Enrique Guillermo Hernández
Hay momentos en la historia donde la tinta se vuelve insoportable para los que manejan los hilos desde la sombra. Una pluma hace mucho más daño que una espada, y eso es lo que les quema la cabeza a los de turno. Nos atacan con la cobardía del golpe bajo y el sabotaje informático porque de frente no tienen cómo sostener el relato. Si tuvieran argumentos y la razón de su lado, saldrían a debatir de igual a igual, darían la cara. Pero eligen la puñalada trapera, eligen bajar el interruptor y apagar el micrófono porque cada artículo nuestro los deja en jaque mate.
Y es que no dejamos cabo suelto: escribimos verdades del pasado, destapamos las miserias del presente y hasta vaticinamos cosas del futuro que después inexorablemente pasan. Abarcar tantas verdades juntas es imposible de tolerar para la mediocridad oficial. Cuando la censura y el apagón digital aparecen, no son más que la confesión rotunda de su propia impotencia. El que patea el tablero es porque sabe que tiene la partida perdida.
Nosotros ponemos la firma, nos hacemos cargo y ponemos el cuerpo, sin escondernos en el anonimato. Que se dediquen a romper servidores y a tirar abajo las plataformas. Como bien señaló Graziano Pascale desde la trinchera: «Hackean, Sancho». Pueden silenciar un medio de forma momentánea, pero reparar motores o volver a izar las velas es apenas cuestión de tiempo. La artillería pesada de las ideas no se amedrenta con un servidor caído y la verdad siempre se abre paso, porque las voces siguen firmes, siguen escribiendo y no se van a callar.
