Yo de arte no entiendo absolutamente nada. A mí me ponés un coso del Picasso ese al lado de un paisaje con vaquitas y un arroyo, y yo te voy a señalar el paisaje como quien elige milanesa con fritas frente a sushi molecular. No tengo vergüenza en admitirlo. Soy un hombre simple: veo colores raros y figuras deformes y automáticamente pienso «esto lo hacía mi primo en jardinera después de dos vasos de Coca».
Es lo que tenemos los que no vemos más allá de los colores brillantes que nos encandilan como almacén chino un 24 de diciembre.
Por eso no soy de ir mucho a museos. Fui una vez al Museo Blanes y ahí sí, me sentí un pichi. Aquellas obras gigantes, esos cuadros enormes, esos tipos pintados con cara de haber desembarcado en la Agraciada dos veces… imponían respeto. Uno entra ahí y automáticamente baja la voz, aunque no haya nadie. El cerebro interpreta que si hablás fuerte aparece un guardia cultural y te expulsa por ordinario.
Ahora, después fui a otro museo por la calle Miguelete, creo, donde antes había una cárcel y… mamita querida. Qué cantidad de mamarrachos. Ojo, mamarrachos para mí, que no entiendo un carajo de arte. Capaz que eran obras maestras del expresionismo posmoderno abstracto conceptual performático y yo, en mi ignorancia asinina, esperaba aunque fuera un caballo reconocible o una señora con paraguas. Pero había cada cosa… un alambre torcido colgando de un ladrillo y al lado una explicación de siete páginas sobre «la deconstrucción del vacío emocional del individuo urbano». Hermano, eso en mi barrio se llama mugre…restos de obra.
Igual reconozco mis limitaciones. Como crítico de arte soy excelente haciendo arroz carretero. Ahí sí manejo texturas, colores y composición. Aunque con las pinturas nunca hay última palabra.
Ahí lo tenés al Van Gogh. El tipo vivió pobre, deprimido, mutilado y más ignorado que mensaje de «buen día grupo» en WhatsApp. Apenas vendió un cuadro mientras vivía: El viñedo rojo. Y hoy cualquier garabato del sin oreja vale cientos de millones de dólares. Imaginate un crítico de aquella época viajando al presente y enterándose de eso. Se infarta ahí nomás, arriba de la máquina del tiempo, con espuma en la boca y gritando: «¡¿Cómo que ese loco era un genio?!».
Porque esa es la verdad incómoda del arte: ni los que supuestamente saben, saben realmente lo que están diciendo. Muchas veces hablan con una seguridad que da gusto… y décadas después quedan como astrólogos leyendo el horóscopo vencido.
Y pensando en eso, uno inevitablemente termina mirando el mundo político como si fuera una galería de arte moderno. Porque convengamos que ahí también abundan los «artistas».
Hay políticos que están «pintados». Otros que «se dibujan solos». Algunos son «caricaturas» vivientes y otros directamente «no pintan nada». Pero todos, absolutamente todos, son maestros del camuflaje artístico.
Cuando gobiernan se pintan de solemnidad. Hablan lento, fruncen el ceño, se acomodan el saco y te recitan discursos grandilocuentes sobre «la patria», «el pueblo», «la gente», «el futuro» y otras palabras que usan tanto que ya quedaron más gastadas que chiste de internet.
Ahora, cuando pasan a la oposición, se transforman en dibujantes humorísticos. Se dedican a caricaturizar al gobierno de turno. Y ojo, no siempre con precisión. Porque el político opositor no busca describir la realidad: busca un dibujito simple que apenas la insinúe.
Después están los famosos moderados, esos acuarelistas de la política. Todo suavecito. Tonos pastel. Palabras tibias. Nunca se la juegan demasiado porque viven aterrados de ofender a alguien y perder tres votos en Vichadero. Te hablan durante cuarenta minutos y cuando terminan no sabés si estaban a favor, en contra o preguntando dónde para el 121.
A esos les dicen «rosaditos» y se ofenden.
A los otros les dicen «focas aplaudidoras» y también se ofenden. Aunque sinceramente yo entiendo el enojo: a unos por lo menos los bautizaron cromáticamente, con cierta sensibilidad artística. A los otros directamente los compararon con esos perros acuáticos adiposos que viven golpeando las aletas por un pescado.
Y en este punto del delirio, donde ya mezclé arte con política, pintura con circo y a todos los partidos dentro de la misma bolsa mugrienta, me acuerdo de un experimento que hacíamos en el liceo.
Bah… «hacíamos» es una manera elegante de decir «yo miraba». Porque nunca tenía un mango para comprar los materiales absurdamente caros que pedían en dibujo. Mientras mis compañeros llevaban témperas importadas, compás alemán y hojas especiales traídas aparentemente desde la China milenaria, yo iba con un lápiz mordido y una regla partida al medio.
Pero observaba.
Y había algo fascinante: cuando mezclaban todos los colores, el resultado no era un arcoíris maravilloso ni una explosión artística digna de Art Attack. No. Salía negro. Un negro absoluto. Un barro oscuro, espeso y deprimente.
Exactamente igual a lo que pasa cuando mezclás todos los políticos pintados que tenemos en este país. Entre unos y otros están haciendo una obra colectiva monumental.
¿Y de qué color nos están pintando el futuro? ¡Negro!
Aunque bueno… para ser políticamente correctos podríamos decir de color «afrodescendiente», para ser físicamente precisos «lumínicamente reducido», o, si queremos sonar poéticos y como financiados por algún fondo cultural europeo: «tonalidades profundas de nocturnidad institucional»”.
En fin.
Como decía un amigo cada vez que veía a un cobrador, o algún marido, con cara de pocos amigos rumbear hacia él: «La cosa no pinta bien»”.
