¿Para qué queremos futuro?

¿Para qué queremos futuro?

Ante la pregunta sobre si en Uruguay estamos preparados para el futuro, la respuesta es no. Es que el pasado nos agobia y hay cierta comodidad en ello. Ante cualquier síntoma de inquietud, se apresuran a aplicarnos placebos del tipo «somos así». Soñamos, eso sí, con que somos parte del mundo. Aunque la triste realidad es que lo observamos detrás del ventanal. Y ese mundo nos está dejando atrás.

Ecosistema nocivo

Nuestro país está parcelado en corporaciones. Cuando esto ocurre, no hay progreso ni futuro posible porque los mejores esfuerzos se destinan a mantener el equilibrio entre ellas. Cuando nos hablan de «paisito», de «somos así» o elogian «la democracia estable y la alternancia», están defendiendo ese fatídico equilibrio donde ellos ganan y todos pierden.

La corporación sindical se ufana de sabotear actividades. La gente, nosotros, no interesamos en absoluto. Tengamos presente que si la cerveza tiene alto costo comparativo es porque el sindicato dispuso que se fabrique con el mayor costo posible. De la misma manera que una vivienda tiene costos prohibitivos para la gran mayoría o que hace un mes que tres mil personas no trabajan porque paralizaron la flota pesquera. La gente no les importa, solo sus intereses.

Hay muchos más ejemplos que usted, lector, sabrá agregar. Lo destacable es que en ningún caso estos extorsionadores o saboteadores de la actividad privada han sido reconvenidos ni sancionados. Demostrando el funcionamiento del ecosistema en que se desenvuelven las corporaciones. Ninguna se atreve contra la otra.

Un adiós sin final

Otra corporación, quizás la mayor, son los partidos políticos. Son entidades muy importantes para el sistema democrático y republicano de gobierno, esto que quede muy bien en claro. Pero una cosa son los postulados fundacionales y muy otra la manera de que sean principales garantes del ecosistema corporativo. No se perciben diferencias de fondo entre los partidos. Cuando un gobierno avanza unos pasos, el siguiente retrocede otros tantos. Es el viejo canto del babyfútbol: «Tómala vos, dámela a mí; con estos pinta nos vamos a divertir». Donde «los pinta» somos el resto de la población.

Se pueden distinguir tres subgrupos: Partido Colorado, Nacional e Izquierda, aunque con leves diferencias entre ellos. Poco queda del antiguo Partido Colorado por promedio etario elevado y escasa renovación. Los pocos jóvenes que se acercan es porque tienen más chances de destaque en partidos chicos o ávidos de gente nueva. Una vez lograda alguna consideración pública, lo abandonan.

El Partido Nacional está en situación similar, aunque su inserción rural, más conservadora y familiar, le permite mantener cierta preponderancia. Pierde adhesión paulatina por promedio etario y por estilos de conducción. En los partidos de izquierda el promedio etario es bajo y básicamente urbano. Parecen ser más de los que realmente son, debido a su obediencia ciega escasa de razonabilidad. Todos los partidos están atravesados y socavados por ideas, actitudes y conductas decadentes.

La corporación restante es lo que hemos descrito con anterioridad como casta política. Compuesta por funcionarios eternos del Estado que se acumulan en capas geológicas y provienen de todos los partidos y sindicatos. La cualidad destacable es el ahínco con que se aferran al «puesto» en el Estado que les une y abroquela. No tienen ideas o partidos y son funcionales a cualquiera que no ponga en peligro su bienestar. Queda fundamentada en este somero detalle la respuesta negativa a la pregunta inicial.

¿Para qué queremos futuro?

La premisa corporativa es dejar todo como está. Consideran que el futuro es algo incómodo y riesgoso. Es cierto, el futuro representa desafíos constantes, la posibilidad de equivocarse e incluso perder. Es posible que se quemen una o dos generaciones en el intento. Requiere estudiar, razonar y trabajar. ¡Válgame el cielo! Diría una abuela, santiguándose ante lo sacrílego del requerimiento.

De no encarar las urgentes transformaciones que los tiempos imponen, los resultados serán catastróficos. Hasta es posible que el territorio sea anexado en el futuro por economías superiores y por ser inviable debido a su dirigencia. En ese momento las corporaciones clamarán a coro: ¿La mía está? Ante la respuesta afirmativa, firmarán cualquier cosa.

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