Una operación quirúrgica y la enfermedad que persiste
“En las democracias administradas, los tiranos no caen: son reemplazados.”
Lo que ocurrió este sábado 3 de enero en Venezuela fue presentado al mundo como un “golpe”, un “derrocamiento”, una invasión imperialista (¡¡) una súbita irrupción de la historia en un país exhausto.
Hubo comunicados, celebraciones, condenas, y la coreografía habitual que acompaña a los episodios que la región aprendió a llamar “rupturas institucionales”. Pero nada de eso describe lo que realmente pasó.
Lo de ayer no fue un golpe: fue una operación administrada, una extracción quirúrgica de un actor criminal-estatal, legitimada por potencias externas y envuelta en la narrativa tranquilizadora de la “transición democrática”.
La escena recuerda a esas operaciones de negación plausible que se han visto en otros escenarios internacionales: ejércitos sin insignias, actores sin identificación, responsabilidades difusas, silencios calculados. Una farsa cuidadosamente montada para que el mundo vea un “cambio” donde en realidad solo hubo reemplazo funcional dentro de un sistema que permanece intacto.
Y conviene decirlo con claridad desde el inicio: lo que importa aclarar ahora no es quién cayó, sino qué comenzó. Porque desde ayer, en la práctica, empezó a configurarse un nuevo orden mundial en nuestra región.
I- El laberinto: la arquitectura del poder opaco
En julio de 2024 escribí que Venezuela no vivía un conflicto electoral, sino un laberinto diseñado (https://contraviento.uy/2024/07/31/venezuela-en-su-laberinto/)
No un caos espontáneo, sino un orden opaco donde las instituciones visibles eran apenas escenografía. El poder real estaba en otra parte: en la intersección entre redes criminales, estructuras militares y tutelas geopolíticas.
Ese laberinto no se derrumba: se reconfigura.
Lo de ayer no fue una irrupción externa, sino un movimiento interno del dispositivo. La jefatura del Estado —esa figura que tantos analistas siguen tratando como si fuera el centro del sistema— era desde hace años una pieza fungible, intercambiable, prescindible.
II- El golpe de palacio: la disputa intramuros
En agosto de 2024 sostuve que el conflicto venezolano no era entre gobierno y oposición, sino entre facciones del propio palacio. (https://contraviento.uy/2024/08/24/venezuela-en-su-laberinto-ii-el-golpe-de-palacio/)
La disputa real era intramuros: purgas, reacomodos, lealtades rotas, negociaciones opacas. Un “golpe de palacio” permanente, donde cada facción buscaba preservar su cuota de poder dentro de un régimen que ya no necesitaba legitimidad, solo estabilidad interna.
La caída del líder no contradice esa lógica: la confirma. Una facción entrega a otra para preservar la estructura. La legitimación externa de la nueva figura no es ruptura: es continuidad del método.
III. El tirano en guerra: la caída como desenlace natural
En septiembre de 2024 describí al líder como un actor aislado, desgastado, en guerra consigo mismo. (https://contraviento.uy/2024/09/05/venezuela-en-su-laberinto-iii-un-tirano-en-guerra/)
La militarización total del poder había convertido la política en un campo de batalla interno. La guerra —difusa, permanente, silenciosa— era el método de gobierno.
La captura del líder no es un accidente: es el desenlace natural de esa guerra interna prolongada. Cuando un tirano deja de ser útil al dispositivo, el dispositivo lo reemplaza. No hay épica, no hay ruptura, no hay liberación: hay administración del conflicto.
IV- La muerte de la legitimidad democrática: el marco global
En marzo de 2025 escribí que la legitimidad democrática estaba siendo reemplazada por una legitimidad administrada. ( https://contraviento.uy/2025/03/09/uruguay-y-venezuela-la-anunciada-muerte-de-la-legitimidad-democratica/)
No por golpes, sino por acuerdos. No por tanques, sino por tutelas geopolíticas. No por rupturas, sino por procesos acumulativos de “des-democratización”.
Lo ocurrido ayer encaja perfectamente en ese marco. Una transición “monitoreada”, avalada por potencias externas, legitimada por gobiernos regionales, observada con interés por actores euroasiáticos.
La democracia no es el objetivo: es el decorado. Lo que importa es la estabilidad del tablero.
En este nuevo orden mundial, la región no es un conjunto de democracias soberanas, sino un espacio administrado por un Consorcio de Autocracias que coordina zonas de influencia. La prioridad no es la legitimidad, sino la estabilidad. No la voluntad popular, sino la previsibilidad geopolítica.
