El rostro de una extraña

Hay días en que la miro y la veo. Está ahí. Mi hija. La de siempre. La que conozco de memoria. La que podría dibujar con los ojos cerrados, marcando una por una sus pecas, el gesto leve que hace cuando sonríe, esa forma suya de inclinar la cabeza cuando escucha.

Y de pronto, no sé cómo explicarlo, ya no está…
La cara es la misma, pero no. Es como si alguien hubiese entrado en su cuerpo mientras yo pestañeaba. La expresión cambia apenas, algo mínimo, y a mí se me hiela la sangre. Esa mirada ya no es la que conozco. Ese rostro ya no le pertenece. Se vuelve ajeno. Frío. Desconocido. Y yo me quedo ahí, sintiendo un miedo que me da vergüenza confesar.

Me pasa tan seguido que empecé a temer esos cambios. A veces estamos hablando de cualquier cosa, y en medio de la frase siento que la perdí. Que ya no es ella. Entonces le pregunto, con una desesperación que trato de disimular pero no me sale:
-¿Quién sos? ¿Dónde está mi hija?
Y ella me mira, confundida, herida, y me dice:
-Papá, soy yo. Yo soy tu hija.
Lo dice suave. Con paciencia. Como si yo fuera el que no entiende.

Pero no. No puede ser. Yo la tuve en brazos tres horas el día que nació. Tres horas hablándole sin parar, como un loco enamorado de una vida que recién empezaba. La recuerdo con los ojos enormes, abiertos, no sé si mirándome o simplemente siguiendo esa voz que ya conocía de cuando le hablaba todas las noches, apoyando la mano en la panza de su madre, imaginando su carita.

La recuerdo recién nacida, llorando sobre el pecho tibio de su mamá. Recuerdo que le dije: “¿Qué pasa, mi amor? ¿Por qué llorás?” Y juro que dejó de llorar. Juro que abrió los ojos y se quedó quieta unos segundos, como si me estuviera buscando. Después volvió a llorar, claro. Pero ese instante fue nuestro. Lo guardé entero. Lo sigo viendo.

¿Cómo no voy a reconocerla?
¿Cómo me va a decir esa mujer que tengo enfrente, que es mi hija, cuando yo sé exactamente cómo es ella?

Y sin embargo, cada vez esos momentos son más frecuentes. Más largos. A veces casi constantes. Estoy sentado al lado de ella y al momento siguiente siento que fue sustituida por una extraña. Me pregunto si es un truco cruel de la mente. Si estoy viendo cosas que no existen. Si la que cambia es ella… o si el que se está desconectando soy yo.

Lo que más me desarma es que, cuando digo que no es mi hija, sus ojos se llenan de lágrimas. Siempre igual. Como si la estuviera lastimando de verdad. Y me abraza. Me abraza con una ternura que no puede fingirse. Una ternura antigua, de años compartidos, de risas, de historias, de domingos cualquiera.

Y en ese abrazo, por un segundo, quiero creerle. Quiero creer que soy yo el que está confundido. Que no hay ninguna extraña. Que la estoy perdiendo solo en mi cabeza.

Pero después vuelvo a mirarla… y otra vez la duda.

A veces me quedo despierto pensando si no estaré volviéndome loco. Si mi memoria, que siempre fue mi orgullo, ahora no me está traicionando en lo más sagrado. Me da miedo decirlo en voz alta. Me da miedo que un día la mire y ya no la reconozca más.

Lo peor no es la confusión. Es esa pequeña grieta que se abre cuando la veo llorar por algo que yo digo. Esa certeza de que, si estoy equivocado, la estoy hiriendo. Y si no lo estoy… entonces no sé qué es peor.

Hay noches en que repaso su rostro de bebé para no olvidarlo. Como si eso pudiera anclarme a algo firme. Como si la memoria fuera una cuerda y yo todavía pudiera agarrarme fuerte.

No sé qué está pasando. Solo sé que tengo miedo. Y que cada vez que su cara se vuelve extraña, siento que me estoy perdiendo un poco más.

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