Soñé que las patrulleras no venían, pero igual servían.

Soñé que el país no iba a tener patrulleras.
Y, lo más raro, es que a nadie parecía importarle demasiado.

En el sueño, los barcos los tenía que construir Cardama.
O estaba en eso.
O estaba cerca.
O estaba en condiciones de avanzar, ni bien se acomodaran un par de detalles sin importancia. Cosas chicas. El tiempo, el contrato… la realidad.

No era un sueño agradable. Ni siquiera uno de esos que a uno le da pudor admitir. Era simplemente un sueño político, que es bastante más incómodo.

Pero ya no se hablaba de esperar.
Ahora se hablaba de rescindir.

Rescindir es una palabra fuerte. Suena a decisión. A alguien golpeando la mesa. Aunque en política —y en los sueños— suele significar otra cosa: cambiar el discurso sin mover demasiado el resto.

La explicación oficial eran los incumplimientos de Cardama.
Varios.
Evidentes.
Y, con el correr de los días, cada vez más oportunos.

Porque no era solo que Cardama no hubiera cumplido.
El problema verdadero era que alguien lo había contratado.

Y ese alguien ya no estaba donde solía estar antes, y su jefe tampoco.

En el sueño, desde el gobierno explicaban que el negocio había nacido mal. Que el diseño original era flojo. Que las cláusulas eran discutibles. Que los controles habían sido laxos. Todo eso, aclaraban con énfasis, antes. En otra vida. En otro gobierno.

Ahora no.
Ahora se estaba actuando.

Con firmeza.
Con responsabilidad.
Con una prolijísima retrospectiva.

Yo escuchaba e intentaba seguir el hilo. Porque hasta hacía nada Cardama era un proveedor estratégico. Después pasó a ser una herencia complicada. Y mañana, probablemente, un ejemplo didáctico, con expediente, abogados, peritos y un juicio seguro que alguien va a perder —aunque eso, para nosotros los que soñamos, no esté tan claro. Porque para Cardama y para el gobierno el asunto ya está saldado desde ahora: pierde el otro.

Decían que rescindir no era un fracaso.
Era una decisión madura.

Que no implicaba admitir un error propio, sino corregir uno ajeno.
Que no se perdía tiempo ni plata.
Que, en realidad, se ganaba transparencia.

Nadie mencionaba que los barcos no estaban.
Eso quedaba para la letra chica.

En el sueño, Cardama ya casi no hablaba. Había pasado a ser una figura útil pero difusa. No tanto un incumplidor como una herramienta narrativa. Algo que servía para marcar distancia. Para decir “nosotros no”. Para ordenar responsabilidades hacia atrás.

El gobierno repetía que no se podía seguir adelante con un contrato así. Que había que dar una señal. Que el Estado no podía tolerar incumplimientos. Todo dicho con voz grave, como quien lee un comunicado sabiendo que suena bien.

Yo traté de acordarme cuándo se había empezado a tolerar todo eso.
Y si en este gobierno también se había tolerado.
Pero en el sueño ese tipo de preguntas no ayudaban.

La rescisión avanzaba.
Los comunicados salían.
Las culpas se acomodaban prolijamente en la línea del tiempo.

El pasado se equivocó.
El presente corrige.
El futuro… bueno, después vemos.

Busqué algo concreto. Algo que flotara.

Encontré un papel.

No era un barco.
No era un astillero.
Era el contrato.

Firmado.
Pagado en parte.
Ahora casi rescindido.

El papel estaba intacto.
Los barcos, no.

Ahí entendí todo.

Era importante que los barcos llegaran.
Pero si no llegaban, era mucho mejor que no llegaran por culpa de otros.

Me desperté con esa sensación rara que dejan algunos sueños.
Esos en los que todo sale mal,
pero igual alguien aparece a explicar que salió bien.

Todavía estaba en la cama cuando sonó el despertador, y ahí quedó claro que, a diferencia de los barcos, los sueños no se rescinden ni se explican, y mis obligaciones tampoco.

La realidad no tiene relato. Tiene horario.
Y aunque uno sueñe con contratos, rescisión y culpas ajenas, igual hay que levantarse, ir a trabajar, con barcos o sin barcos, porque los comunicados flotan solos, pero la vida no.

Hasta la próxima si es que hay…

 

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