El último viaje

El café de la mañana ya no sabe a café, sabe a duda. Julián miró la taza y, por un segundo que pareció una eternidad, no supo si le faltaba azúcar o si ya lo había puesto. Esas pequeñas grietas en la realidad eran cada vez más profundas. No era solo olvidar las llaves; era olvidar para qué servían las llaves.

Antes de que el invierno definitivo se instale en su cabeza y borre los nombres de sus hijos o el color de los ojos de su esposa, Julián decidió que necesitaba volver a su pueblo. No para recordar, sino para despedirse de lo que aún le pertenece.

El viaje en ómnibus fue un ejercicio de paciencia. Cerraba los ojos con fuerza, repasando mentalmente el mapa del pueblo como quien intenta retener agua entre las manos abiertas. «La plaza, la iglesia, el cine, el liceo». Se lo repetía como un rezo, temiendo que, al abrir los ojos, el paisaje hubiera cambiado o, peor aún, que él ya no supiera dónde estaba.

Al llegar, el aire le golpeó la cara con una familiaridad dolorosa. El pueblo estaba igual que siempre, pero él se sentía un extraño habitando un cuerpo traidor. Caminó hasta la casa de su infancia. La pintura descascarada de la puerta le recordó sus rodillas raspadas a los ocho años. Tocó la madera fría y lloró, no de tristeza, sino de rabia.

«Lo más cruel de esta enfermedad no es olvidar», pensó mientras acariciaba el marco de la puerta, «es ser consciente del momento exacto en que los recuerdos se deshacen, como un libro al que el viento le arranca las páginas justo cuando vas por la mitad».

Se sentó en el banco de la plaza, el mismo donde le pidió a Elena que se casara con él. Allí, rodeado de fantasmas que solo él podía ver, sacó una pequeña libreta. Sus manos temblaban, no por la edad, sino por la urgencia. Escribió nombres, fechas, el sabor de las cerezas en verano y el sonido de la risa de su madre.

Sabía que pronto esa libreta sería un objeto extraño, un conjunto de garabatos escritos por un desconocido. Pero hoy, bajo el sol tibio de la tarde, Julián se permitió ser el dueño de su historia una última vez.

Se levantó despacio, miró el paisaje y susurró un «gracias» al aire. Emprendió la vuelta caminando hacia la terminal. Ya no importaba si mañana olvidaba el camino de regreso; hoy, por fin, había vuelto a casa.

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Se sentó en el asiento viejo pero cómodo del ómnibus para emprender el regreso a la ciudad, donde vivía sólo, hacía varios años, con sus hijos visitándolo todos los días y leyendo en ellos la preocupación creciente, cada vez que lo veían y se sorprendían con detalles tales como encontrar un balde de plástico sobre una hornalla apagada, o constatar que había una canilla abierta quien sabe desde cuando… Con el movimiento oscilante del ómnibus como metrónomo, sacó una libreta y empezó a escribirse una carta a si mismo:

Para cuando no sepas quién sos
Hola, Julián.
Si estás leyendo esto y no reconocés la letra, no te asustes. Soy yo, o lo que quedaba de mí (y de ti) una tarde de abril. Te escribo para decirte que finalmente me animé a ir al pueblo. Acabo de tocar la madera de nuestra vieja puerta y todavía tengo el olor del campo y los eucaliptus en la nariz.

Sé que ahora mismo te sentís como si estuvieras en una habitación a oscuras buscando un interruptor que no existe. No te esfuerces. No te castigues por no saber cómo se llama la mujer que te trae la sopa o por qué ese hombre alto te abraza llorando.

Solo quiero que sepas tres cosas, por si las palabras ya no te salen:
Amaste mucho. No recordás los nombres, pero ese calorcito que sentís en el pecho cuando alguien te toca la mano es el eco de cincuenta años de amor.
Fuiste libre. El camino que hoy caminás a ciegas, lo recorriste antes con los ojos bien abiertos. No te falta nada, ya lo viviste todo.
No estás vacío. Aunque los nombres se borren, el hombre que fuiste sigue ahí, en la forma en que sonreís o en cómo te gusta mirar la lluvia.

No te desesperes por encontrarme. Yo ya me quedé aquí, en el pueblo, guardado en el reflejo de la plaza. Quedate tranquilo. No estás perdiendo la vida, solo estás soltando el equipaje para irte más liviano.»

Dobló el papel con cuidado y lo metió en el bolsillo interior de su chaqueta, justo encima del corazón, esperando que, aunque su mente fallara, el cuerpo tuviera memoria suficiente para encontrarlo.

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