V – La farsa como método
La operación de ayer comparte la lógica de otras intervenciones contemporáneas: acciones reales encubiertas por narrativas ficticias. Como aquellas tropas sin insignias que cruzan fronteras negando su propia existencia, aquí también se construyó una escena donde nadie parece responsable y todos parecen beneficiados.
Pero hay un elemento adicional que conviene subrayar, porque fue decisivo para que la operación pudiera presentarse como algo distinto de un conflicto político: la criminalización progresiva del régimen en el discurso internacional. Merecida, qué duda cabe, pero harto funcional para su ataque desde el exterior.
Durante años, informes, investigaciones y narrativas externas fueron asociando al aparato de poder venezolano con estructuras delictivas transnacionales como el llamado “Cartel de los Soles” o el “Tren de Aragua”. Esa identificación —compleja, heterogénea, y utilizada estratégicamente— permitió transformar el problema venezolano en otra cosa: ya no un dilema institucional, sino un problema de seguridad.
Una segunda vuelta de tuerca, decisiva finalmente, fue la progresiva “madurización” de ambas organizaciones delictivas.
Esa mutación narrativa fue clave.
Porque intervenir para remover a un jefe de Estado, aún cuando éste -como era ya el caso de Maduro-, se tratase de un notorio usurpador, es siempre políticamente problemático. Pero intervenir para neutralizar a un actor criminal, requerido por la justicia internacional, es una operación rutinaria dentro de la lógica de las agencias de seguridad transnacional.
La personalización de esa narrativa —la atribución concentrada de responsabilidades a una sola figura— permitió que la operación se leyera como una acción de “captura”, más cercana al repertorio de la seguridad hemisférica que al de la diplomacia. Y, al mismo tiempo, abrió el camino para una “transición administrada” encabezada por una dirigencia que, aun formando parte del mismo entramado de poder, podía (¿podía?) presentarse como interlocutora válida para garantizar la estabilidad del proceso.
En ese marco, la figura que asumió la transición emergió como la pieza que “entrega” al líder caído a cambio de su propia supervivencia política dentro del nuevo orden administrado.
La criminalización no fue un efecto colateral: fue el dispositivo que habilitó la operación, el mecanismo que permitió convertir un conflicto político en una intervención de seguridad con apariencia de transición institucional.
La “transición democrática” es, así, el nombre amable de una operación cuyo objetivo no es -hasta que se demuestre lo contrario- democratizar, sino administrar.
Hasta ahora, con los personeros del régimen instalados, no es un renacer institucional: es un reacomodo funcional.
Salvo prueba en contrario, no es un triunfo de la ciudadanía: es una victoria del método.
VI – El síntoma que nadie vio: dos multitudes, dos mundos
Ayer, en varias ciudades de la región, se vio una escena reveladora: por un lado, grupos que repetían consignas heredadas, reclamando la salida de potencias extranjeras; por otro, miles de venezolanos celebrando a pie la caída de un régimen que los expulsó de su propio país.
Dos multitudes conviviendo sin tocarse. Dos lecturas del mundo superpuestas. Una mirando el siglo XX. La otra, el XXI.
Esa escena es el síntoma más claro de que el tablero cambió y muchos aún no lo perciben.
VII. Las nuevas reglas de juego: el laboratorio electoral
Lo que ocurrió ayer también deja al descubierto un fenómeno que conviene analizar con urgencia: las nuevas reglas electorales del mundo administrado.
El experimento de validar procesos electorales a partir de la narrativa del propio régimen que los controla —la idea de que hay que “esperar las actas” que solo el poder puede producir— abre la puerta a un modelo donde la legitimidad ya no surge del voto, sino de la administración del conflicto.
Es un método exportable. Replicable. Perfecto para cualquier país donde los contrapesos institucionales estén debilitados.
Y Uruguay no es inmune. Cuando los mecanismos de control electoral se concentran, cuando la confianza pública se erosiona y cuando la legitimidad se vuelve negociable, el terreno está preparado para que la democracia deje de ser un proceso y pase a ser un trámite.
VIII. Venezuela como laboratorio
Desde los así llamados “Acuerdos de Barbados”, donde Brasil llevó a sus socios a darle al tirano otra oportunidad más de lavarse el rostro, Venezuela ya no es una anomalía: es un laboratorio.
Un prototipo de cómo se reconfiguran los sistemas políticos en un mundo donde la democracia ya no es el horizonte, sino el pretexto. Un ejemplo de cómo se sustituyen tiranos sin alterar la estructura que los produce. Un recordatorio de que la erosión democrática no llega con tanques, sino con acuerdos.
Y una advertencia para la región: en las democracias administradas, los tiranos no caen. Son reemplazados para que nada esencial cambie.
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