Esta columna también podría llamarse “Cómo la oposición uruguaya logró mejorar un problema que ya había empeorado en una columna anterior” (ver https://contraviento.uy/2026/03/12/interpelar-la-interpelacion/), pero era demasiado larga y además me obligaba a admitir continuidad temática, que es algo que trato de evitar en mi vida personal.
Entro en tema.
Leí, o escuché, o vi en una pantalla a una hora en la que el cuerpo ya no distingue entre información y culpa, que el Senado aprobó la interpelación al ministro del Interior, Carlos Negro.
Fecha: 9 de abril.
Lugar: el Senado, donde el Frente Amplio tiene mayoría.
Resultado esperable: apoyo al ministro.
Es decir: la oposición organizó un juicio y eligió como tribunal al acusado.
Hasta ahí, todo dentro de lo esperable en Uruguay, que es un país donde las decisiones equivocadas no son errores sino estilos de gestión.
Mi primo Carlos me llamó antes de que terminara de leer.
-Ya sé lo que vas a decir -le dije.
-Los de siempre -dijo. Y cortó.
Tiene razón, como siempre, aunque nunca queda claro si eso lo tranquiliza o lo angustia.
Lo interesante no es que la jugada sea mala. Lo interesante es que todos saben que es mala. Ojeda lo dijo: hacerla en el Senado es “blindar al ministro”. O sea: la interpelación fortalece al interpelado. Y aun así, la hacen.
Esto ya no es un error táctico. Es un sistema.
Mi psicoanalista dice que lo que me perturba no es la política, sino la perfección del mecanismo. Que hay algo profundamente tranquilizador en un sistema donde cada actor cumple su rol incluso cuando ese rol implica perjudicarse a sí mismo. Le dije que eso no me tranquiliza en absoluto. Me dijo que eso confirma su diagnóstico.
Llamé a mi madre. Le expliqué todo. Me escuchó en silencio y dijo: -¿Y por qué no la hacen donde pueden ganar?
Le dije que esa era exactamente la pregunta.
-Entonces no entiendo el problema -dijo. Y cambió de tema.
Esa es otra diferencia entre mi madre y el sistema político: mi madre abandona las situaciones sin sentido. El sistema político las perfecciona.
Mientras tanto, Bordaberry explica que esto es “tarjeta amarilla”. Que después vendrá la roja. Me quedé pensando en eso. No tanto en la metáfora deportiva, sino en la secuencia. Porque para que haya tarjeta roja tiene que haber falta. Y acá están sancionando antes de que ocurra el hecho. Es una especie de justicia preventiva, pero sin delito, sin infracción y sin partido.
Mi psicoanalista dice que eso se parece a mi forma de anticipar problemas. Yo le dije que nunca interpelé a nadie en el Senado. Me dijo que emocionalmente sí. Puede ser. Pero yo al menos intento equivocarme en privado.
Acá la perfección del sistema alcanza otro nivel. Porque la interpelación es por un plan que el ministro no presentó al público. Y al mismo tiempo, se anuncia que el plan se va a presentar en breve. O sea: lo van a interpelar por no tener algo que probablemente ya tenga.
Mi primo Carlos me llamó de nuevo. -Esto ya estaba arreglado -dijo.
Le pregunté qué cosa.
-Todo -dijo. Y esta vez no cortó. Se quedó en silencio. Como si esperara que yo entendiera algo. No entendí. Pero sentí algo peor. Sentí que empezaba a entender.
Y eso me generó una inquietud nueva. No tanto por la política. Sino por mí. Porque si un sistema puede funcionar perfectamente haciendo lo contrario de lo que debería… ¿qué garantía tengo de que yo no estoy haciendo exactamente lo mismo?
Hasta la próxima, si es que hay…
