Del «que gobierne la honestidad» al «no hay plata».


Por un momento, imaginemos el escenario: un militante frenteamplista, de esos que se queman las suelas golpeando puertas bajo el sol, convenciendo vecinos con la pasión de quien cree en un proyecto. Ese militante, con el programa del Frente Amplio (FA) bajo el brazo, prometió escuelas de tiempo completo para todos, salarios dignos, viviendas multiplicadas como panes y peces, y un 6% del PIB para la educación. Ahora, en un rincón de un Comité de Base, escucha atónito al subsecretario de Economía, Martín Vallcorba, confesar lo que ya sospechaba pero no quería creer: ese programa, ese evangelio político que recitó con fervor, es «impagable». Una quimera. Una mentira envuelta en papel de regalo progresista.

Las palabras de Vallcorba, pronunciadas el pasado 25 de agosto en el Día del Comité de Base, no son un desliz. Son una bofetada a la militancia y un portazo a la esperanza de miles de uruguayos que votaron al FA creyendo en su relato de transformación. «No se puede hacer», dice el número dos del Ministerio de Economía y Finanzas, como si estuviera comentando el clima. Y no, no es que la economía se derrumbó de repente o que un meteorito arrasó las arcas públicas. Según el propio Vallcorba, ya sabían, desde el congreso donde se gestó ese programa, que era una utopía sin fondos. ¿Entonces por qué lo prometieron? ¿Por qué dejaron que la militancia vendiera sueños inflados mientras los jerarcas, en la intimidad, se reían de la «fórmula» imposible?

El FA se llenó la boca con un programa que, según el subsecretario, requiere cinco o seis puntos del PIB. ¡Cinco o seis puntos! Como si el dinero creciera en los árboles o como si los uruguayos pudiéramos exprimirnos los bolsillos hasta financiar una fantasía. Vallcorba lo dice sin tapujos: no hay fórmula, no hay plata, no hay chance. Y mientras él destapa esta verdad incómoda, los militantes se miran entre sí, desanimados, preguntándose si todo el esfuerzo de años, las discusiones eternas en comités, los congresos y las horas de militancia, fueron solo un ejercicio para obtener el poder, pero no para cumplir con los compromisos asumidos.

Lo más grave no es la desconexión entre las promesas y la realidad. Es la desvergüenza de saberlo y seguir vendiendo el cuento. El FA no solo engañó a sus votantes, sino que traicionó a su propia base, esa que todavía cree que el programa es un mandato sagrado y no una «guía» difusa, como ahora lo rebajan los jerarcas. ¿Qué mensaje le queda al uruguayo de a pie? Que el gobierno que eligió se construyó sobre una montaña de promesas vacías, un castillo de naipes que se desmorona al primer soplido de la realidad fiscal.

Y no hablemos solo de la militancia desilusionada. Hablemos del país entero, que observa cómo el gobierno llega al Presupuesto Nacional tambaleando, al filo del plazo, sin consenso interno y con la oposición oliendo sangre. Señoras y señores, estamos ante el peor FA de la historia, ese que prefiere encerrarse en charlas con el PIT-CNT o la mesa política, como si el resto del país no existiera. Mientras tanto, el crecimiento económico se desacelera, la guerra arancelaria global aprieta y el FA sigue soñando con un programa utópico que para llevarse adelante requiere fondos que jamás existieron.

La lógica de «la plata de algún lado tiene que salir», que Vallcorba critica con razón, no es solo un error técnico. Es una afrenta a la inteligencia de los uruguayos. Es la misma lógica que llevó a otros gobiernos de la región a la ruina, imprimiendo billetes o endeudándose hasta el cuello. Y el FA, que se jacta de su responsabilidad, parece dispuesto a coquetear con esa fantasía, al menos en el discurso que le vendió a su gente. ¿Dónde queda la honestidad? ¿Dónde queda la responsabilidad de decir, desde el arranque, «esto no se puede pagar»?

El Frente Amplio no solo está desilusionando a su militancia; está enviando un mensaje nefasto a todos los uruguayos: que las promesas electorales son solo ruido, que los programas son cuentos de hadas y que la confianza depositada en ellos es un cheque sin fondos. Si el propio subsecretario de Economía admite que el programa es una quimera, ¿qué esperanza le queda al país? Quizás, en lugar de seguir recitando utopías, el FA debería empezar a hablar con la verdad. Aunque, claro, eso implicaría admitir que mintieron. Y en política, la verdad siempre es el último recurso.

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