Confieso que seguí la novela de la camioneta de Yamandú Orsi con el mismo entusiasmo con que uno sigue una serie de Netflix que ya no es buena pero a la que le siguen agregando temporadas.
Cada capítulo parecía ser el último. Y cada capítulo terminaba abriendo otro. Primero apareció el descuento. Después apareció la explicación del descuento. Después apareció la explicación de la explicación. Después apareció una camioneta donada a la campaña. Después apareció una rifa. Después apareció el detalle de que nadie ganó la rifa. Después apareció una transferencia de US$ 15.000. Después apareció el video presidencial.
Y después aparecieron las disculpas.
Y cuando parecía que ya habíamos agotado el universo conocido de los vehículos utilitarios deportivos, apareció una nota revelando que la famosa camioneta tampoco era la más segura del mercado. A esta altura espero que la próxima entrega revele que el vehículo fue construido con piezas recuperadas de la Atlántida perdida y bendecido por un mecánico tibetano.
Lo fascinante de esta historia no es determinar si hubo o no una irregularidad. Para eso están los organismos de control, los pedidos de informes, las denuncias y toda esa maquinaria institucional que en Uruguay funciona con la velocidad de un trámite municipal.
Lo fascinante es otra cosa.
Estamos ante una crisis política que nació de una mala explicación. No de una denuncia explosiva. No de una filtración. No de una investigación periodística de seis meses. De una explicación.
La política uruguaya siempre tuvo una característica curiosa. Los problemas graves suelen sobrevivirse. Los problemas ridículos persiguen a la gente durante años. Porque una denuncia compleja exige leer expedientes. Pero una frase como «cuando hay descuentos yo me tiro de cabeza» la entiende cualquiera. Y ahí estuvo el problema.
De golpe el presidente dejó de parecer un presidente y pasó a parecer ese vecino que llega orgulloso al asado para contar que encontró una oferta irrepetible en una concesionaria.
Y cuanto más intentó aclarar el asunto, más detalles fueron apareciendo.
La historia avanzaba como esas películas que uno cree que están terminando y todavía les queda media hora. El Frente Amplio salió a respaldar a Orsi. Era previsible. También era lógico. Y probablemente sea verdad que nadie dentro del oficialismo duda de la honestidad personal del presidente.
Pero la política tiene una regla bastante ingrata.
Cuando alguien construye toda su carrera sobre la idea de ser un tipo común, termina siendo juzgado con una vara distinta. La gente espera menos explicaciones de un político profesional que de alguien que se presenta como el vecino responsable del barrio. Por eso esta historia pegó donde pegó. Porque no discute solamente una compra. Discute una imagen.
Ahora bien. Mientras seguía todo este asunto me pasó algo raro. Terminé pensando en la oposición. Porque es cierto que el gobierno viene manejando este episodio de manera bastante desprolija. También es cierto que algunas explicaciones llegaron tarde. Y es cierto que cada aclaración parece abrir una pregunta nueva.
La oposición pasa los días señalando los errores de Orsi. Lo cual es lógico.
El asunto es que después mira el banco de suplentes para ver quién entraría en su lugar y le agarra la misma sensación que al DT de Peñarol cuando se acerca el minuto 70: la crítica era la parte fácil; el cambio es lo que da cosita.
Porque denunciar siempre es más sencillo que convencer. Pedir explicaciones siempre es más sencillo que ofrecer una alternativa. Y por eso esta historia termina siendo más incómoda de lo que parece.
La camioneta está lastimando la imagen de Orsi. Eso es evidente. Lo que no está tan claro es a quién beneficia. Y ahí aparece una de las especialidades de la política uruguaya: transformar un problema del gobierno en una preocupación compartida por todos. La camioneta terminó convirtiéndose en una metáfora bastante incómoda del país. Un país donde cada explicación genera una explicación nueva. Donde una rifa termina en una discusión nacional. Donde una compra de auto ocupa más espacio que varios debates importantes. Y donde el gobierno consigue transformar una camioneta en un problema político mientras la oposición todavía no logra transformarse en una solución.
Quizás por eso esta novela sigue creciendo. Porque el protagonista está en problemas. Pero los actores de reparto tampoco parecen estar listos para quedarse con la serie.
Hasta la próxima si es que hay…
