Confesiones de un odiador serial

Mirá, siendo franco y para no andar con más vueltas que un perro antes de echarse: mi relación con el prójimo es como la de un gato con una aspiradora. No importa si el aparato está desenchufado, guardado en el ropero o si es un recuerdo de la finada tía; que el adminículo exista ya me parece una falta de respeto a mi soberanía espiritual. Es así. No le busques la vuelta porque no tiene.
Mi odio es una obra de arte, una cosa prolija, como un dron con IA y detector láser que identifica cualquier humano en 10 cuadras a la redonda. Y acá te canto la justa de por qué:
Los que me llevan la contra: Me caen como patada en los huevos. ¿Quiénes se creen que son para cuestionarme? Se ve que su misión en la viña del Señor es llevarme la contra para ver si me explota la vena de la frente. Unos desubicados.
Los que me dan la razón: A estos los detesto con más esmero todavía. ¡Qué falta de osamenta intelectual, por favor! Son como sombras sin criterio, diciendo «sí, cómo no» a cualquier animalada que escupo. Me dan ganas de decir que el sol sale por el norte solo para ver si asienten ¡y lo hacen, los muy giles, con una mirada de compasión como pensando: “a los locos hay que correrlos para donde disparan”!
Los que me hablan: ¡Qué falta de ubicación geográfica! ¿No ven que estoy ocupado odiando en silencio? Sus palabras son un ruido al cuete, una interferencia que me corta el mambo de mi monólogo interno sobre lo mucho que me rompe las que te jedi la rotación de la tierra y el precio de la yerba.
Los que no me hablan: ¡Mirá los cracks! ¡Se vienen a hacer los misteriosos! Me ignoran como si yo fuera un contenedor de basura en 18 de Julio. El silencio también es una agresión, y yo lo recibo con los dientes apretados, masticando el aire para no morder a nadie.
Cruzarme con un semejante en la vereda es un deporte extremo. Odio al que camina como tortuga con reuma porque me tranca el paso, y odio al que va rápido porque parece que tiene un destino más importante que el mío. Mi odio es preventivo: odio por las dudas, por si se le ocurre respirar el mismo oxígeno que yo estoy usando.

Vos me podrás decir: «Che, si intentaras querer un poquito a la gente, capaz que andarías de mejor semblante». Y capaz que sí, capaz que andaría por ahí repartiendo abrazos como un nabo. Pero ahí está el detalle. Estoy tan acunado en este refugio de bilis y mal humor que ya es parte de mi ADN. El odio es… cómodo. Es calentito, como una frazada vieja que pica pero abriga. Cambiar me da un julepe que me deja mudo.

Mi miedo es que si algún día me vuelvo una persona luminosa y empática, me voy a odiar por eso. Me voy a mirar al espejo y me voy a decir: «¡Mirá lo bien que estás, pedazo de traidor, que renunciaste a tu esencia de vinagre!». Y ahí arranco de nuevo. Es un bucle, un ida y vuelta por la misma huella. Si dejara de odiar, me amargaría por no tener nada de qué quejarme, y esa amargura me llevaría a odiar a todos de nuevo, y así eternamente…

Consejos para convivir con un odiador serial:
La Ley del Saludo:  Si me decís «¡Buen día!», voy a pensar que sos un optimista de mierda. Si me ignorás, sos un maleducado. La solución: hacé un ruidito con la garganta, un carraspeo tipo tic nervioso. O levantá la barbilla ligeramente mientras me mirás en silencio. Una zona gris donde mi odio no sepa para dónde disparar.
La Trampa de la Opinión: Si te pregunto algo, ya perdiste. Si coincidís, sos una «foca aplaudidora». Si discrepás, sos un «contra» de nacimiento. Estrategia: tirame una frase de esas que no dicen nada, tipo: «Jamás he negado lo contrario». Me deja recalculando como gps sin señal y me olvido de odiarte por cinco minutos.
No me quieras «arreglar»: Nada de psicología de esa que flota ni de «vibrar alto». Yo vibro como heladera vieja en piso de tierra. Si lográs que me sienta bien, me voy a recalentar por haber perdido tiempo estando de buen humor.

Básicamente no tengo arreglo, pero…
Al final, tanta queja no es más que una manera torpe, exagerada y medio payasesca de admitir que, en el fondo, nos importamos. Que si gruñimos, bufamos y levantamos la ceja es porque el otro existe, porque está ahí, porque forma parte del mismo barco medio agujereado en el que viajamos todos.

Detrás de este personaje cascarrabias de utilería hay algo bastante menos épico: ganas de entendernos, de no resignarnos al “sálvese quien pueda”, de encontrar un poco de calma en medio del ruido, los gritos y las pantallas encendidas.

Capaz que no se trata de dejar de odiar cada pavada, porque eso sería pedirle peras al olmo, sino de aprender a reírnos de nuestras propias manías, a mirarnos con más paciencia y menos dedo acusador. Entender que no somos enemigos: somos vecinos, compatriotas, compañeros involuntarios de esta aventura llamada país.

Mientras tanto, arriba del escenario grande, los que dicen representarnos fingen una tolerancia como quien actúa en una obra mal ensayada. Se sonríen, se dan la mano, se sacan fotos… y después se clavan cuchillazos por debajo de la mesa, mientras el escenario se prende fuego.
Ellos sí parecen odiarse en serio. Nosotros, no.

Lo nuestro es más bien una pose, un desahogo, una forma criolla de decir “me importa, aunque me haga el duro”. Porque si de verdad nos diera todo igual, ni siquiera perderíamos tiempo en quejarnos.

Capaz que ya va siendo hora de gastar menos energía en mirarnos mal entre nosotros y más en pensar juntos cómo arreglar este quilombo elegante en el que estamos. De odiarnos un poco menos, escucharnos un poco más, y recordar que ningún país sale adelante a base de bronca, cinismo e intolerancia.

Al final, tal vez no odio a nadie.
Tal vez solo estoy pidiendo, a los gritos y con humor torcido, que no nos rindamos los unos con los otros.
Y eso, mirá vos, ya es una forma bastante decente de querernos.

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