Este viernes, el Presidente de la República anunció un acuerdo con el escultor Pablo Atchugarry para convertir el águila nazi del Graf Spee, símbolo del poderío del Tercer Reich, en una paloma signo de la paz. Esto desencadenó furiosas diatribas en Twitter, un compendio de las cuales puede verse acá.
Discrepo profundamente con muchas de las cosas que se dicen.
Primero, no es una pieza única. Se fabricaron por millares, simplemente fueron destruidas justamente por lo que simbolizaban. La primera de las fotos les muestra lo que hicieron con ellas. Quedan algunas distribuidas por ahí como en el museo imperial de la guerra en Londres (segunda foto, mucho mejor conservada que la nuestra). Así que ni es única ni es digna de ser preservada.
Tercero, hay una profunda controversia respecto a los símbolos del poder nazi. Como objeto cultural tiene valor cero, como objeto histórico también (dado que existieron y aun existen otras), es incomparable con objetos repetidos pero individualizables (como momias egipcias cuyos sarcófagos presentan todos diferencias únicas e interesantes), o únicas e irrepetibles (el Taj Mahal, por decir algo) pero como símbolo del Tercer Reich es un objeto cumbre (como lo eran las grandes esvásticas en edificios bombardeados a cero por los aliados luego de vencer).
Quinto. Se dice fácil lo de donar la pieza a un museo en Israel o Alemania. Más allá de que está relacionada con nuestra historia y la de Alemania (no la de Israel) ¿qué beneficio obtendríamos nosotros (recuerden que no salió gratis) de donarla? En cambio, ¿qué pasa cuando se procede así? Se la destruye (supremo símbolo de derrota), se la transforma en un símbolo de paz, y en un objeto de atracción turística de quienes vendrán a ver algo, esta vez sí, único en el mundo.
