La frase “¡Ha muerto el Rey, viva el Rey!” nació en la monarquía francesa para expresar que el poder nunca queda vacante. En los mercados ilegales y sobre todo en el Narco ocurre algo similar.
Las organizaciones criminales no dependen de una sola persona, sino de redes, incentivos económicos y verdaderos mercados que siguen funcionando incluso cuando uno de sus líderes desaparece, incluso se potencian.
La reciente captura de Sebastián Marset fue presentada como un golpe decisivo contra el narcotráfico regional. Ministros actuales y anteriores compiten para ver quien hace la mejor celebración en redes sociales, mientras se adjundican victorias que no le pertenecen.
Gobiernos celebraron la caída de uno de los nombres más notorios del crimen organizado, quien estaba subido al podio de la Drug Enforcement Administration (DEA), ocupando la medalla de bronce. Sin embargo, la historia del narcotráfico enseña una lección incómoda, cuando cae un capo, otro ocupa su lugar casi de inmediato.
Para quien le interese, vasta literatura existe sobre la materia, pero alcanza con leer las obras de Ioan Grillo o Anabel Hernández García para saber y conocer que lo que se ve es solo la punta de un iceberg.
La historia ha dejado en claro que el Narco no sobrevive a la sombra de una figura aislada, ni del capi di tutti capi, se trata de una industria que abre y cierra su círculo en un circuito homogéneo, con tentáculos que se extienden a un mundo por demás heterogéneo.
Empecemos por el caso popular de la serie de Netflix, Pablo Escobar. Su muerte en 1993 fue presentada como el final del poder del Cartel de Medellín, tras la caída del sicario y guardaespaldas “Limón” y con la clásica foto del Bloque de Búsqueda rodeando el cadáver del capo narco.
Durante un breve momento pareció que el Estado colombiano había derrotado al narcotráfico. Pero el vacío fue rápidamente ocupado por nuevas organizaciones, entre ellas, el Cartel de Cali de los hermanos Rodríguez Orejuela, que tomó gran parte del negocio y expandió sus redes internacionales.
Algo similar ocurrió tras la caída del “Jefe de jefes” Miguel Ángel Félix Gallardo y uno de sus herederos, Amado Carrillo Fuentes, “El Señor de los Cielos”, líder del Cartel de Juárez. Tras su muerte en 1997, el cartel no desapareció, otro jefe, El Viceroy, hermano del fallecido Amado ocupó el espacio -no con el mismo éxito-, mientras nuevos grupos criminales surgían para disputar rutas y territorios.
Es que el mercado no conoce de espacios vacíos ni impases, si alguien no lo cubre aparecerá quien ocupe la vacante, “el producto” cruzará la frontera sin importar quién es quien maneja, son negocios, no conoce de jefes, just business.
La captura de Joaquín Guzmán, líder del Cartel de Sinaloa (junto con Ismael “Mayo” Zambada), tampoco significó el final de esa organización. Por el contrario, el cartel continuó operando bajo nuevas figuras de liderazgo, demostrando que estas estructuras funcionan más como empresas descentralizadas que como imperios personales.
La razón es sencilla y ya fue adelantada, el narcotráfico es, ante todo, un mercado. Mientras exista una demanda global gigantesca y márgenes de ganancia extraordinarios, siempre habrá individuos dispuestos a ocupar el lugar del que cae. La represión estatal puede eliminar nombres y rostros, pero rara vez logra eliminar los incentivos económicos que alimentan el negocio.
De hecho, si observamos la evolución presupuestal de la DEA, de acuerdo a su página web dea.gov, el presupuesto aproximado en el año 1980 era de 207 millones de dólares anuales, en el año 1990 triplicó a 654 millones, en el 2000 a 1.587 millones y en el año 2020 duplicó este último número a 3.280 millones de dólares, y todo eso viendo al Narco crecer.
Por eso, la caída de un capo suele tener más valor simbólico que estructural. Cambia titulares, altera temporalmente equilibrios internos y desencadena disputas por el poder. En términos sencillos, es como cambiar de entrenador en un equipo de fútbol, el plantel es el mismo, cambiará la táctica y nombres dentro de la cancha, pero el club no desaparece.
Aquí el sistema permanece. Las rutas siguen existiendo, el dinero sigue circulando y las organizaciones se reorganizan.
Lamento ser el aguafiestas y tener que dar estas visiones que los medios mainstream jamás dirán, pues, resulta más cómodo solo festejar cuando el villano cae en manos del héroe y tapar bajo la alfombra una realidad que se impone con claridad.
En ese escenario, la captura de Marset muy probablemente no sea el final de una historia, sino apenas un capítulo más. Porque cuando un rey del narcotráfico cae, otro ya está listo para ocupar su trono.
Incluso, en ese mundo, la coronación del sucesor ocurre antes de que el anterior haya terminado de caer.
Porque, al final, el Narco nunca muere.
