A este ritmo ni luz tendrá para apagar, el último que se vaya (Pero avisando, eso si…)

Algunos países avanzan. Otros retroceden. Uruguay, en 2025, decidió fusionar ambas tendencias para convertirse en la primera nación que retrocede hacia el futuro, mientras le pide a las empresas “che, si se van, avisen… así fingimos sorpresa”.
El gobierno del FA asumió con promesas de estabilidad macroeconómica, justicia social y un porvenir brillante. Y vaya si cumplió: el brillo se nota. Es el resplandor de los carteles de “Cierre por tiempo indeterminado”.

Aunque una lista exhaustiva de todas las micros, pequeñas y grandes empresas que cerraron en 2025 no está disponible públicamente en un informe consolidado, la prensa y reportes económicos señalan casos de impacto relevante, especialmente en el sector industrial, citando en general los altos costos de producción y la falta de competitividad global como las principales razones.

La huida masiva del sector productivo
La economía uruguaya, siempre modesta, empezó 2025 diciendo “vamo’ arriba” y terminará preguntando “¿hay alguien ahí?”. 
Yazaki La autopartista japonesa decidió que Uruguay estaba tan caro que era más barato mudarse a… ¡Argentina! Eso ya debería figurar en el Guinness de señales apocalípticas. Se llevaron 1.500 empleos, sin contar los que se fueron por la canaleta indirecta: proveedores, transportistas, kioscos que vendían bizcochos a los operarios, y un sinfín de microeconomías que dependían de que la empresa no se levantara un día diciendo “¿sabés qué? Hasta acá llegamos”.
Verizon La multinacional estadounidense, que alguna vez coqueteó con instalar operaciones más robustas en Uruguay, terminó dejando tras de sí apenas un rastro burocrático, como esas huellas en la arena que borra la primera ola. Su repliegue fue tan silencioso que mucha gente se enteró de su existencia el mismo día que se enteró de su fuga. Un clásico uruguayo: empresas que pasan por el país como turistas distraídos que sacan una foto, compran un alfajor y después siguen viaje sin mirar atrás. Su partida se sigue evocando como quien habla de un ex al que nunca conoció del todo, pero igual le echa la culpa de algo.
Tether Holdings Ltd. Y como si faltara una escena más en esta comedia funeraria, también está la empresa de criptomonedas que recogió sus servidores, apagó las luces y se fue del país corriendo como si hubiera visto a la tarifa eléctrica con un machete. Minerar en Uruguay terminó siendo tan costoso que, al parecer, era más barato instalarse en la Antártida con generadores a manivela.
Lo más lindo del caso es que jamás recibió ni el gesto diplomático de UTE diciendo “vamos a analizar un descuento”, frase uruguaya clásica que significa “no vamos a hacer nada, pero al menos te retengo uno o dos meses más”. Ni eso. Ni una palmada compasiva en el hombro.
La empresa se marchó sin despedida, dejando la sensación de que Uruguay logró algo casi poético: espantar hasta a quienes literalmente fabrican dinero de la nada.                                                                                                                                                                                                                                        UKG Y para agregar otro ladrillo al mausoleo productivo, aparece UKG, la multinacional tecnológica que decidió cerrar operaciones en Uruguay y dejar en el aire a unos 300 trabajadores. Trescientas familias que un día estaban desarrollando software y al otro estaban desarrollando estrategias de supervivencia. El anuncio cayó como una bomba silenciosa: sin sirenas, sin discursos épicos, sin promesas de “volveremos cuando bajen los costos”. Nada. Un portazo corporativo con acento global. En un país que quiere ser polo tecnológico, perder una empresa de este calibre es como que un cirujano pierda el pulso. Y mientras los empleados ordenan sus escritorios por última vez, el Estado observa la escena con la misma calma con la que uno mira llover desde la ventana: resignado, congelado y sin paraguas.

