país más grande que el suyo sin disparar un solo tiro. Y gracias a esa operación militar de alto nivel, se aseguró los recursos económicos para mantener en pie a la dictadura luego del colapso soviético.
Lo que siguió es historia presente. Nicolás Maduro era el hombre de Castro en el corazón del gobierno de Chávez. Y así quedó demostrado en el manejo de la enfermedad del caudillo y en el proceso que desembocó en la presidencia de quien hasta entonces había sido ministro de Relaciones Exteriores.
A golpes de clientelismo, fraude, oposición a sueldo y reparto de cuotas de poder en el alto mando militar, el chavismo sobrevivió una década más, durante la cual Venezuela se abrió a intereses extra continentales. Esa maniobra arriesgada transformó lo que hasta entonces era un asunto apenas caribeño para Estados Unidos, en una cuestión de importancia estratégica clave.
La gesta de María Corina Machado y su Premio Nobel llevaron la cuestión por primera vez fuera del continente. Lo que se había tolerado más o menos en forma pacífica, llegó a un punto de no retorno.
Con Trump llegó la hora de la acción. Treinta años después de la captura de Noriega, también caído en desgracia por el tráfico de drogas, Estados Unidos sólo utilizaría el mismo pretexto para arrestar a Maduro, pero no repetiría la misma operación militar, basada en una invasión al estilo clásico. Y tampoco estaba dispuesto a seguir el «modelo Irak», con una presencia militar permanente.
El chavismo simplemente cambió de amo. La democracia puede esperar….y con Delcy ahora al mando, apuro no parece haber.
