“Gre Gre” para decir Gregorio…El eterno blablablá político

En Uruguay, como en casi cualquier democracia que se respete lo justo y necesario, la verdad no se practica: se esquiva. Existe una fauna bien entrenada de profesionales del escape que, contra toda lógica física, logran huir sin dar un solo paso: los políticos. Y su disciplina olímpica no es gobernar, sino no responder.

Ante una pregunta directa, el político no contesta. Flota. Gira alrededor del asunto con la destreza de un derviche que tomó litros de energizante, habla durante minutos sin tocar jamás el centro del problema y, cuando termina, uno queda con la sensación de haber escuchado mucho ruido y cero información, y mucho menos haber explicado ni una sola palabra sobre lo que le preguntaron. No es improvisación. Es método. 

La regla es simple y sagrada: nunca decir una verdad de forma clara. No porque no la conozcan, sino porque decirla implicaría asumir algo, o tratar de explicar una realidad incómoda. Además asumir algo compromete al partido, a un socio, a un amigo, a un jefe o, tragedia mayor, a ellos mismos. La verdad no es peligrosa por lo que revela al ciudadano, sino por lo que expone puertas adentro.

Por eso jamás dicen ni “sí” ni “no” de manera firme y contundente. Eso sería suicidio político. Prefieren expresiones acolchadas, de esas que no pinchan ni cortan:
“no es tan así”,
“hay que analizar el contexto”,
“el tema es complejo”,
“se están revisando los procesos”.
Traducción simultánea: no me obliguen a tomar una posición firme porque lo mío es no hacerme cargo de nada.

Cuando la evidencia es abrumadora, sacan el comodín universal: “está sacado de contexto”. Podrían aparecer en un video real, verdadero, claramente no editado con IA,  contando fajos de billetes, y jurar con gesto ofendido, que era un taller de educación financiera inclusiva o un experimento sociológico con fines altruistas.

La mentira, o al menos la tendencia a no decir jamás la verdad en este ecosistema, no es una desviación ética: es lengua nativa. La verdad les produce alergia. Les da picazón. Porque cada verdad exige coherencia, y la coherencia es incompatible con una carrera construida a base de promesas descartables y convicciones de quita y pon.

Así, el saqueo se convierte en “error administrativo”, el desastre en “desafío de gestión” y el fracaso en “aprendizaje”. El lenguaje no describe la realidad: la duerme. Gobernar no es resolver problemas, sino rebautizarlos hasta que pierdan gravedad y nadie tenga que responder por nada.
No hay pobreza, hay “vulnerabilidad”.
No hay corrupción, hay “irregularidades”.
No hay mentira, hay “cambio de escenario”.
Y mientras tanto, el ciudadano, ese ser ingenuo que todavía espera respuestas, es tratado como un niño distraído al que se le puede decir cualquier cosa si viene envuelta en palabras largas y tono serio.

Así, por conservar un carguito, un despacho o una palmadita partidaria en el hombro, han decidido renunciar a algo elemental: la dignidad de decir lo que piensan. No dejarán obras memorables ni ideas transformadoras. Su legado será otro, mucho más triste y perfectamente logrado: haber llevado a la perfección el arte miserable de hablar durante horas para no decir, jamás, absolutamente nada.

Al final, el verdadero talento de nuestra clase política no es gobernar, sino: estar sin estar. Su única lealtad es al privilegio propio. Su mayor miedo: perder la teta estatal, y su estrategia infalible: aburrirnos hasta que dejemos de preguntar. Y lo logran. Porque al verlo en la televisión comentamos «ya está hablando el pesado ese que no dice nada» y cambiamos de canal, creyendo que lo estamos castigando al no escucharlo cuando en realidad le estamos haciendo un enorme favor.

Al final, a esta fauna lo único que realmente le preocupa y le quita el sueño no es el país ni la gente, ni decir lo que piensan o aclarar las cosas, sino conservar su puesto. Para ellos, gobernar es secundario; su principal proyecto político es durar. Como si fueran muebles caros: están ahí, cuestan mucho y no sirven para nada. 

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