Hay gestos que ordenan una reunión mejor que cualquier comunicado oficial. Por ejemplo, pedir que todos dejen los celulares afuera.
No es censura, aclaran; es concentración.
Tampoco es desconfianza; es protocolo.
Tampoco es secreto de Estado; es intimidad diplomática. Y no es que no se quiera que trascienda nada; es que algunas cosas funcionan mejor cuando no trascienden.
Es, en el fondo, una forma de pedagogía moderna. Primero se ordenan los objetos y después, con suerte, las conversaciones.
Y desde luego no es una costumbre importada: es una coincidencia cultural, muy profunda entre Uruguay y China, que al parecer tenemos muchas y todas ellas desconocidas.
Así fue el almuerzo entre Yamandú Orsi y Xi Jinping.
Un gesto solemne, austero, casi espiritual. Nadie grabó nada. Nadie tuiteó nada. Nadie filtró nada. La única consecuencia práctica del protocolo fue que algunos empresarios nunca llegaron al almuerzo. Sin celulares, no hubo forma de pasarles la ubicación. Se quedaron esperando en un lobby, convencidos de que el problema era el tránsito y no la diplomacia.
Por otra parte, sin celulares de por medio, cada uno quedó en libertad de contar su propia versión de la reunión, que es una forma elegante de decir que todos tienen razón al mismo tiempo, lo cual, tratándose de política, ya es toda una definición ideológica.
(Guardar tip: para la próxima vez, darle walkie-talkies a todos, o la menos vasitos de cartón atados con piola).
La escena tiene algo reconfortante. Un presidente uruguayo, un líder chino y una mesa limpia de teléfonos porque no dejaron que los entren. Como si el verdadero problema del mundo fueran las notificaciones y no el contenido de lo que se habla. Como si apagando el celular también se apagara la realidad. Una suerte de mindfulness geopolítico, versión siglo XXI.
(Guardar tip: si no se habla de un tema, no existe).
Orsi, según se supo después, hizo referencia a Donald Trump y a la famosa “ley de la selva”. Esto fue contado por alguien, no está claro quién, y como a esta altura sospechan sin registros visuales ni sonoros que permitan confirmarlo o desmentirlo. Una ventaja notable de las reuniones sin celulares: todo es cierto hasta que alguien cuente otra versión. Y, además, una suerte, porque si Trump se enoja siempre se le puede decir que pruebe que Orsi lo dijo, al contrario de lo que afirma la declaración conjunta con China, donde quedó negro sobre blanco que todos los orientales, los de acá y los de allá, estamos unidos, alineados y del mismo lado, sea cual sea.
(Guardar tip: la unidad es más creíble cuando no se entra en detalles).
Desde el gobierno se transmitió el encuentro como un éxito. Y hay que reconocerlo: no cualquiera logra reunirse con Xi Jinping sin celulares, y volver sin que se sepa exactamente qué se dijo. Eso requiere disciplina, confianza y una noción bastante flexible de la transparencia.
(Guardar tip: si no hay información, siempre se puede hablar del clima del encuentro).
La oposición, por supuesto, miró con recelo. Dijo que hay que tener cuidado, que China no regala nada, que los silencios también comunican. Todo muy previsible. La oposición siempre sospecha cuando el gobierno sonríe mucho y habla poco. Es su trabajo. El gobierno, en cambio, sonríe y habla poco porque gobierna, que es una actividad cada vez más compatible con el silencio.
(Guardar tip: discutir el tono evita discutir el contenido).
Hay algo admirable en esta nueva diplomacia minimalista. Antes, los encuentros dejaban documentos, fotos, frases históricas. Ahora dejan sensaciones. Buen clima. Sintonía. Una charla franca. Detalles que no trascendieron. Es política internacional en versión resumida: no sabemos qué pasó, pero tal vez pasó algo importante.
(Guardar tip: lo importante siempre se confirma después).
El gobierno insiste en que Uruguay no se alinea, dialoga. No toma partido, escucha. No se somete, se vincula. Todo muy equilibrado. Tan equilibrado que, a veces, cuesta saber dónde está parado. Pero eso también es una forma moderna de soberanía: moverse poco para no caerse.
(Guardar tip: para que esto sea perfecto, recordar no firmar más declaraciones).
El gesto de dejar los celulares afuera empieza a adquirir un valor simbólico. Tal vez no fue solo una medida de seguridad. Tal vez fue un ensayo general. Un mensaje. Una pedagogía sutil. Primero se dejan los teléfonos. Después, quién sabe, las preguntas incómodas. Y con suerte, más adelante, las explicaciones.
(Guardar tip: pedirle más consejos a los chinos).
Porque si algo enseña este episodio es que, en el mundo que viene, la información es peligrosa, la transparencia es negociable y el silencio, bien administrado, paga dividendos. Especialmente cuando se lo presenta como madurez política.
(Guardar tip: cuanto más adulto el argumento, menos falta hace explicarlo).
En definitiva, Uruguay dialoga con China, reflexiona sobre Trump, evita la selva y guarda los celulares.
Un país chico, ordenado, prolijo.
Tan prolijo que a veces parecemos chinos.
Hasta la próxima, si es que hay…
