Autoconvocados: La Rebelión de Atlas

Hay protestas que nacen para pedir privilegios. Y hay protestas que nacen para defender el derecho a trabajar.

Durante la semana estuve hablando con personas vinculadas al sector del transporte, a quienes agradezco profundamente por compartir sus experiencias. Y me quedó una impresión clara: la guía electrónica no es la causa principal de la protesta. Es la excusa. Es la gota que rebalsó un vaso que hace años viene llenándose.

Ninguno de ellos me habló primero de la guía. Me hablaron del gasoil, de los costos, de los impuestos, de los controles. Me hablaron de márgenes cada vez más finos. Me hablaron de una sensación creciente de que el Estado siempre encuentra una nueva obligación para imponer, pero rara vez una carga para quitar.

La explicación oficial es sencilla: la nueva regulación busca mejorar la trazabilidad, ordenar la información y facilitar los controles.

El problema es que quienes diseñan estas herramientas suelen analizar cada regulación por separado. Quienes trabajan, en cambio, deben soportarlas todas juntas: la guía, la balanza, los peajes, los aportes, los seguros, las habilitaciones, los impuestos y los costos administrativos.

Por eso, el argumento de los camioneros no es que no quieran controles. Ellos sostienen que ya existen controles suficientes.

Si un camión circula sin la documentación correspondiente, las sanciones son altas. Si evade determinados controles, enfrenta multas importantes. El sistema ya cuenta con mecanismos de fiscalización.

Lo que cuestionan no es el control en sí mismo, sino la incorporación constante de nuevas exigencias en una actividad que siente que ya opera al límite.

Y cuando hablan de estar al límite, no se refieren solamente a la burocracia.

Hablan también del combustible, donde una parte enorme de los costos del transporte está asociada al gasoil. Mientras los márgenes del transporte y de buena parte de la producción agropecuaria se achican, el combustible sigue siendo uno de los principales factores que condicionan la rentabilidad.

Para quien vive de mover mercadería, cada aumento tiene consecuencias inmediatas.

Por eso, la indignación actual no puede entenderse únicamente mirando una aplicación o un trámite digital.

Hay algo más profundo detrás.

Existe una creciente sensación de desconexión entre quienes toman decisiones y quienes producen. La percepción de que muchas regulaciones son diseñadas desde oficinas donde nunca faltó señal de celular, donde nunca hubo que completar un trámite en medio del campo y donde los problemas cotidianos del interior productivo son conocidos más por informes que por experiencia.

Si miles de personas sienten que nadie escucha sus dificultades, cualquier nueva regulación deja de ser una herramienta administrativa para convertirse en un símbolo.

La guía electrónica no provocó la molestia.

La reveló.

Sacó a la superficie un malestar acumulado durante años de costos crecientes, exigencias crecientes y rentabilidades decrecientes.

Por eso, el error sería creer que el conflicto terminará el día que se modifique un formulario o se ajuste una plataforma.

Lo que está en discusión es algo más profundo: la sensación de que cada vez se les exige más a quienes producen, transportan e invierten, sin preguntarles qué más pueden soportar. Solo por ese afán permanente del Estado de recaudar más y regular más.

En la novela La rebelión de Atlas, Ayn Rand utiliza la figura mitológica de Atlas para representar a quienes cargan sobre sus hombros el peso de la producción y el progreso. Cuando esos Atlas deciden dejar de cargar, todo el sistema empieza a tambalear. Algo de esa imagen me viene a la mente al observar el malestar creciente de los transportistas autoconvocados.

Porque toda sociedad depende de sus Atlas.

Y conviene no olvidar que, cuando se cansan de cargar el peso del mundo, a veces simplemente dejan de hacerlo.

No hay que preguntarse únicamente si la guía electrónica es conveniente o inconveniente.

Lo que hay que preguntarse es cuántas señales más necesita el sistema político para entender que, si quienes generan el movimiento de la economía sienten que están siendo asfixiados, ¿quién moverá el país cuando decidan detenerse?

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