Un amigo me dijo un día:
-¡Qué cagada! ¡Mi mujer quedó embarazada!
-¿Por qué “cagada”? ¿No es tuyo?
-Sí, es mío.
-¿Entonces?
-Es que un hijo nos va a cambiar, nos va a joder la vida.
-No seas idiota. Un hijo te cambia la vida, sí, pero para mejor. Ya vas a ver.
Más o menos así fue la charla antes de que naciera su primer hijo. Una nena preciosa. Y ahí lo perdimos. Apenas nació, el tipo se volvió insoportable, pesado, monotemático. Si movía un pie era noticia mundial. Si hacía caca, comunicado oficial. Si lloraba, análisis profundo. Si abría los ojos, milagro. Si vomitaba, epopeya. Era agotador escucharlo… pero también era evidente que estaba enamorado de su hija hasta la médula.
Un día le pregunté:
-¿Y aquello de que te iba a joder la vida?
Se rió. Admitió que yo había tenido razón.
Tanto le cambió la vida que al poco tiempo estaban buscando el varón. Y llegó.
Ahí ya no había dudas. Mi amigo era el tipo más feliz que uno podía imaginar. Laburaba, corría, se desvivía por esos dos gurises. Vivía cansado, sí. Pero feliz. De esa felicidad sencilla y ruidosa que dan los hijos chicos. Pero…
Siempre hay un pero.
Su esposa empezó con frecuentes “reuniones de trabajo” de noche. “Entrenamientos” después del horario laboral. Viajes a Montevideo para actualizarse como promotora. Cada vez más frecuentes. Cada vez más largos. Cada vez más raros.
Un día me dijo, con la voz quebrada:
-Mi mujer me está jodiendo. Ayer me fui de casa.
Pero lo que más le dolía no era la traición, ni el orgullo herido. Era el no ver a sus hijos todos los días. Eso lo desarmaba.
Llegó el divorcio.
Los niños se quedaron con la madre. Por supuesto.
Y ahí empezó el calvario.
Ella, por motivos que nunca entendí del todo, lo empezó a odiar. Pero a odiar en serio. La pensión alimenticia tenía que estar el día exacto. Si se atrasaba veinticuatro horas, escándalo. Amenaza. Juicio. Le tocó más de una vez pedir plata prestada para cumplir en fecha, no por comodidad, sino por miedo. Porque el sistema no perdona al que paga tarde, aunque esté haciendo malabares para llegar.
Ahora, cuando le tocaba ver a sus hijos, empezaban las excusas. Que se olvidó. Que estaban enfermos. Que tenían cumpleaños. Que surgió algo. Que no era el día que él decía. Siempre había una razón. Siempre. Los gurises como moneda de cambio. Como castigo. Como herramienta.
El tipo que antes irradiaba alegría se volvió una sombra. Ojeras permanentes. Flaco. Descuidado. Con esa tristeza seca que no hace ruido pero te come por dentro.
Así estuvo casi dos años. Pagando religiosamente. Aguantando. Esperando que cumplir con todo le garantizara algo tan básico como ver a sus hijos con frecuencia. Pero el odio de ella parecía encontrar placer en prohibirle ese contacto.
Y acá es donde la historia deja de ser solo personal.
Porque la ley, tal como funciona en la práctica, le otorga a la madre un poder casi absoluto sobre los hijos después del divorcio en la mayoría de los casos. No hablo de proteger a los niños cuando hay violencia o abandono. Eso es otra cosa. Hablo de situaciones donde no hay maltrato, donde el padre quiere estar, quiere criar, quiere participar, y sin embargo queda supeditado a la voluntad, o al humor, de la madre.
Se supone que la norma protege el interés superior del niño. Pero en la realidad, muchas veces termina consolidando un desequilibrio brutal. El hombre paga sí o sí. Y está bien que lo haga. Los hijos no son gratis ni opcionales. Pero el vínculo, el derecho a criar, a compartir la vida cotidiana, no debería depender del capricho de nadie.
Cuando una ley permite que un padre cumplidor quede a merced de excusas inventadas, cuando no garantiza mecanismos ágiles y efectivos para asegurar el contacto real con sus hijos, algo está fallando. Y no es un detalle menor. Es estructural.
Lo más inquietante es el silencio. Gobierno, oposición, organizaciones de derechos humanos… pocos se animan a tocar el tema de fondo. Parece incómodo. Parece políticamente incorrecto admitir que hay hombres que también son víctimas de injusticias familiares. Y mientras tanto, miles atraviesan procesos similares, en soledad, con la sensación de que el sistema los mira como sospechosos por defecto.
Mi amigo fue rehén de esa dinámica. Lo mereciera o no, quedó atrapado en un juego donde la otra parte tenía la llave.
Pero esta historia, contra todo pronóstico, tuvo un giro.
Un par de años después, el famoso motivo de los “entrenamientos” le propuso a ella vivir juntos. Ella aceptó. Pero lo que el sr. «reuniones de trabajo nocturnas» no aceptó fueron los hijos. No los quería en la casa.
Y ahí la balanza empezó a inclinarse. De a poco, ella empezó a “dejárselos” más seguido al ex. Mi amigo pasó de meses sin verlos a tenerlos casi todos los días. Solo cuando el otro viajaba a Montevideo, cosa que por su profesión debía hacer frecuentemente, ella se permitía pasar un día con ellos. Cuando él estaba en casa, los gurises tenían que irse a la casa de su (exultante) padre.
Con el tiempo, los hijos crecieron. Y los hijos ven. Escuchan. Comparan. Sienten. No son tontos. Se dieron cuenta de dónde había paciencia, dónde había afecto, dónde había coherencia. El nuevo “novio de mamá” no les caía bien. Y fueron eligiendo, de manera natural, quedarse cada vez más con su padre. Hasta que prácticamente no se separaron más.
El otro día lo vi caminando por la vereda, acompañado de su hija, ya adolescente. Iban hablando animadamente, riéndose de algo que no escuché. Él no me vio. Pero yo sí lo vi a él. Y sentí una felicidad enorme por los dos.
Porque a veces, pese a la injusticia, pese a las leyes mal diseñadas, pese al dolor innecesario, el amor termina encontrando su lugar. Pero eso no debería depender de la suerte. Ni de la actitud de una nueva pareja. Ni del paso de los años. Un vínculo entre padre e hijos tendría que estar protegido por el sistema. No castigado por él.