El cierre de empresas no es solo mala noticia: es un mensaje: un “¡rajemos de acá!” cuando ves que un derrumbe se te viene encima.
Desempleo La tasa ronda 6,9%–7,3% Los trabajos de calidad desaparecen primero. Después la gente improvisa: reparto en moto, freelance por dos pesos, artesanías que nadie pidió.
Desindustrialización Uruguay avanza hacia un modelo sofisticado: el país que ya no produce casi nada, pero sigue creyendo que sí. Fabricamos empleados del estado, eso sí. En cantidades industriales.
Efecto cascada Cuando una gran empresa cierra, una fila entera de negocios cae como fichas de dominó.
Inversión extranjera Los inversores extranjeros observan, toman aire y dicen: “Pasamos”. Uruguay empieza a parecer un aeropuerto sin vuelos pero con anuncios de demoras constantes.
Menor recaudación Menos empresas, menos impuestos. Menos impuestos, menos Estado. Menos Estado… bueno, más Estado igual. Eso es ley de la física uruguaya.
Competitividad Se promete simplificación burocrática. El Estado uruguayo escuchó “simplificación” y contestó: “¡Formemos varias comisiones para que lo estudien!”.

Mientras tanto en la Torre Ejecutiva
En medio de este panorama, y dando manotazos de ahogado, al ministro de trabajo se le ocurrió la genial idea de promover un decreto que obligue a las empresas a avisar antes de marcharse, para…no enterarse por la prensa seguramente…

Che, avisen…
Supuestamente, esto permitiría que el gobierno “intervenga”… en qué, exactamente, es un misterio. Tal vez una reunión solemne de urgencia con café aguado, una promesa de “estamos analizando alternativas” y un comité técnico, compuesto por “compañeros” con suculentos viáticos, que en 6 meses presentará un informe que nadie leerá. El habitual ritual de contorsionismo técnico-burocrático que se hace cuando ya está todo perdido, pero igual hay que fingir movimiento para la tribuna.

Improvisación eterna
Mientras tanto, el problema real sigue intacto: costos laborales altos, baja competitividad, presión fiscal que parece diseñada por un recaudador con sed de venganza y un marco sindical rígido como una escultura de mármol forrado de acero inoxidable. Uruguay se vuelve el país donde las empresas no preguntan “cómo crecer”, sino “cuánto falta para que podamos irnos sin quedar mal”.

¿Multas al fantasma?
Y aquí viene el plato fuerte y tragicómico.
¿Y si la empresa no avisa? Multa. Una multa aplicada sobre… los restos. Los huesos. Las ruinas. El cascarón vacío. Porque cuando una multinacional decide irse, ya hizo los números, vendió la maquinaria, apagó la luz y está desayunando chipa en Paraguay mucho antes de que el Estado logre imprimir el papel membretado.
Las probabilidades de cobrar algo son similares a que vuelva Pluna volando con sus propios motores. Los abogados del Estado se pasarán años litigando contra una razón social que en Uruguay ya no existe, mientras la firma en cuestión florece en algún paraíso industrial de bajo costo. Un duelo entre un ente público con artritis procesal y un fantasma empresarial que dejó el país sin dejar siquiera un archivador para embargar.

Competitividad, el tesoro perdido en Uruguay
Todo se resume a esto: mientras el gobierno se obsesiona con el “cuándo”, el sector productivo sigue esperando que alguien, alguna vez, revise el “por qué”. Por qué se van. Por qué no vienen. Por qué Uruguay compite con los costos de Europa pero con infraestructura de tercer mundo.
La verdadera alerta temprana ya está activa y hace rato: la que les indica a las empresas que Uruguay es un lugar cada vez menos viable para invertir. Y esa luz roja parpadea con la fuerza de una sirena de incendio, aunque aquí sigamos sacándole fotos.

El proyecto de ley al humor negro
Si este proyecto prospera, pronto tendremos una nueva tradición nacional: despedir a las empresas con un formulario, una multa simbólica y un apretón de manos vacío. Como un velorio sin cuerpo.
Si la cosa no cambia: el último que apague la luz (si es que todavía tenemos) y cierre con llave (si todavía no se llevaron la puerta que ni siquiera era nuestra…)

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