«Los políticos son nuestros empleados» (Una mentira genial)

Hay una frase del folclore político que se repite con una seriedad conmovedora: “Los políticos son empleados del pueblo”.
Empleados… ¡las pelotas!

Pongamos la escena en un terreno que todos entendemos. Supongamos que te contratan en una empresa de programación de lenguajes avanzados. El problema es que vos no entendés absolutamente nada. Cero. Ni una línea de código, ni un comando, ni cómo prender la computadora sin ayuda.
¿Qué hace tu jefe?
Exacto. Te despide.
No importa si mentiste en el currículum, si exageraste tus habilidades o si directamente sos un inútil completo. La empresa no te puede tener cinco años calentando la silla mientras otros hacen tu trabajo.

Ahora comparemos con la política.
El político llega, se instala, y…¡listo!. No tiene que demostrar conocimientos, ni competencia, ni demasiada cosa que se parezca a una habilidad concreta. Una vez que consiguió el carguito, puede pasarse cinco años literalmente rascándose las pelotas que el sueldo, ¡y qué sueldo!, le cae todos los meses en la cuenta bancaria, puntual y generoso.

¿Que resulta ser incompetente? Tranquilo. Eso tampoco es problema. Para eso están los asesores, los secretarios, los consultores y todo ese pequeño ecosistema de gente pagada para hacer el trabajo que él no sabe hacer.
Y si además decide que tiene una teoría extravagante sobre cómo funciona el mundo, mejor todavía. Supongamos que una tarde se levanta convencido de que los días nublados deprimen a la población y que, en consecuencia, el Estado debe obligar a los ciudadanos a usar ropa de colores brillantes cuando el cielo esté gris. Presenta el proyecto, logra que se convierta en ley, y desde ese momento todos los habitantes del país, esos que supuestamente son sus “jefes”, tienen que salir a la calle vestidos como un semáforo para evitar una multa. Es decir: el empleado legisla contra sus empleadores, y recauda a cuestas de algún distraído que salió vestido con colores formales.

Imaginá ahora algo parecido en una empresa. Te contratan el lunes y el martes empezás a cambiar todos los procedimientos internos, aunque eso perjudique el funcionamiento o directamente lleve la empresa a la quiebra. Y cada vez que tomás una decisión absurda, el directorio te aplaude.
No existe.
En el mundo real las reglas son bastante más simples:
Faltás al trabajo: despido.
Vas pero te pasás todo el turno tomando mate: despido.
No rendís lo suficiente: despido.
No tenés idea de cómo funcionan las cosas: despido.

Ahora pensá en un político que no sirva para nada.
¿Lo despiden?. No.
Lo reubican. Lo protegen. Lo esconden en algún cargo de menor visibilidad o lo sostienen con el respaldo de su partido. Siempre aparece algún lugar donde acomodarlo.

Notá algo interesante: cuando hablamos de política decimos “los que mandan”. Y nadie se confunde sobre quiénes son. Todos entendemos que se trata de quienes nos gobiernan.

Porque, en la práctica, eso es lo que son: jefes, los que mandan.
Jefes que te suben los impuestos, que te dictan qué podés hacer y qué no, que inventan leyes nuevas para regular hasta la posición en la que respirás. Jefes que te complican la vida con la convicción tranquila de quien sabe que no hay nadie arriba suyo con poder real para echarlos.

Por eso la frase de que “son nuestros empleados” es una de esas mentiras elegantes que circulan en la política. Ellos la dicen. Nosotros la repetimos. Y todos quedamos bastante conformes con la fantasía.
Porque suena lindo pensar que podemos removerlos cuando queramos.

Ahora bien: ¿cuándo viste que se removiera a un político?
En la historia del país hay apenas unos pocos casos, casi siempre por escándalos monumentales. Mientras tanto, todos los días miles de personas son despedidas de empresas por cosas muchísimo más insignificantes.
La comparación es tan absurda que se desarma sola.

No existe ningún lugar del mundo donde los empleados manden más que los patrones, puedan equivocarse sin consecuencias y además cobren mejor que todos los demás.

El gran consuelo democrático que nos ofrecen es el voto. Esa supuesta arma formidable con la que, en teoría, podríamos remover a nuestros “empleados”. Claro que el detalle menor es que esa arma se usa cada cinco años, más o menos con la misma frecuencia con la que pasa el cometa Halley. Y aun así, rara vez resulta efectiva. Porque cuando alguno de ellos ve que la cosa viene complicada, aparece la ingeniería electoral: lo acomodan discretamente en una lista sábana, bien perdido entre decenas de nombres, y terminás votándolo igual sin tener la menor idea. Así, el mecanismo funciona como un seguro de vida político. El engaño está cuidadosamente diseñado para ser casi infalible y protegerlos en cualquier circunstancia. Una obra de relojería institucional donde, curiosamente, el único que nunca sabe bien a quién está votando es el votante.

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