Voté al Frente amplio, a mucha honra.

Conozco a un tipo que tiene por costumbre agregar a todo cuanto dice la misma muletilla: «a mucha honra». Es una frase que le sirve para cualquier cosa, un escudo y una bandera al mismo tiempo. Si habla de su pobreza, si menciona que vive de changas, si recuerda que es de Canelones, si reconoce que ya no es joven o que no tiene techo propio, ahí aparece, puntual e invariable: a mucha honra. Con el tiempo me acostumbré a escucharla. Es tan parte de él como su voz, como su manera de dar la mano.

Hace poco nos cruzamos de nuevo. Hablamos de esto y de aquello, con esa ligereza que tiene la conversación cuando todavía no ha llegado al hueso. Pero el hueso llegó, como siempre llega, cuando el tema derivó hacia la política. Le pregunté, sin rodeos:
-¿Al final volviste a votar al Frente Amplio, nomás?
-Sí -respondió-. A mucha honra.

Me quedé mirándolo un momento. Pensé en todo lo que esa respuesta no decía. Pensé en el trabajo que no aparece, en la inseguridad que se instaló como vecino permanente, en la salud y la educación que van cediendo terreno despacio, con esa lentitud cruel que hace difícil señalar el momento exacto en que todo empezó a romperse. Pensé en los asesinatos, en el narcotráfico que creció y se consolidó, en los ministros que parecen desconcertados ante sus propias carteras, en las empresas que se van sin que nadie logre explicar bien por qué, ni proponga nada convincente para retenerlas. Pensé en el agua, en ese episodio bochornoso que pareció tomarlos por sorpresa como si gobernaran un país que acababan de conocer. Y pensé, sobre todo, en esa frase que escucho con una regularidad que ya empieza a parecerme obscena: ¡Por suerte no gobierna la derecha! Como si el único mérito posible fuera no serlo.

Entonces le pregunté, y lo hice con sinceridad, sin trampa, sin la intención de humillarlo ni de ganar ningún debate:
-¿Qué es lo que te honra de haber votado a este gobierno?
Silencio.
No un silencio breve, de quien busca las palabras. Fue un silencio largo, tenso, habitado. Lo vi pensar. Vi en su cara el esfuerzo genuino de alguien que intenta encontrar algo, un argumento, una imagen, un hecho concreto al que aferrarse. Esperé. Seguí esperando. Y al cabo de ese minuto que se extendió como una condena, me dijo:
-Mirá Caalf, no lo entenderías. Yo te tenía por un tipo abierto, solidario. Pero me doy cuenta de que te has convertido en un facho de derecha al que ninguna explicación va a convencer.
-Pero…¿facho por qué? ¿Por hacerte una pegunta? ¡Si no critiqué ni nada a tu gob…
Dio media vuelta y se fue. Dejándome hablando solo y con la frase por la mitad.

Analicé la situación con la honestidad que me es posible. Consideré en serio las dos alternativas. Primera: que él no tuviera ningún argumento. Que detrás de su orgullo no hubiera sustancia, que la muletilla fuera todo lo que quedaba cuando se vaciaba el resto. Segunda: que yo, con sólo una pregunta, demostrara que tengo una ceguera selectiva, un sesgo tan arraigado que me impide ver lo que este gobierno hace bien, y que lo que interpreto como fracaso sea, en realidad, una obra que simplemente no soy capaz de leer.

Ambas posibilidades me resultan igualmente sombrías.
Porque si es la primera, si no hay argumento, si no hay defensa posible, entonces estamos ante algo más grave que un mal gobierno: estamos ante una lealtad que ya no necesita razones, ante un fervor que sobrevive al fracaso y se alimenta de él, que convierte cada desastre en confirmación y cada pregunta incómoda en prueba de mala fe del que pregunta. Eso no es política. Es otra cosa. Y es peligroso.

Y si es la segunda, si la ceguera es mía, entonces tampoco hay consuelo, porque nadie a quien le importe este país debería conformarse sin poder acceder a los argumentos que cambiarían su forma de ver las cosas. Si lo que están haciendo bien es tan evidente para unos y tan invisible para otros, alguien está (estoy), lógicamente, equivocado e incapaz de verlo. Y eso también es grave.

Aquella noche habría querido dormir tranquilo. Con la tranquilidad de haber escuchado a un (¿ex?) amigo aclararme con palabras concretas y verificables, que no todo va mal. Que hay algo que funciona, que hay un rumbo, que el futuro no es simplemente la continuación de este presente que se deteriora con una velocidad que aumenta día a día.

Y yo sigo aquí, con esa pregunta sin respuesta que se va convirtiendo, rápidamente, en certeza. No la certeza de tener razón, esa clase de certeza me incomoda, sino la otra: la de que algo se está quebrando lentamente, con la parsimonia terrible de lo que cae sin hacer ruido, y que cuando el ruido llegue, ya no habrá mucho que hacer.

“A mucha honra”, “Exactamente para eso los voté”, dicen.
Y yo acá, sin entender en absoluto de qué es exactamente de lo que están orgullosos.

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