En Uruguay hemos logrado un avance institucional que merece ser destacado: ya no alcanza con gobernar mal, ahora también hay que hacerlo en equipo.
Esta semana, el secretario de Presidencia, Alejandro Sánchez, hizo un llamado a la interna del oficialismo para que “conspiren menos” y “defiendan más al gobierno”. No es una frase menor. Es, si se quiere, un cambio de paradigma: la conspiración deja de ser un problema externo para convertirse en una práctica interna que, como cualquier otra política pública, requiere coordinación.
El planteo surge en medio de críticas dentro del propio Frente Amplio por la gestión del Mides encabezado por Gonzalo Civila, particularmente en relación a las personas que viven en la calle. Un tema delicado, visible y, como todo lo visible, incómodo.
El primero en decirlo sin demasiada coreografía fue Rafael Michelini, que preguntó públicamente si era el único que veía que “sigue la gente durmiendo en la calle” y agregó que eso “hiere su sensibilidad como uruguayo, frenteamplista y hombre de izquierda”.
Una intervención interesante, porque combina diagnóstico, emoción y un pequeño error táctico: decirlo en voz alta.
Otros dirigentes optaron por un enfoque más compatible con la estabilidad del sistema. Hablaron de “preocupación”. De “procesos”. De “planes en marcha”. Es decir, de todo aquello que permite reconocer un problema sin que parezca que existe.
Frente a eso, el gobierno decidió ordenar el debate. No en su contenido, sino en su forma. Se puede criticar, por supuesto. Pero con criterio. Con responsabilidad. Y, sobre todo, sin que parezca que uno está diciendo lo que está diciendo.
Porque el problema no es que haya gente en la calle. El problema es cómo se habla de la gente en la calle.
En ese sentido, la advertencia de Sánchez es clara: hay “operaciones políticas” en curso. Es decir, no se trata de diferencias genuinas, percepciones distintas o diagnósticos alternativos. No. Se trata de algo más sofisticado: compañeros que, por debajo de la mesa, están poniendo palos en la rueda.
La operación política es, en ese sentido, una herramienta extraordinaria: permite que un problema exista sin necesidad de ser reconocido.
Esto abre una pregunta interesante: ¿cuál es la forma correcta de poner palos en la rueda sin que se note? Porque si el problema es que se note, no que ocurra, entonces estamos frente a un problema técnico, no político.
Tal vez lo que falta es un protocolo. Una guía de buenas prácticas. Algo así como un “Manual para la Crítica Responsable en Contextos de Gobierno Propio”. Un documento que establezca, por ejemplo, que toda crítica debe formularse en condicional, en tercera persona o, preferentemente, en off.
También podría incluir recomendaciones útiles:
- Si algo no funciona, sugerir que está “en proceso”.
- Si el problema persiste, destacar que “hay planes”.
- Y si la realidad insiste en no acompañar, recordar que siempre puede ser peor.
En paralelo, el ministro Civila continúa gestionando una de las áreas más complejas del Estado, donde los resultados no siempre son inmediatos y los problemas suelen ser visibles incluso cuando se está trabajando en ellos. Lo cual genera una dificultad adicional: la realidad no espera a que la narrativa se acomode. Pero esto tampoco es excusa. Puede ser que gestione, pero nadie hasta ahora tiene idea si gestiona bien.
Pero tampoco ayuda que la narrativa se adelante demasiado.
Porque, como bien explicó el secretario de Presidencia, los ministros serán evaluados el año que viene. No ahora. Ahora están ejecutando. Y ejecutar, como todos sabemos, es una etapa en la que conviene no interrumpir con resultados.
De hecho, podría decirse que evaluar antes de tiempo es, en sí mismo, una forma de conspiración. Una ansiedad institucional que no respeta los tiempos del proceso.
En ese marco, el oficialismo enfrenta un desafío interesante: lograr que la realidad mejore sin que parezca que hubo un problema antes. O, en su defecto, que el problema sea reinterpretado como parte del proceso de mejora.
No es fácil. Pero tampoco imposible. Uruguay tiene experiencia en eso.
Al final del día, lo importante no es tanto que haya críticas, sino que no parezcan críticas. No es tanto que haya problemas, sino que no se instalen como tales. Y no es tanto que alguien esté poniendo palos en la rueda, sino que lo haga con suficiente discreción como para que el vehículo parezca que sigue avanzando… al menos en el discurso.
Porque gobernar, en definitiva, no es solo resolver problemas.
Es decidir en qué momento pasan a ser una operación política.
Hasta la próxima, si es que hay…
