Había una vez en un reino de esos donde el sentido común es el menos común de los sentidos, un Gran Personaje. No era solo un hombre; era una cumbre moral, un faro del intelecto y, sobre todo, el dueño de una soberbia tan vasta que necesitaba su propio código postal.
Un día, este monumento a la autocomplacencia decidió que conducir su propio carruaje era una tarea digna de su magnificencia. Nadie le advirtió que no tenía la menor idea de cómo sostener las riendas; después de todo, ¿quién osa cuestionar a alguien que se cree esculpido por los mismos dioses? Si él decidía que sabía manejar, es que la física y la lógica debían adaptarse a sus deseos.
Salió el Gran Personaje a los caminos, inflado de importancia, hasta que llegó a una encrucijada. Allí, las leyes de tránsito, esas minucias creadas para la plebe, dictaban detenerse. Pero él, envuelto en su aura de superioridad, pensó: “¿Frenar yo? Que frene el destino”.
Y el destino, lamentablemente, tenía la forma de un pobre diablo con una carretilla. Un tipo de esos que pagan impuestos con la puntualidad de un reloj suizo y cargan sus sueños entre el barro. El impacto fue seco, previsible y brutal. El trabajador terminó entre astillas y sangre, mientras el Gran Personaje apenas se sacudía el polvo de su túnica de seda, más molesto por el retraso que por la vida rota a sus pies.
Al ver que la realidad no encajaba con su imagen de perfección, el Gran Personaje activó su maquinaria favorita: el batallón de bufones y arlequines a sueldo. Estos parásitos de la opinión pública salieron a las plazas a gritar verdades alternativas:
• La Culpa es del Atropellado: «Ese siervo caminaba con una lentitud ofensiva», decían.
• Cuestión de Calzado: «¡Iba descalzo! ¿Cómo pretende tener derechos alguien que no usa zapatos?».
• La Trampa del Permiso: Se descubrió que el Gran Personaje no tenía el permiso real para conducir (estaba vencido, o quizás nunca existió), pero los bufones dieron vuelta la tortilla: «¡El que no tenía permiso para empujar una carretilla era el herido!».
El despliegue de cinismo fue tan orondo que los cortesanos se daban palmaditas en la espalda, convencidos de que el pueblo se tragaría el cuento de que el carruaje fue la víctima y la carretilla el agresor.
Pero ocurrió algo que los poderosos siempre olvidan: la gente tiene ojos. El boca a boca corrió más rápido que los caballos del carruaje. En las tabernas se hablaba de permisos vencidos, y de la prepotencia de un tipo que se cree Dios pero no sabe atravesar una calle.
¿Hubo justicia? Por supuesto que no. Al Gran Personaje le cobraron un par de monedas, cambio chico para él, le dijeron que no se volviera a repetir y que pidiera una autorización nueva al rey, y la cosa la dieron por terminada ahí.
El Rey, que parecía muy importante y al que mucha gente admiraba (aunque admiraban más al rey anterior) era en realidad un títere en manos de perversos consejeros, quienes le elegían hasta los calzoncillos y le indicaban exactamente lo que tenía que decir cuando hablaba con los plebeyos, no movió un dedo, mantuvo al Gran Personaje al frente de su territorio, a pesar de que algunos siervos con influencias pedían que fuera castigado con dureza y le quitaran sus tierras.
Sin embargo, algo cambió en el aire del reino:
1. La obediencia se volvió mímica: Los siervos seguían bajando la cabeza, pero por dentro se reían de la «superioridad» del amo.
2. El aura se esfumó: Ya no lo veían como un líder, sino como un peligro público con ínfulas.
3. La condena invisible: El tipo seguía en sus tierras, sí, pero rodeado de una indiferencia helada.
Moraleja: Puedes comprar a todos los bufones del reino para que cuenten tu historia, pero no puedes obligar al pueblo a que olvide el sonido de tus ruedas aplastando la verdad. Al final, el carruaje sigue andando, pero todos saben que quien lo conduce es un ciego moral.
